viernes, 15 de noviembre de 2013

DEL NECIO QUE SE MIRABA EN EL ESPEJO DE LA CONFIANZA

“No hay peor error en el liderazgo público que esgrimir falsas esperanzas que pronto se esfumarán”. Esta frase la pronunció Winston Churchill en los duros años de la Segunda Guerra Mundial, cuando nadie, empezando por quienes luego serían sus aliados, confiaba en que Inglaterra soportaría la embestida de las tropas alemanas. Él estaba entonces al frente del país. La confianza dentro del ámbito empresarial, como en otras esferas de la vida, es una realidad que no se advierte cuando se disfruta de ella. Somos torpes y desagradecidos con la confianza, ya que la consideramos algo natural, obvio y debido; sólo caemos en la cuenta de su importancia cuando ya es tarde.

La confianza nos permite respirar aire libre en nuestras empresas, porque podemos ofrecer nuestra opinión sin necesidad de pensar en sucesivas derivadas, descontando previsibles manipulaciones y poniéndonos a resguardo de efectos colaterales. La confianza nos ayuda a ser nosotros mismos en vez de una máscara patética. Nos anima a emprender acciones cuyo resultado exitoso no está asegurado. Es uno de los progenitores de la innovación.

Sólo un necio reclama confianza, porque «el cogollo del meollo del bollo» de esta poderosa y sutil realidad estriba en que se otorga libremente. Nos fiamos de unas personas y no de otras. Y a veces utilizamos un criterio un poco sectario o jugamos a “percepciones e intuiciones”, que decimos no tener, pero que escondemos bien detrás de nuestra propia mirada de las intenciones.  A menudo nos equivocamos; tras caer en la cuenta del error, unas veces nos sentimos defraudados, engañados, estafados o traicionados; otras nos sorprendemos de nuestra mala fe, lo que nos causa vergüenza e impulsa a cambiar de actitud, o una tercera y posible vía, la de la indiferencia total. La confianza es una actitud, y como tal, nace en nuestro interior, como el amor y el miedo.

A veces, y más en estas épocas social y económicamente conflictivas, nos planteamos también el tipo de confianza que tenemos con nuestros gobernantes, otro tipo de relación-confianza, y se produce un vacio preocupante con aquellas personas que nosotros decidimos lleven la economía, la educación, la salud de nuestra gran familia que es nuestra sociedad. Cuando no confiamos en aquel que nosotros mismos hemos colocado allí para que lleve con diligencia, profesionalidad y honestidad estos ítems (que por nuestras ocupaciones no podemos hacerlo nosotros mismos) tenemos un grandísimo problema. ¿Te doy la confianza y qué haces con ella?.  Y cuando vemos que estos mismos “grandes padres de la gran familia” anteponen el establishment , por ejemplo de los bancos antes las necesidades, estamos en el borde del abismo, y ante esta gran falta de confianza, la solución siempre estará en nuestras manos. Un valor que se otorga, que se gana, que se cuida y se respeta.

¿SE PUEDE VIVIR SIN CONFIANZA?

¿Por qué otorgamos o negamos confianza a quien nos dirige o a quien dirigimos en el ámbito empresarial? Quizá la razón esté en una mezcla singular de las intenciones y las capacidades que apreciamos en esa persona. Si consideramos que tiene buenas intenciones y además juzgamos que sabe lo que hace (conoce el negocio, pondera los riesgos, es magnánimo ante las oportunidades) solemos otorgarle nuestra confianza y le seguimos persuadidos o le abrimos el camino dentro de su carrera profesional. Cuando un equipo confía en su líder, trabajar se convierte en una experiencia gozosa, instructiva, que llega a trascender las barreras de lo estrictamente laboral, porque nos aporta en un nivel personal y por ende merece la pena. Y cuando uno confía en su equipo, la satisfacción del buen líder es enorme, el barco navega en todas las aguas y el capitán orgulloso aporta la estrategia.

Si el manager, careciendo de capacidad, es honesto, le distinguimos con «en el fondo es una buena persona», pero no llegaremos muy lejos con él. Si a la inversa, su fuerte es su experiencia profesional y su eficacia y le distinguimos con una suerte de respeto profesional que suele pronunciarse miedo. El miedo es una pasión intensa pero de corto alcance y lleva al fracaso. Y en un tercer caso, si el que dirige carece de capacidad y además sus motivos nos parecen espurios, sencillamente desconfiamos de él. Curiosamente, se puede malvivir sin confianza. Empresas, parejas, familias y países lo demuestran.


Las empresas de cara a sus clientes también tienen un rol importante y en idénticas circunstancias que las planteadas anteriormente, un error en la relación de confianza y seguramente no habrá nada ni nadie que pueda repararla.
Aspiramos a la felicidad, aunque no siempre acertemos en la apuesta, por eso preferimos las noticias positivas y huimos de los pájaros de mal agüero. A los líderes se les reconoce en los momentos críticos porque inspiran verdadera confianza; no la predican. Saben que varias razones convencen menos que una sola.