viernes, 19 de febrero de 2016

Lo bueno de lo malo

Decía el gran Joan Manuel Serrat que sean bienaventurados los que están en el fondo del pozo porque de ahí en adelante sólo cabe ir mejorando. Nuestros momentos de crisis, de depresión, de desencanto, de grandes dificultades, además de conflictivos son momentos "adecuados" que encierran la oportunidad de cambio, de mejora, de crecimiento y de ampliar posibilidades.

Y allí somos herida abierta, permeables, todo nos afecta, todo es desilusión y sentido de precipicio y vacio. Pero cuando en esa vulnerabilidad somos capaces de mirarnos a nosotros mismos, entendemos que nuestras vidas son una suma total de las opciones que hemos tomado y de las que seguiremos tomando. Y si dejamos de tomar esas decisiones es cuando entramos en el “fantástico” mundo de las excusas.


Descubrir lo bueno de lo malo es la llave para resignificar aquello que hoy nos rodea, nos angustia y nos frena en lo que nos impulse, nos gratifique y nos lleve a nuestros verdaderos objetivos. Pero dentro de este proceso en el que nos encontramos deberíamos entender que no podremos lograrlo si “sabemos” las respuestas antes que las preguntas.

Por más que nos esforcemos en maldecir a la suerte, una actitud muy normal y hasta comprensible en este tipo de circunstancias, somos lo que elegimos ser hoy, no lo que hemos escogido ser antes. Es por ello que no tiene sentido preocuparnos por aquellas cosas sobre las que no tenemos control para cambiar, porque no hay nada que podamos hacer. Esa preocupación nos mantiene inmovilizados y alejados de aquellas acciones que sí podemos incidir para cambiar. Las personas que quieren vivir con una seguridad al cien por cien lo único que tienen garantizado es que toda su vida transcurrirán preocupadas por lograr esa seguridad. En definitiva, conseguirán la total permanencia del problema que pretende resolver.

Siempre que ganamos algo perdemos algo; siempre que perdemos algo ganamos algo. Lo bueno de lo malo está presente aunque no lo podamos ver. Las crisis, los malos momentos, las malas “rachas” van y vienen, son cíclicas, incluso necesarias o mejor dicho inevitables. Tras la bonanza y la burbuja viene la explosión y el desinfle generalizado. Del cielo se toca al infierno, de la buena racha se pasa a la mala. La vida no es lineal y progresiva, sino más bien una serie ininterrumpida de ciclos de comienzos y finales, de nacimientos y muertes, de frustraciones y victorias, de abrir y cerrar. Por más que sintamos que nos quedamos solamente en la parte de abajo del ciclo de manera eterna, la curva en algún momento cambia, y viceversa. Y nunca estamos preparados.

Al descubrir “lo bueno de lo malo” nos quitamos la complacencia y el letargo que nos impide avanzar. Podemos comenzar esa subida, poco a poco, abriendo espacios para el deseo y las ganas por llegar. Es en la propia desilusión y desazón donde se encuentran las grietas para ver la “oportunidad”, aunque la humedad de las lágrimas nos nuble la visión temporal. Por que cuando hay una brecha o un déficit en función de lo que tenemos contra lo que deseamos, vivimos metidos en la pasión, aguantando contratiempos, enemigos, competidores, escasez, etc. En cada obstáculo reafirmamos nuestra resolución y nos haces creativos, combativos, seguros de nosotros mismos. Y es en esos “malos momentos” donde nos reconectamos con nuestra humanidad, redescubriéndonos, dándole nuevamente el sentido al “yo” interior.


Descubrir “lo bueno de lo malo” también nos obliga a  la flexibilidad, a entender que cambiar es respirar y respirando se vive y cambiando se evoluciona. Lo más difícil de cambiar son los hábitos y no bastan las charlas motivacionales, conversaciones de tres horas donde oímos pero no escuchamos, ni un “retiro” con tu pareja o tu equipo de trabajo, etc. Cambiar un hábito demanda energía adaptativa y requiere de enfoque constante y por supuesto de una gran capacidad de humildad, incluso hasta en los temas donde creemos tener la “bendita” razón.

¿Sabes cuántas especies han sobrevivido desde la época de los dinosaurios? La respuesta es el 0,01%, una de cada 10.000, entre las cuales estamos los humanos. Probablemente una de las principales causas de la supervivencia ha sido la capacidad de adaptarse al ambiente y dirimir eficazmente con la incertidumbre frente a tener certezas completas del mundo y de la vida. En otras palabras, cabalgar sobre las paradojas, sobre las frustraciones, el caos, las victorias y los fracasos, en definitiva encontrar el valor de “lo bueno de lo malo”.

Solo damos valor a la estabilidad, pero nos olvidamos que también en cierta medida necesitamos el caos para generar orden, tocar fondo para ir hacia arriba, necesitamos la oscuridad para disfrutar la luz, necesitamos también de los malos momentos malos para aprender a encontrar lo mejor de nosotros,  justo cuando pensábamos que nosotros ya no teníamos un valor.

Si son nuestros hijos, nuestras parejas, nuestros equipos quienes nos conocen más por la manera en que vivimos que por lo que decimos, démonos una oportunidad para descubrir “lo bueno de los malo “, y enfrentarnos de forma valiente a nuestra responsabilidad que consiste en dejar de culpabilizarnos a nosotros/as y a los/as demás y empezar a dar una respuesta: “Esto ha de ser cambiado, yo soy quien ha de cambiarlo, yo quiero cambiarlo, yo puedo cambiarlo, yo elijo cambiarlo".


DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego