viernes, 24 de abril de 2015

Inseguridad en la calle de mis decisiones

Sabiamente Hermann Hesse decía que sólo se tiene miedo cuando no se está de acuerdo con uno mismo. Entre los motivos más importantes de tribulación que tenemos las personas se encuentra el poderoso “temor a perder“ que crea un escalofriante escenario de inseguridad, plagado de calles oscuras y esquinas desiertas. La persona que lo padece es consciente de su propia debilidad e incluso llega a aceptarlo, por lo tanto, no es algo que pertenezca a la esfera de los demás, sino al ámbito de las propias decisiones que estemos dispuestos a tomar con nosotros mismos.

Esta parálisis emocional nos limita, nos resta fuerzas para aprovechar oportunidades y combatir las adversidades que presenta la vida. El miedo a la soledad interior, a enfrentar nuestro ego y a quedarnos desnudos frente a nuestra responsabilidad por decidir, puede a ser un gran obstáculo para alcanzar el éxito personal o profesional. La sensación de perder lo mucho o poco que tenemos, el miedo al fracaso, a la exposición, o bien un equívoco sentido de “seguridad”, provocan la inacción y por ende el entierro de nuestra naturaleza. Y por supuesto que nada positivo emerge de negarse  a la naturaleza de las cosas: porque la vida es cambio, dinamismo, reinvención, transformación y lucha.

Evidentemente hay diferentes áreas en la inseguridad, pero la que hoy abordamos se relaciona directamente con la toma de decisiones, la coherencia entre nuestros actos, sentimientos y/o convicciones.

Existen personas que surfean pequeñas o grandes olas, y otras que se dejan arrastrar por su efecto. Personas que conscientes del riesgo, lo asumen y ven la orilla desde arriba, y personas que sucumben  en el mar, pensando y auto-convenciéndose de su nado seguro y rumbo firme. Arrastrados por la corriente de decisiones ajenas, arrastrados paradójicamente por las estructuras que los arrastran, arrastrados por “el deber ser y hacer”, arrastrados, otras veces, por la comodidad y la ley del menor esfuerzo, naufragarán eternamente en las aguas de la incertidumbre, con su el conformismo como salvavidas.

Junto a los manotazos de ahogado que podemos dar en esas situaciones, nace la tan temida ansiedad, que nos lleva a actuar irreflexivamente, sin coordinación ni congruencia. Nos alteramos, alteramos a otros y mostramos nuestra frustración y rabia, sin reconocer las verdaderas causantes o motivos de nuestro destructivo estado. Caemos en una seguidilla de errores, nuestros momentos de concentración son una utopía, y evidentemente el resultado de nuestro día a día es catastrófico. La ansiedad es una señal de alerta, es un miedo generalizado sin objeto.

Esta inseguridad vista desde nuestro “miedo al abandono”, a la desestructura, al qué dirán, a nuestra propia incompetencia, y por qué no a nuestra propia mediocridad, da el sentido al sinsentido de nuestra autoestima y que se relame en nuestras propias heridas de la frustración que poco a poco fuimos construyendo.

Siempre habrá calles y rumbos distintos, pero existe un factor común entre ellos: las decisiones con las que debemos sortear los baches y obstáculos que se nos presenten. Quien no decide, no arriesga, no avanza, no aprende, sólo se somete al poder del freno y a la voluntad del destino.

Un cartel de propaganda política en una avenida decía: “La Seguridad la hacemos entre todos”, y nunca estuve más de acuerdo con esa frase, aunque ese acuerdo no tuviese que ver con la finalidad del mensaje original, porque la seguridad o inseguridad de la que hablamos, la construimos poco a poco nosotros mismos, y cuanto más la anhelemos menos la encontraremos. En cambio, entre más busquemos, identifiquemos y tomemos las  oportunidades, más facilitaremos el camino a la seguridad que deseamos exista en la calle de nuestras decisiones.


DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego