viernes, 8 de agosto de 2014

Líder: en las buenas y en las malas

Pensamos muchas veces que el liderazgo corresponde solamente a personas que tienen como misión llevar adelante un equipo o grupo bajo su mando, y en realidad el liderazgo también corresponde a actitudes individuales que podemos desarrollar en distintos momentos de nuestra vida por acción o reacción. Cuando hablamos de los grandes temas en recursos humanos y comunicación y nos tomamos el tiempo de bajar a la  verdadera simplicidad de las palabras (entre tanta vorágine de buenas ideas que compartimos), estamos hablando en definitiva de las relaciones humanas, del ser humano en sí, de sus miedos, sus dudas, sus logros, sus intereses, por lo tanto de nuestros propios miedos, dudas, logros e intereses.

Cuando hablamos de un líder (termino históricamente vapuleado) no solo lo hacemos observándolo en su don de mando y decisiones diarias formales, sino también en los momentos difíciles, en aquellos que para tomar una gran decisión debe enfrentarse quizás con aquellos que lo han puesto en el lugar donde está actualmente o enfrentarse al menospreciado “qué dirán”. En definitiva, como la vida misma. A las personas no solo las medimos en nuestras alegrías o momentos dulces, sino que cobran una dimensión especial cuando comprobamos que están en “ese momento” tan difícil de nuestras vidas. Esa persona para nosotros ha sido un líder en esa situación, ha estado en el momento y en el lugar indicado, sin importar el entorno. Ha tenido visibilidad, sensibilidad, empatía, y por sobre todas las cosas que con su palabra o su acción ha dado una inmensa gota de agua en nuestra pequeño desierto. Y si hacemos memoria, nunca olvidamos esos grandes-pequeños detalles. 
Eso trasladado a la empresa es exactamente igual. Pero quizás no lo leemos en los libros, no está en los grandes manuales o seminarios, pero si son actitudes capaces de encumbrar o tirar por tierra la credibilidad a un líder, de un manager.

En la historia encontramos grandes héroes que han logrado meter en el cuerpo de sus equipos esa actitud que los ha encumbrado y lo ha hecho referentes en los peores momentos. La proeza más famosa de Alejandro Magno fue la conquista de Persia, pero sin embargo casi nadie conoce la mayor y más difícil campaña militar, la marcha a través del desierto de Gedrosia, que culminó con un auténtico momento estelar de liderazgo. De los 40.000 hombres que siguieron a Alejandro Magno a través del desierto, a penas sobrevivieron 15.000 hombres inseguros y anímicamente destrozados, y sin embargo entraron en Kermán. Alejandro comprobó allí que el hombre puede ser vencido pero no destruido y que precisamente en la derrota o en los momentos más difíciles es cuando uno puede verdaderamente demostrar su grandeza y en consecuencia ganarse el respeto, la cercanía y la admiración.

Ese espíritu guerrero puede estar detrás de nuestro escritorio, de nuestro móvil, ordenador, detrás de una reunión, de un pasillo, de una comida, que con todas las dificultades a cuestas se transforma en un verdadero y reconocido líder capaz de extenderte  su mano en el momento del precipicio, a pesar de que todos estén expectantes y seguros de tu caída al vacío. Porque liderar en tiempos de tormenta, y sobre todo cuando el agua puede salpicar de manera indirecta al manager, es una tarea ardua y no siempre reconocida o comentada.

El poder es otra de las palabras que depende donde la utilicemos nos puede sonar a un acto de “querer hacer” o bien a una “tener cierta autoridad” sobre otras personas. Esta última se convierte muchas veces en “un arma de destrucción masiva” de las relaciones humanas: y hace, como dice Robert I. Sutton, que tendemos a “sacar por defecto una especie de estúpido que llevamos dentro” y que acaba mermando de forma muy seria a las organizaciones y su capacidad para progresar, además de empeorar nuestro bienestar personal.

Cuando Steve Jobs contrató a Brad Bird, el director de Pixar, diciéndole: “Adelante, vuélvanos locos, sorpréndanos” (cuando estaban creando Los Increíbles),  Bird  lo primero que pidió frente a una sala repleta de postulantes fue: “Darme a las ovejas negras, a los artistas que se sientan frustrados, a los que hacen las cosas de otra manera, a quienes nadie escucha y les han dado la patada”. 

Liderar es asumir riesgos, es ser creíble, coherente con nuestros actos y convicciones, y no convertirnos (parafraseando nuevamente a Sutton) en “estupijefes” a quienes solo les gusta la jerarquía, establecer quién es quién, fijar el poder que ejerce y sobre quiénes, el cómo se tienen que comportar sus subordinados con ellos. Preguntan a su equipo antes de tomar una decisión, aunque ya la tienen tomada. Marcan territorio como si tuviesen una especie de ADN distinto a los demás. A muchos les gusta generar esa tensión, mostrar y ostentar que tienen el poder y que deciden hasta el punto de poder anular a los miembros de su equipo.

La vida debería ser más simple y aunque pensemos en la criogenización, la vida también es corta, nos guste o no. Tenemos tantas oportunidades como actos diarios para demostrar quienes somos. Y por supuesto que todos cometemos errores y aprendemos de ellos, lo importante es tener un liderazgo con visibilidad, sensibilidad, empatía y anticipación para ser no solo “el jefe” sino el referente, aquel que nadie olvida aunque pasen los años por su ejemplaridad y proximidad y que ha sabido demostrar grandeza profesional y sabiduría en la conducción como “gran timonel” entre las olas gigantes de un mar revuelto.

DIEGO LARREA
Twitter: 
@larreadiego