viernes, 16 de septiembre de 2016

El Síndrome de Dory (El olvido contagioso)

No vamos a negar que el olvido está lleno de memoria, y como decía Mario Benedetti: “No olvidadizos sino olvidadores”. Vivimos en un mundo cada día más veloz, extractado, más fugaz, de conversaciones cada día más cortas, de palabras reducidas, de “prisas y corriendo”, de instantes, de “lo quiero ya”. Lo que por un lado disfrutamos en esta nueva tendencia digital, la sufre por otra parte el Sr. Olvido, que tan cargada tiene su mochila y ya no sabe qué hacer con ella ni dónde poner todo lo que abandonamos en el camino.

Olvidadores del siglo XXI, que la prisa nos corroe, que nos aturde el no llegar a todo, donde la meta parece cada día más lejana y el “todo vale” para alcanzarla un placebo a disposición, donde la falsa sonrisa a tiempo es llave o relegación, donde suponemos sin preguntar, prejuzgamos sin conocer, donde el circo atrae aplausos, donde dar la cara en tiempos revueltos es casi “una experiencia religiosa” y donde ayer éramos necesidad hoy nos transforman en vacío.

Intentamos cada día acercarnos más y más a escenarios colaborativos, donde las redes nos ayudan a estar en contacto y poder trabajar, conocer, desarrollar, innovar o simplemente compartir. Pero Olvidadores, detrás de toda esta nueva red de colaboración digital que nos atrapa ¿por qué aún no somos capaces de dejar atrás los viejos elementos relacionales individualistas que pocas veces nos han aportaron algo constructivo? Más bien todo lo contrario, ayudaron a desequilibrar la trastienda de nuestros valores.

El proceso de cambio no significa transformar el que somos o fuimos en un “formato digital”, sino que nos obliga hoy a una profunda reflexión y nos invita a sumarnos a una verdadera evolución. Dicha evolución, aunque nos suene a prehistoria, es parte de nuestra realidad, y depende de nuestra voluntad. Dentro de esta evolución, y para llegar a ese nuevo espacio debemos revisar en qué acera queremos seguir caminando, evitando así ser contagiados por el Síndrome de Dory.

El Síndrome de Dory se manifiesta, por ejemplo, en que ayer riésemos juntos, y hoy olvidemos quien era aquel que reía; que ayer nos necesitaran y hoy que necesitamos su silla esté vacía. Un olvido contagioso que normalmente se manifiesta en circunstancias adversas, donde la vida nos invita a dar realmente testimonio de quiénes somos y de nuestras convicciones y valores. Y este olvido contagioso una vez que nos atrapa nos sumerge en un discurso artificial que sólo hará que busquemos adeptos para reforzar nuestra excusa, sabiendo que en el fondo es tan vacía como nuestras propias inseguridades.


Por eso la transformación y el verdadero cambio pertenece a las personas, pero a lo más profundo de las personas. Las empresas y escuelas podrán aportar toda su mejor intención, sus estrategias, formaciones y su tecnología, pero si cada uno de nosotros (y nuestras familias) permanece con el rostro girado hacia otro lado, y el átomo vehicular del cambio que llevamos dentro no es capaz de despertar a tiempo mutando hacia los nuevos desafíos, probablemente estemos hablando de un fracaso que nadie desea. El ser, estar, parecer y semejar deja de ser una simple frase para convertirse en la clave del éxito de la comunicación.

Si no estamos en el lugar y en el momento oportuno, decimos siempre que probablemente podemos perder una gran oportunidad, pero ¿qué pasa si no estamos en el lugar y en el momento oportuno del Otro cuando nos necesita? Sea un compañero, pareja, amigos, clientes, etc. ¿Somos capaces de cuantificar realmente esa pérdida? Si olvidamos al Otro probablemente hay algo de nosotros que abandonamos en ese olvido.

Olvidadores: el Otro siempre soy yo, y siempre será mi espejo, para lo bueno y para lo malo. Y ese espejo nunca miente. La esencia está en nosotros mismos. Por eso, no perdamos la ocasión tan preciada de desacelerar lo absurdo y acelerar lo importante, convirtiendo estos nuevos tiempos en una red que no enrede, sino que sostenga, proteja y construya los nuevos cimientos del cambio basados en la autenticidad, la humildad y la empatía, siempre dispuestos a contagiarnos con la buena memoria.

La mirada del otro nos hace conscientes de nosotros mismos pues el otro nos objetiva, y el olvido del otro es la paralización de nuestra capacidad de reconocernos.

DIEGO LARREA 
Twitter: @larreadiego