viernes, 13 de febrero de 2015

Yo, la oruga eterna

La cantidad de información que consumimos a diario, de manera directa o indirecta, hace trastabillar nuestra capacidad de almacenamiento y más aún de reflexión. Si a eso le sumamos la gran avenida de los objetivos, las metas, los deberes y anhelos, lo urgente, lo importante… circulan tantas cosas y a tanta velocidad en nuestra mente, que si nos detenemos bruscamente en plena carretera podemos chocar, ocasionando además otras múltiples colisiones en cadena. A pesar de este torbellino, pensamos en un coche más potente y más rápido, porque nos lo pide el “circuito”, y la inercia por el “ser, estar, parecer y semejar” nos lleva a estar en continuo aumento de nuestra adrenalina y en la búsqueda permanente por  rendir al 101% de nuestras capacidades. Y aunque muchos vibran con esa sensación “Formula 1”, es el momento donde nuestra inteligencia emocional debe advertirnos que son muchos/as los que sienten dentro de sí un vacío importante, a pesar de esa euforia competitiva por llegar, sintiéndolo  tanto en su vida personal como en la profesional, un hueco interior que dificulta avanzar y por ende nunca llegar a realizar su verdadera metamorfosis de crecimiento, retenidos en arenas movedizas, sintiendo miedo de ser una oruga eterna el resto de sus días..

Dentro de esa velocidad, hemos llegado a un punto donde creemos que hablar de las personas y de sus dificultades o realidades internas, está relacionado sólo con psicólogos, psiquiatras u otros profesionales, como si cada uno de nosotros no tuviese una responsabilidad como profesional, familiar o amigo de esa persona que lo padece y está a nuestro lado, que en cualquier circunstancia podríamos ser nosotros mismos. Enfocamos todas las tendencias de superación a un libro bestseller de un gran empresario exitoso, que luego da charlas por todo el mundo, o bien directamente a un caso de diván. Pero no hace falta ir a los dos extremos, sólo con detenernos a mirar nuestro día a día, encontramos innumerables caras tristes, caras de preocupación, caras congeladas en una mirada abstracta, y si bien la realidad en estos tiempos no acompaña, hay muchísimos temas relacionados con el interior y la superación, el talento y las competencias, enfrentados a las oportunidades que producen más desiertos internos de lo que imaginamos. Por supuesto que el optimismo y la visión positiva nos ayudarán, pero debemos ser conscientes que esto existe, que hemos construido un mundo precioso en miles de aspectos, pero lleno de vacíos, donde cada día caemos, trastabillamos y donde los verdaderos líderes deben dar, como se dice musicalmente, el “Do de pecho”.

Esperemos no verlo nosotros ni nuestros hijos o nietos, pero probablemente llegue, en algún siglo, un trabajo donde las maquinas sean el 99% del negocio, pero mientras tanto (y por suerte) la verdadera batería se encuentra en el interior de las personas de nuestros equipos, de nuestras familias y amigos, y es allí donde está la energía, la diferencia, la capacidad, el toque de distinción, la verdadera marca de la marca, con un efecto multiplicador increíble. Y seguiremos insistiendo que es nuestra responsabilidad prepararnos, formarnos, saber observar, escuchar,  preguntar, hacer silencio y reflexionar, analizar y resolver estos temas tanto o más como analizamos nuestra cuenta de resultados.

La falta de perspectiva, de orientación, estancamiento, el no encontrar el rumbo dentro de una sociedad cada vez más movilizada de sus lugares de origen, donde las familias viven cada día más en la “Ciudad Skype”, donde la organización diaria y conciliación es un dolor de cabeza, conjuntamente con una inexplicable sensación de culpabilidad, donde la seguridad y estabilidad en muchos sentidos juega cada día un rol importantísimo y de diferentes matices, pertenecer al mundo de la hipoacusia relacional y desentendernos de este nuevo movimiento y reorientación social, puede dejarnos desactualizados como buenos garantes de nuestro negocio o nuestras relaciones.

La oruga eterna no solo es quien adolece de su metamorfosis, sino también aquel que es incapaz de verlo.

La metamorfosis en la naturaleza y en algunos animales, no es únicamente un complejo proceso de transformación en su forma física, tamaños y colores, también es un cambio de hábitat, de comportamiento y de estrategia para adaptarse al medio y poder sobrevivir, y nosotros como seres humanos también experimentamos de alguna manera ese ciclo. Todos tenemos nuestro proceso evolutivo y nuestra metamorfosis, y todos tenemos nuestro proceso de paralización y nuestra invariabilidad, habrá veces que nos encontremos padeciendo y otras contemplando. La clave está en encontrar el por qué llegamos a ese estado de anquilosamiento y qué haremos para retomar el proceso sin quedarnos estancados,  y por otro lado si somos espectadores desde la acera de enfrente qué podemos hacer para ayudar al otro a superarlo..

Todos en diferentes periodos de nuestra vida (y quien diga lo contrario miente o su ceguera es más grande que su vanidad), nos sentimos bloqueados, inseguros de nosotros mismos y de nuestras capacidades. No le ponemos nombre propio a lo que sentimos y crece esa sensación de insatisfacción con nuestra vida y lo que ocurre alrededor de ella, y a veces no hacemos nada para remediarlo o no somos capaces o no tenemos la fuerza o bien no encontramos la respuesta acertada, sea porque nos cuesta mucho salir de nuestra “zona de confort”, o nos cuesta dejar nuestro coche veloz en boxes en medio de la carrera infernal, o simplemente nos resulta más cómodo echar la culpa al mundo de lo que nos pasa y que sean “los otros” los que hagan algo para que nuestra  vida cambie.

Evidentemente las personas no somos conejos que nos movemos por una zanahoria o delfines que saltamos acrobáticamente por un trozo de pescado. La animación del idiota la relegamos a las series o películas cómicas, porque debemos ser capaces de responder a este  gran desafío con la altura que se merece. Y para ello, cada uno de nosotros debe primero asumir esa parte aletargada que condiciona nuestra capacidad de cambio, negociando con nuestras estructuras absurdas y con las imantadas costumbres que impiden la metamorfosis o evolución. Y en segundo lugar y en el rol de los “otros”: ser verdaderos actores del entendimiento y el acompañamiento, sin paternalismos absurdos, asumiendo que el estado larval no siempre es por comodidad, muchas veces es por imposibilidad.

Yo, la oruga eterna, descubro que no basta con cambiar mi piel para burlar a mis depredadores, porque en el verdadero cambio, evolución y metamorfosis, es donde puedo comprender que nosotros no somos lo más importante, sino lo que ocurre a través nuestro. Y es allí entonces cuando amamos lo que hacemos y hacemos lo que amamos, a pesar de todo.


DIEGO LARREA
Twitter: 
@larreadiego