viernes, 4 de diciembre de 2015

Jaque mate, este juego es mío

El hombre nace libre, responsable y sin excusas, decía Jean Paul Sastre, y entonces me pregunto: entre todas las vivencias que vamos acumulando ¿cuál es la verdadera esencia que perdemos en el camino para dejar de serlo? ¿Quizá porque nada nos es más desagradable que tomar el camino que conduce a nosotros mismos?

El ajedrecista es libre de elegir sus jugadas, siempre que respete las reglas del juego, obviamente. Lo que le confiere sentido a esta libertad es su capacidad de raciocinio, de valorar de manera inteligente la posición que está a la vista y de decidir con eficacia. Como en la vida, la libertad en el tablero no vale tanto por si misma sino por lo que con ella se pueda lograr. Pero cuando la jugada trastabilla muchas veces dejamos la responsabilidad a un lado monopolizando de excusas “nuestro juego”.

Allí comienza la “estrategia del cuestionamiento”: situaciones, personas y todo lo que se nos ocurra como expiatorio efecto-causa. Que todos y todo influye en nuestro camino es probablemente cierto, y podemos perder muchas en nuestro andar, pero no podemos permitirnos jamás que nada ni nadie nos arrebate la elección de la “actitud personal” que debemos enarbolar frente nuestro propio camino.

Podemos vivir en la mejor de las comedias, elegir el personaje que más nos guste, darle el texto más logrado, tener el aplauso del público en pié en la sala, y sin embargo reconocernos auténticamente infelices por no ser quienes somos. Elegir zona de camerino para continuar la siguiente actuación o elegir la escalera que da al pasillo central del teatro, quitarnos el maquillaje y salir con los hombros en alto. Ambas decisiones son exclusivamente individuales, como un ejercicio de nuestra libertad, responsabilidad y apartando nuestras excusas.

Ciertamente la angustia que provocan los cambios o las decisiones existe, pero debemos distinguir la angustia del mero miedo. El miedo aparece ante un peligro concreto y se relaciona con el daño o supuesto daño que la realidad nos puede infligir; la angustia no es por ningún motivo concreto, ni de ningún objeto externo, es miedo de uno mismo, de nuestras decisiones, de las consecuencias de nuestras decisiones.

El miedo al fracaso es tal vez uno de los más universales, todos lo hemos sentido. Pero que las cosas salgan mal también es parte del crecimiento, de la evolución, de la construcción, incluso en otros campos de tener un espíritu innovador, porque innova quien sabe fracasar. Porque lo importante es reconocernos, es volver constantemente a nosotros mismos, a nuestro propio gen, a nuestro gen natural, es no detenerse, es seguir intentándolo siempre, individualizando nuestras propias fallas, aprendiendo de los errores, poniendo al otro como nuestra verdadera mirada, ejerciendo la humildad de la buena escucha, dejando de actuar en el escenario de los falsos pretextos.

Y tenemos que prepararnos, porque la evolución y los cambios no se producen solos, cuanto menos recursos más vulnerabilidad. Y mirarnos sobre el retrato que nosotros hemos dibujado de nosotros mismos no nos aportará grandes soluciones.

Nunca se ha ganado una partida abandonándola y cada Peón es potencialmente una Reina, por lo tanto, la partida acaba de comenzar y espera nuestro grito final: ¡Jaque mate, este juego es mío!

DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego