viernes, 18 de septiembre de 2015

Virtuoso y Vicioso: nuestros siameses circulares

“Cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada”, cantaba el gran Charly García.  Las corrientes no son solo marinas, también existen las corrientes en nuestros pequeños ciclos de vida. Corrientes circulares que limpian y clarifican el fondo del mar y la belleza de los corales resplandecen en nuestras retinas, y corrientes circulares que todo lo remueven, oscurecen y hasta hacen peligrar alguna especie. Lo mismo sucede con nosotros y nuestras circunstancias, tenemos épocas en las que caminamos de la mano de Virtuoso, y otras épocas en las que andamos de la mano de Vicioso: los dos siameses circulares que rodean nuestras vidas.

En ese andar con uno y con otro, encontramos dos espejos enfrentados, el que se relaciona con lo que nosotros sentimos y aquel que vincula lo que los demás creen de nosotros. No es nuestra imaginación, son las distintas acciones, omisiones y tipo de influencias, directas o indirectas, que abren en nosotros un abanico de posibilidades o imposibilidades que nos llevan a la felicidad o a la misma frustración.


Por las calles con Virtuoso todo parece fácil, las cosas suceden de una manera mágicamente armónica y acompasada, caminamos sin tropiezos, con la frente alta, una sonrisa, todo parece de color luz, nuestro pecho se abre y la satisfacción llena nuestro pulmones. La gente a nuestro alrededor nos mira, saluda, nos da palmadas en los hombros, nos felicita, nos pone en valor, cuenta con nosotros para todo, etc.

Pero cuando nos toca andar con Vicioso todo cambia abruptamente, las cosas dejan de suceder, y si suceden el resultado es negativo, caminamos tropezando a cada rato, con la cabeza gacha, tristes, preocupados, todo parece de color gris, nuestro pecho se cierra y la frustración se ahoga en nuestro pulmones. La gente a nuestro alrededor nos ignora, nos señala, nos da patas "muy por debajo de los hombros", nos critica, nos infravaloran, no cuentan para nada con nosotros, etc.

Dos siameses circulares tan diferentes, pero en el fondo tan iguales. Porque los bucles de retroalimentación circulares pueden ser positivos o negativos y su influencia en nosotros es inversamente proporcional. Pero allí estamos, jugando al equilibrista semana tras semana, si el peso recae sobre uno de los círculos gozamos olvidándonos de todo, y si cae sobre el otro, sufrimos odiándolo todo. En uno jamás quisiéramos bajar del barco, y en el otro no encontramos el salvavidas para arrojarnos en plena sudestada.

Ese bucle positivo es una cadena de relaciones causa-efecto que se cierra sobre sí misma (causalidad circular) de forma tal que un incremento en cualquiera de los elementos de la cadena propaga una secuencia de cambios que aumenta en la misma dirección. Os pongo un ejemplo musical que tanto me gustan: ¿Has acercado alguna vez un micrófono a su correspondiente altavoz?. El sonido que sale del amplificador es recogido por el micrófono y enviado de vuelta al amplificador y así sucesivamente. El chirriante y molesto sonido que llamamos “acople” es producto de un proceso de amplificación donde el producto de una etapa del bucle se transforma en alimento de otra. Es un proceso reforzador, donde los cambios crecen como el efecto bola de nieve. Y un bucle de retroalimentación negativo es, al igual que el anterior, una relación de causalidad circular, pero al revés. Por lo tanto, esos dos siameses son diferentes pero esencialmente iguales.

Las personas y también las empresas saltan de círculo en círculo, en bucles donde todo parece una melodía de Vivaldi o por el contrario el “Wild Honey Pie” de Los Beatles. Probablemente el punto de equilibrio sea una especie de bendición, pero por lo general es una conquista. Y esa conquista requiere de confianza en uno mismo, certidumbre de nuestras fortalezas y debilidades, valentía para el cambio, intransigencia con la mediocridad y el conformismo, humildad en la observación, y una gota de sabiduría para entender que dentro de cada círculo solo hay una parte, de una parte, de nosotros mismos.



DIEGO LARREA