viernes, 8 de abril de 2016

El cristal de la confianza

La mirada del entrenador en ese preciso momento tan especial del partido, la mirada de una madre cuando el niño se aleja en su primer día de clase, la mirada de un amigo cuando hemos cumplido lo acordado, la mirada de tu pareja cuando las cosas no están saliendo como pensabas. Son las miradas de la confianza, aquellas que se transforman en un motor de energía, de ánimo, de seguridad, de fortaleza y de convicción en el momento preciso, cuando menos lo esperábamos o cuando más lo deseábamos.

Dentro de nuestro ámbito laboral, por supuesto que nuestra necesidad básica a satisfacer es tener un ingreso que nos permita vivir y pagar nuestras cuentas. Pero una vez superada esta instancia, un aspecto o valor que emerge con fuerza y relevancia, actuando como dinamizador y catalizador de las personas, es el valor de la confianza. ¿Y en qué consiste esa confianza? En que, cada uno de nosotros, desde su puesto o función en la organización, sea respetado y apreciado por sus ideas y opiniones; podernos sentir una pieza importante dentro de un equipo; nos incluyan en las decisiones que afecten nuestro trabajo y nuestra posición dentro de la compañía; nos permitan hacer aportes de mejoras; que recibamos apoyo aun cuando cometamos un error; y que nos brinden oportunidades para formarnos, desarrollarnos y avanzar.



El impacto de la confianza también es medible, ya que las investigaciones indican que los empleados son 5 veces más propensos a sentirse más valorados cuando se trabaja en una cultura de confianza y reconocimiento, y 7 veces más dados a recomendar a la organización como un lugar para que otros trabajen o hagan negocios. Además, es 7 veces más probable que los empleados quieran permanecer en ella y 11 veces más probable que sus empleados estén comprometidos con el éxito de la misma. Para crear una cultura como esta, la compañía debe concienciar a todos sus managers de la importancia de la confianza y el reconocimiento a sus equipos, dentro de sus valores aplicados en el día a día.

Todos necesitamos confianza, todos necesitamos (aunque lo neguemos) que crean en nosotros, en lo que somos, en nuestras posibilidades. Todos necesitamos ser escuchados de verdad, sin prejuicios ni percepciones infundadas, todos merecemos un escenario donde dar lo mejor de nosotros, donde podamos equivocarnos, podamos aprender, consolidar, replantear, innovar, en definitiva: donde podamos ser nosotros mismos. Y luego, evidentemente, tener la suficiente humildad para saber recibir el feedback sobre lo realizado, y ser capaces de aprovechar ese instante como si fuera el último.

A veces esparcimos frases tan lapidarias como “no me provoca confianza” o al revés, guiándonos estrictamente por nuestro filtro sensorial como una ciencia exacta, gobernados consciente o inconscientemente por nuestros miedos e inseguridades. Estamos tan lejos de la persona y lo sabemos, y no hacemos nada por abrir la puerta del verdadero conocimiento. Y estos vaivenes de nuestra propia incapacidad, nos pueden convertir en grandes frenos para el otro y por ende para nosotros mismos.

Mirando por un lado u otro, el cristal de la confianza es delgado, sensible, casi imperceptible, tanto es así que muchas veces creemos que no existe y nos golpeamos fuertemente contra él, y otras veces llegamos a resquebrajarlo o hasta incluso romperlo. Y luego podemos pegarlo juntando cada trocito esparcido en el suelo e intentar unir cada pieza, pero, aunque el trabajo haya sido un éxito, si miramos con detenimiento el cristal, definitivamente está roto. Solo el verdadero convencimiento por renovar la confianza (o abrir su puerta) hará que cambiemos el viejo cristal por uno nuevo, pero esa decisión debe estar basada en cimientos verdaderamente profundos, creíbles y trasparentes, que harán de esa nueva etapa una oportunidad conjunta.

No hay éxito sin confianza. Cuestionar permanentemente, de una manera o de otra, la capacidad del otro puede llegar a ser un factor altamente destructivo y un búmeran, que tarde o temprano, caerá sobre nuestra credibilidad.

Y como decía Ernest Hemingway:
la mejor forma de averiguar si podemos confiar en alguien es confiar en él.


DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego