viernes, 4 de septiembre de 2015

Cuando el cambio no llega

Porque el mayor éxito es volverlo a intentar a pesar de mil fracasos.

¿Quién enciende la luz cuando estamos llenos de oscuridad después de haberlo intentado todo? ¿Frases, libros, vídeos, charlas,  canciones, banalidades dichas entre pasillos, consuelos bien intencionados? Probablemente estas pequeñas olas nos cubran solo hasta las rodillas. ¿Y el resto qué? Conocemos los caminos y ya todo lo hemos intentamos, pero los resultados nunca llegan, el gran cambio nunca llega.

Pero hay algo maravilloso capaz de cambiar nuestra escritura especular anímica, ligado a la supervivencia inconsciente natural y es que dentro de esa habitación a oscuras en la que nos encontramos, existe siempre ese pequeño haz de luz, probablemente fruto del deseo frustrado o del éxito machacado,  pero una pequeña luz al fin. Porque esa idea, ese deseo, ese proyecto, ese cambio, está allí. Lo hemos traído alguna vez y vive con nosotros. Fracasado, desengañado, cansado o hundido, pero está. Y esta asociación entre el último respiro de la esperanza y la perseverancia de la impertinente segunda oportunidad nos quita el respirador artificial, nos levanta de la cama,  nos abre las ventanas y nos ayuda a dar los primeros nuevos pasos.

¿Y por qué lo hace? Tal vez sea como la historia de la rosa que deseaba la compañía de las abejas, pero ninguna se le acercaba. Y a pesar de todo, esa flor aún era capaz de soñar. Cuando se sentía sola, imaginaba un jardín cubierto de abejas, y que todas venían a besarla. Y conseguía resistir hasta el próximo día, cuando, una vez más, abría sus pétalos.  -¿No te sientes cansada? –alguien le preguntó. –Sí, pero tengo que continuar luchando –respondió la flor. -¿Por qué?. -Porque si no me abro, me marchito.

ese “no marchitarse”  es triunfar. Y triunfar también es aprender a fracasar. El éxito en la vida también viene de saber afrontar las inevitables faltas de éxito del vivir de cada día. Cada frustración, cada descalabro, cada contrariedad, cada desilusión, lleva consigo el germen de una infinidad de capacidades humanas desconocidas. Si somos capaces de estirar el brazo y recoger ese único grano de paciencia, ilusión y sobre todo actitud que nos queda, podremos hacer que esas dificultades de alguna manera jueguen a nuestro favor. Y cuando tengamos ese pequeño grano en la mano, será el momento comenzar de nuevo.

Cuando esa frustración nos invade sin proponérselo nos invita a reflexionar, a preguntarnos por el sentido que tiene todo lo que sucede a nuestro alrededor. Una sensación que todos experimentamos alguna vez.  Entrenamos no para el momento inicial de la carrera o el deporte individual o colectivo que practiquemos sino para el instante de mayor tensión, cansancio, incluso de mayor bajón fisicoanímico. Por eso, hablar de estos temas y tener el atrevimiento de mirarnos en nuestro interior es parte del entrenamiento, no son gotas del mar de lágrimas.

Intentar afrontar estos temas desde las edades más tempranas es el gran desafío. Las mayores herramientas que podemos darle a nuestros hijos no tienen número de tarjeta bancaria, y alejarlos de la neurosis perfeccionista no tiene precio. Siendo padres o managers tenemos la enorme responsabilidad de construir los soportes,  montar los escenarios,  incluso a compartir las reglas del juego,pero todo sería incompleto sino entrenamos junto a ellos las competencias básicas para enfrentar con paciencia, ilusión y actitud aquellos momentos “cuando el cambio nunca llega”.

Y para finalizar, una reflexión de Don Quijote a Sancho: “y como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles. Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades".



DIEGO LARREA
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