viernes, 27 de noviembre de 2015

El olvido del ser

“Hay dos miradas: La mirada del cuerpo puede olvidar a veces, pero la del alma recuerda siempre” escribía en 1844 Alejandro Dumas en el Conde de Montecristo. Existe una tendencia natural al olvido, pero no existe el olvido voluntario o natural, existe una cohesión de acuerdos tácitos o explícitos, acuerdos humildes, acuerdos integradores, acuerdos desinteresados, acuerdos que reconocen, reconcilian y son capaces de llevar al olvido a una instancia de crecimiento personal y profesional.

En el olvido no debería haber intereses que primen, porque el olvido se transforma en una poderosa herramienta de cambio cuando realmente se ejercita de a dos, y de no ser así podría llegar a experimentar un vacío difícil de gestionar. Muchas veces nos creemos con el derecho al olvido porque “olvidamos” que el camino, los intereses,  decisiones, presencias comunes fueron siempre compartidos. El olvido individual es la carrera hacia el atajo, es el refugio de la mediocridad, y el autopremio a la excusa perfecta.

Pero somos seres comprometidos con nuestros actos, y este no debería ser la excepción. La responsabilidad que asumimos sobre nuestras acciones, que de una u otra manera influyan en “el otro”, nos debe dar la capacidad de ejercer el olvido de una manera diligente y no egoísta. Cuándo olvidamos la necesidad del otro nuestras propias necesidades se transforman en un escenario vacío, con una sala vacía de luces encendidas.

Encontramos el aliado perfecto cuando decimos que “el tiempo es el que pone las cosas en su lugar”, que “el tiempo cura las heridas”, que “el tiempo ayuda olvidar”,  pero en realidad lo que hace es ayudarnos a expirar nuestras culpas y nuestros miedos que terminan destrozados en el espejo de nuestras realidades.

La estrategia del olvido fracasa en la infelicidad ajena, y se transforma en miedo a asumir la parcela que nos corresponda en nuestra toma de decisiones. Porque  también olvida quien aparta, quien relega, quien no escucha, quien no valora, quien margina, quien no habla, quien no da ni percibe los detalles, quien no es capaz de entender los deseos o anhelos del otro, etc. Decía Gandhi “Yo quería hacer de mi mujer la esposa ideal. Mi ambición era hacerla vivir una vida de pureza total, que aprendiera lo que yo aprendiera y que identificara su vida con la mía. Ignoro si Kastürba tenía las mismas ambiciones.”

La existencia del otro no es un dato cuestionable. El otro se nos hace presente de un modo indudable no como un objeto sino como un sujeto, con su libertad, sus valoraciones, sus proyectos. La mirada del otro nos hace conscientes de nosotros mismos pues el otro nos objetiva, y el olvido del otro es la paralización de nuestra capacidad de reconocernos.

Tanto en una sociedad como en nosotros mismos es clave poder buscar al otro para encontrarse. La otredad como pieza fundamental en la toma de nuestras decisiones cotidianas, la otredad como la posibilidad de reconocer, respetar y convivir con la diferencia. No hay superación sin el otro, no hay cambio sin el otro,  no hay olvido sin el otro, porque el otro no es  “dependencia”, el otro también soy yo. 

DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego


viernes, 20 de noviembre de 2015

Del Yo al Nosotros

Convivimos en un mundo que no es previsible, donde la certidumbre no es cierta. Aquellas certezas que nuestros padres nos daban y nosotros asumíamos confiados ya no existen. Esa frase de “si haces todo bien lograrás buenos resultados” hoy, lamentablemente, como padres, managers, parejas, amigos, no podemos asegurarla. Y como no podemos hacerlo nuestro rol se transforma en “pequeños grandes” compañeros de viaje, experimentando los cambios de manera conjunta. Esta transformación a nivel social que trastoca lo relacional nos propone sin quererlo un nuevo modelo: en donde el “yo individual” pierde la batalla contra el “nosotros”.

Pero nadie dijo que esa batalla es fácil, porque estamos educados para ser exitosos no para ser felices, metiéndonos en vena que la carrera por los logros se basa en la “sana competencia”, pero esa "sana competencia" no existe, porque la negación del otro implica la negación de sí mismo al pretender que se valide lo que se niega. La conducta social está fundada en la cooperación, no en la competencia. La competencia es constitutivamente antisocial, porque como fenómeno consiste en la negación del otro. Aplicamos evidentemente este término al ámbito de las personas, porque dentro de los negocios es una clara estrategia comercial, aunque que si algún día nos atrevemos a profundizar en ello veremos como la cooperación empresarial muchas veces produce grandes avances.

En este ámbito de nuestra reflexión, la competencia es la simple idea del tú o yo, la idea de la disputa, la contienda, la rivalidad por obtener la misma cosa. En cambio compartir o colaborar es obtener beneficios juntos. La colaboración es la competencia inteligente. Pero, colaborar es extremadamente más complicado que competir. Construir unas bases metodológicas que hagan que las organizaciones colaboren es mucho más difícil.

El mundo tecnológico nos da un ejemplo y comienza a abrir una puerta a lo que en principio parecía un escenario dedicada al individualismo, dando el apellido de “colaborativa” a la inteligencia. Y si nos atenemos a la etimología, inteligencia significa “saber escoger”, por lo tanto, la elegida es la colaboración.

Pero decirlo es algo si se quiere hasta es “moderno/actual”, pero ponerlo en práctica requiere de muchos requisitos indispensables para llegar al éxito. Algunos de estos son: la humildad, la escucha, el reconocimiento, la visión, la integración, la empatía, entre otros. Y no hace falta irnos muy lejos para detectar el embrión colaborativo por antonomasia: simplemente con asomar la cabeza por la ventana de nuestras familias, seguida por nuestras relaciones personales, relaciones de grupo, laboral, etc.  

Es importante que entendamos que la necesidad del otro es una virtud no una dependencia. Todo lo que hacemos en nuestra vida tiene un eslabón social, estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos. En la interacción se produce la energía, la complementariedad, en definitiva el crecimiento y la evolución. El grupo es más fuerte que el gen individual. El bien del grupo también cuenta en la evolución, porque el mejor resultado que podemos obtener es producto de que todos en el grupo hagan lo mejor para sí mismos y por ende para el grupo.

Por lo tanto, la competencia por llegar solo tuvo un instante embrionario de gloria en nuestras vidas, pero al dar a luz el instinto natural nos llamó al llanto, a la protección, al intercambio, a la supervivencia para desarrollar nuestra vida, olvidándose del Yo y abrazando al Nosotros, aunque muchas veces nos olvidemos de ello.



DIEGO LARREA

viernes, 13 de noviembre de 2015

La importancia de conectar

Hoy si nos preguntan qué es para nosotros la palabra “conectar”, automáticamente lo asociamos a tener o no conexión wifi, cobertura 3G o 4G, o algo relacionado con las nuevas tecnologías. Pero conectar también es lograr una buena comunicación con alguien. Así planteado parece algo simple, fácil y habitual porque muchas veces estas conexiones están basadas más en las coincidencias relacionales que en el conocimiento verdadero del otro. Lo difícil es establecer esa conexión cuando los parámetros de equilibrio trastabillan o aparentemente son incompatibles.

Todos, lo creamos o no, negociamos todos los días (hasta para despertarnos negociamos con el reloj), entendiendo como negociar el hecho de comunicarnos para intentar alcanzar acuerdos con los demás, para conectar con los demás. Pero la razón por lo que lo hacemos no es exclusivamente esa, sino el conseguir algo que queremos. Muchas veces el principal obstáculo para conseguir lo que queremos en la vida no son los demás, por muy difíciles de trato que sean, sino nosotros mismos, negándonos a reconocer nuestras carencias, nuestros conformismos, nuestras inconstancias y nuestros prejuicios.


En las “zonas comunes”, en los enamoramientos, en las “buenas rachas”, etc, se produce una especie de gran capa protectora donde todo fluye naturalmente y a un ritmo acompasado y la conexión está a tantos megas de subida y de bajada que no hay test de velocidad que pueda medirla. Pero cuando comienzan las primeras tormentas el techo comienza a llenarse de gotas de agua, y de gotas a manchas de humedad y de manchas de humedad a lluvias intensas, la luz se corta, el router se desconecta, y la conexión se pierde.

Si aprendemos a conectar con nosotros mismos antes de intentar influir sobre los demás, seremos capaces de obtener muchísimos mejores resultados, más auténticos y mucho más duraderos. Pero esto implica saber escucharnos y escuchar. Hay muchas voces internas que nos hablan, como son la voz del miedo, del ego, de la avaricia y los deseos, del pasado, de la autoestima, de los valores, de nuestros anhelos más profundos, además de las voces de las personas que tienen relación con nosotros y que nos dan su opinión, aunque no nos gusten. Eso es conectar. El conocimiento de los otros es conectar al conocimiento de uno mismo, y el conocimiento de uno mismo es conectar al conocimiento de los otros. Es solo a través de la conciencia de los otros que podemos alcanzar nuestra propia conciencia.

Conectamos cuando desconectamos, cuando reconocemos, cuando levantamos la mirada, cuando preguntamos ¿cómo estás? ¿qué sucede?, cuando somos capaces de integrar, cuando somos coherentes, cuando no somos sectarios, cuando no imponemos, cuando en la foto nos ponemos detrás, cuando alejamos preconceptos, cuando sabemos perdonar, cuando las medallas son ajenas,  cuando abandonamos nuestros torpes teorías del “yo soy así”, cuando siempre somos dos, cuando somos capaces de “dejarlo pasar”, cuando somos valientes o cuando somos humildes. Esta conexión nos convierte día a día en mejores personas, managers, padres, compañeros, amigos, hijos, parejas, etc.

En tiempos donde la importancia de conectar es tan valorada como un vaso con agua, aprendamos a “configurar” nuestra capacidad de cambio, y a entender, como decía Josh Billings, que la mitad de nuestros problemas en la vida pueden ser identificados por haber dicho que si demasiado rápido o por haber dicho que no demasiado tarde.  



DIEGO LARREA

viernes, 6 de noviembre de 2015

La pausa del Gigante

En un mundo sin distancias, el acto de parar para entender cómo nuestras acciones repercuten en los demás es fundamental. Todas nuestras interacciones, hasta las más intrascendentes, y el “cómo” nos comportamos importan más que nunca. Nuestras decisiones y reacciones cotidianas contienen mensajes sobre quiénes somos y en qué creemos. Sin embargo, ¿cuándo nos tomamos el tiempo para escuchar y analizar en profundidad esos mensajes? ¿Cuándo nos tomamos el tiempo para hacer una pausa? ¿Cuándo nos hemos convertido en el Gigante aturdido que a su paso todo lo extermina?

La pausa no es ocio, no es pereza, no es refugio, la pausa es un estado de acción, de inteligencia, de estrategia, donde podemos ser capaces de ver, escuchar y sentir de otra manera, donde dejamos entrar y salir, donde no preguntamos ni pedimos permiso, donde no establecemos normas. La pausa abre ojos, abre oídos, abre corazones. La pausa puede enseñarnos, puede hacernos descubrir, puede reconocernos, puede hacernos reconocer. La pausa hace que se desarmen los preconceptos o prejuicios, la pausa nos hace menos sectarios, nos acerca a la esencia de las cosas, al corazón y valores de la persona. La pausa es inversión, y su ausencia podrá generar situaciones pendientes e incompletas.

Saber generar espacios es una de las claves más importantes en las relaciones humanas, tanto en equipos de trabajo, como en amistades, relaciones de pareja  y con los propios hijos. Esa generación de espacios se produce siempre detrás de la pausa, que es la llave invisible capaz de abrir cancelas eternamente herméticas.

¿Cuántas cosas fuimos perdiendo en el camino porque no fuimos capaces de generar el espacio, la pausa necesaria? La vida no es una obra de Spielberg, la vida no tiene marcha atrás, la vida es avanzar a pesar de todo, y sabio es aquel que detecta el momento idóneo para sentarse al costado del camino y hacer una pausa. ¿Estoy dónde quiero estar? Estoy con quien quiero estar? ¿Trabajo en lo que quiero trabajar? ¿Hago lo que quiero hacer? ¿He dicho lo que quería decir? Las “preguntas pausas” son tan o más importantes que las propias respuestas que podamos encontrar detrás de ellas. La velocidad del día a día nos lleva a centímetros de la peor de las colisiones que nos podamos imaginar, apagando para siempre toda esperanza por querer reconquistar los terrenos perdidos.

Pero tenemos el gen evolutivo, la necesidad de felicidad, de armonía y equilibrio, de desarrollo y podemos crear esos espacios en el que uno puede ver, claramente, a través de los estímulos cotidianos y tomar decisiones acerca de cómo seguir adelante, incluso en volver a comenzar con nosotros y/o con los demás. No hay mayor capacidad de liderazgo y fortaleza que saber reconocer y saber recomenzar.  Hay mucho poder en dar un paso atrás, en esa inspiración profunda, en ese abrir y cerrar de ojos lento, en la oportunidad de la escucha, en la valoración del otro.

Y en esa pausa profundael Gigante entiende por primera vez que ha arrasado todo lo que ha pasado bajo sus pies. Y es allí cuando entiende lo importante de reconectarnos con lo que creemos, con lo que nos identifica de verdad, ser capaz de quitarnos el vestido de nuestras mentiras que nos empeñamos en ponernos en el desfile de la vida, abandonando nuestro verdadero yo, y determinar si estamos viviendo nuestra vida de la mejor forma para nosotros como individuos, así como para todos los que nos rodean.

Tras la pausa del Gigante viene el silencio, la escucha, la reflexión, la respuesta, el cambio, la acción y finalmente el desarrollo y avance.


DIEGO LARREA