viernes, 28 de marzo de 2014

Tú sí que vales! (Perseverar también es innovar)

“No nos gustan como suenan los grupos de guitarristas, están pasados de moda”: Ejecutivo de Decca Recording Company, al rechazar a los Beatles, 1962. “Creo que existe un mercado mundial para alrededor de cinco ordenadores”: Thomas J. Watson, Presidente de IBM, 1943. “Es imposible fabricar máquinas voladoras más pesadas que el aire”: Lord Kelvin, matemático y físico británico, presidente de la British Royal Society, 1895. “No hay ningún motivo para que alguien tenga un ordenador en su casa”: Ken Olso, Presidente de Digital Equipament Corporation, 1977.

Si cada una de las personas que en su día estaban detrás de estas respuestas recibidas hubiesen abandonado su proyecto, su ilusión, su convicción ¿cómo continuaría hoy la historia en esos temas?

Desde el 2010, Finlandia celebra cada 13 de octubre el Day for Failure, el día del fracaso en el que empresarios, cineastas, deportistas y escritores se van turnando en la tarima y explican las razones por las que su proyecto no llegó a funcionar. El objetivo de esta y otras citas similares que proliferan en una treintena de países es cambiar la cultura del fracaso, de tal modo (según se lee en el manifiesto de la cita finlandesa) que nadie tenga vergüenza de haber fracasado y quede paralizado por el miedo. "Si no has fallado no has probado nada nuevo" dice uno de sus carteles de publicidad.

Ya lo dijo Lenny Leonard, el personaje de Los Simpson que trabaja junto a Homer en el sector 7G de la central nuclear de Springfield: “Todo el mundo puede equivocarse. Por eso los lápices vienen con una goma en el extremo”. Fracasar no es más que intentar algo y que no salga tal como se había previsto. Por lo tanto fracasar es consustancial al ser humano. 

Fracasamos desde que, siendo muy pequeños, intentamos aprender a andar a base de caídas. ¡Pero no por eso dejamos de intentar andar hasta conseguirlo!. Con ese espíritu deberíamos decir (y no estaría bien) que fracasamos al acabar una maratón en un tiempo superior al previsto, al enamorarnos de alguien y no ser correspondidos, etc. Aunque el fracaso por antonomasia sea el empresarial, algo lógico cuando la economía se ha convertido en la nueva religión del siglo XXI.

Cuando semánticamente ordenamos el verbo fracasar, muchas veces nos cuesta ordenar el sujeto, el verbo y el predicado: ¿fracasan los empresarios cuando se enfrentan a un cierre?, ¿los trabajadores que son despedidos?, ¿las personas que son desahuciadas de sus pisos?, ¿fracasan los hijos de muchas familias que no hallan trabajo y pierden la motivación para estudiar?...o ¿o fracasan los políticos que deberían de impedirlo?.


El mundo se está encomendando a que surja una generación de emprendedores, similar a la que apareció en Silicon Valley, en la bahía de San Francisco (EE.UU.), en la segunda mitad del siglo XX. Pero, claro, en medio de esta crisis económica, la primera lección es la posibilidad de fracasar y la necesidad de levantarse y empezar de nuevo, en vez de persistir en el error.

Aunque la suerte cumple una inestimable función terapéutica, la culpa fue mía. Normalmente, cuando tenemos éxito, por lo general pensamos que la suerte no ha intervenido, que la causa de ese éxito hemos sido nosotros, nuestro buen hacer. Sin embargo, cuando fracasamos pensamos que nosotros no hemos tenido nada que ver y nos inventamos un cabeza de turco, un fantasma al que llamamos suerte –o mala suerte– y al que no le importa cargar con las culpas.

Fracasado es quien se aferra a cosas que no funcionan. No se puede aprender nada de ningún libro sobre el fracaso, si siquiera de este post que estoy escribiendo, porque lo único que sirve es la praxis.

La clave estará en pasar a la acción, probar cosas y ver qué pasa, en lugar de hablar y hablar. Planificar, investigar, contrastar, proyectar pensando en aquellos detalles que nos pueden dar indicios de un paso en falso. Se trata de deshacerse de lo que no funciona.

Un ejemplo son las fiestas japonesas: para celebrar un divorcio las parejas celebran su ruptura como si de una boda se tratara, aunque en vez de ponerse el anillo, lo machacan con un martillo en forma de cabeza de rana, animal sinónimo de cambio en la cultura nipona.

Hacer un buen plan de negocio es importante y, no sólo eso, sino ir reexaminando la evolución del negocio para ir aprendiendo. También es básico entender las necesidades del cliente: en general, el emprendedor suele enamorarse mucho de su producto y descuida la parte comercial. Por ejemplo los artistas son muy apegados a sus obras que acaban de concebir y necesitan en el caso de los músicos el asesoramiento final de su equipo de trabajo o especialista en marketing discográfico para que hagan la mejor selección de 12 de sus 50 composiciones más reciente para lanzar su próximo CD. No todos dejan que sus “pequeños tesoros” sean cuestionados por otros.

Por otro lado, existe una cierta burbuja en torno al emprendedor como salvador de la situación económica, cuando lo cierto es que cada vez hay más fracasos debido a que en países en crisis financiera se decide emprender más por necesidad (en un 60% de los casos en España por ejemplo) que por auténtica vocación.

Hay muchísima bibliografía sobre la necesidad de intentarlo en cualquier ámbito de la vida, pues la historia de la humanidad está repleta de fracasos que han permitido mejorar lo que había antes. “El fracaso es una ocasión para empezar otra vez con más inteligencia”, observó Henry Ford, dando a entender que equivocarse puede ser un buen punto de partida para empezar a construir en la dirección correcta (en el terreno económico, en el sentimental y en cualquier otro).

En cuanto a Thomas Edison, repetía a menudo que cada error que dejaba atrás, era un paso adelante. De hecho, la bombilla de filamentos por la que es famoso no le salió a la primera, sino que realizó más de mil intentos, lo que llevó a uno de sus discípulos a preguntarle si no se desanimaba con tantos fracasos. “¿Fracasos? No sé de qué me habla. En cada descubrimiento me enteré de un motivo por el cual una bombilla no funcionaba. Ahora ya sé mil maneras de no hacer una bombilla”, se cuenta que respondió Edison tras ensayar durante ochocientos días con hasta 6.000 fibras: vegetales, animales e incluso con un pelo de la barba rojiza de uno de sus colaboradores.

Perseverar también es innovar, porque simplemente fracasa quien persiste en el error y el que no extrae lecciones provechosas de sus fallos. Algo que cualquiera podría aplicarse también a su vida privada, pero que también harían bien en recordar quienes en su momento no supieron observar que la crisis que azota al mundo entero era completamente predecible, en función de los errores que se habían cometido…¿O quizás estaba en su business plan? Si es así, entonces es otro tipo de fracaso que mejor debatirlo en post relacionados con “dignidad y valores”.