viernes, 26 de febrero de 2016

Las formas que deforman

Charles R. Swindoll estaba convencido que la vida es 10% de lo que nos pasa y un 90% de cómo reaccionamos a ello.¿Qué importa cuánto sabemos, o cuanta verdad relucen en nuestras palabras, o si sabemos que llevamos la razón, si no somos capaces de transmitir nuestro mensaje al otro?

Nuestras forma de hablar, de movernos, de no hablar, de no movernos, de hacer o no hacer, influyen directamente en el mensaje que intentamos transmitir o la posición personal/profesional que queremos tener frente a las demás personas. Incluso aquellos que dicen que no les importan estas reflexiones sobre lo que sienten o perciben los demás con relación a su forma de actuar, están adoptando también una postura.


Nuestro "cómo", nuestras  "formas", nuestras "maneras" son nada más ni nada menos que la primera carta de presentación sobre nosotros mismos. Van a dar exactamente igual nuestras buenas voluntades que si lo que trasmitimos no llega, llega distorsionado, sufre cortocircuitos en el camino, el objetivo final será todo un fracaso, si es que realmente nos interesa “seducir” al otro y compartir con él/ella nuestra visión de las cosas. A la verdad podemos compararla con una piedra preciosa: si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con “ternura”, ciertamente será aceptada con agrado. Así de simple, y el material es el mismo.

Muchas veces estamos convencidos que ganamos autoridad, respeto o superioridad cuando utilizamos recursos “combativos”,  y pensamos que generamos más jerarquía cuando marcamos distancias. El liderazgo no sólo es una competencia dentro del ámbito de la empresa, sino también dentro de nuestra vida personal, cuando por delante de nuestra idea o nuestra teoría sabemos reconocer, sabemos influir, y por último logramos verdaderamente convencer no por imposición sino por “co-construcción”.

Uno de los errores que solemos cometer es detenernos más en la idea y no en el cómo transmitirla. Y esto no es un tema exclusivo del management, sino también de todo tipo de relaciones personales, profesionales, comerciales, etc. Podemos perder mucho en el camino si no tomamos las medidas necesarias a tiempo.Ayudaremos al éxito de nuestro cometido si logramos integrar nuestra inteligencia emocional a la “estrategia” de nuestro mensaje. Y no necesitamos dinero o circunstancias maravillosas para resolver este efecto, simplemente es una cuestión de actitud y “la excusa no tiene escusa”. Y es un ejercicio que va desde la acción cotidiana más simple, hasta la situación relacional más compleja. Nadie dijo que relacionarse era fácil.

En algunas ocasiones el convencer, el demostrar, incluso en establecer una simple conversación no representará ningún tipo de esfuerzo, pero en muchas otras probablemente nos represente un mayor desafío, que incluso nos ocupe más tiempo que la generación de la idea que queremos compartir. En terrenos fértiles sembramos hasta tornillos, pero en los áridos a veces no somos capaces ni de remover la tierra.

Lo mismo nos sucede con el conocimiento de las personas, nos basamos más en el popular “feeling” que en el verdadero conocimiento de las mismas. A aquellas que intuimos más complejas de  conocer preferimos evitarlas, incluso nos auto convencemos lanzando un comentario que justifique nuestra actitud evasiva.  Otras veces incluso intentamos dar una “seudo lección” poniéndonos en una actitud distante para que el otro “escarmiente” en su supuesta humildad, en su dominio de sus ambiciones, sus ansiedades, etc, y no nos damos cuenta que esa estrategia sólo provoca más frustración, más separación, más desentendimiento, y levanta una gran muralla.

Aristóteles decía que ponerse “furioso” era fácil. Pero estar furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto, y de la forma correcta… eso si que no es fácil. Tropezamos muchas veces contra nuestra propia torpeza relacional, y sólo llegamos a verlo con claridad cuando nos encontramos en el rincón oscuro de otra torpeza ajena.

Crear, hacer habitual, incluso institucionalizar la experiencia de abrir espacios para compartir con honestidad, humildad, escucha profunda acerca de lo que estamos “sintiendo”, lo que estamos buscando, lo que necesitamos, es un gran primer paso para el desarrollo de este aspecto.

Las formas nos deforman a veces para mal, pero muchas veces para bien porque nos transforman, nos dibujan, nos pincelan, nos retratan, nos acercan, nos identifican, nos integran, nos realzan, nos ayudan,  porque al fin de cuentas, buscando en la simpleza de los pequeños detalles encontraremos el gran éxito de nuestros propósitos.



DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego

viernes, 19 de febrero de 2016

Lo bueno de lo malo

Decía el gran Joan Manuel Serrat que sean bienaventurados los que están en el fondo del pozo porque de ahí en adelante sólo cabe ir mejorando. Nuestros momentos de crisis, de depresión, de desencanto, de grandes dificultades, además de conflictivos son momentos "adecuados" que encierran la oportunidad de cambio, de mejora, de crecimiento y de ampliar posibilidades.

Y allí somos herida abierta, permeables, todo nos afecta, todo es desilusión y sentido de precipicio y vacio. Pero cuando en esa vulnerabilidad somos capaces de mirarnos a nosotros mismos, entendemos que nuestras vidas son una suma total de las opciones que hemos tomado y de las que seguiremos tomando. Y si dejamos de tomar esas decisiones es cuando entramos en el “fantástico” mundo de las excusas.


Descubrir lo bueno de lo malo es la llave para resignificar aquello que hoy nos rodea, nos angustia y nos frena en lo que nos impulse, nos gratifique y nos lleve a nuestros verdaderos objetivos. Pero dentro de este proceso en el que nos encontramos deberíamos entender que no podremos lograrlo si “sabemos” las respuestas antes que las preguntas.

Por más que nos esforcemos en maldecir a la suerte, una actitud muy normal y hasta comprensible en este tipo de circunstancias, somos lo que elegimos ser hoy, no lo que hemos escogido ser antes. Es por ello que no tiene sentido preocuparnos por aquellas cosas sobre las que no tenemos control para cambiar, porque no hay nada que podamos hacer. Esa preocupación nos mantiene inmovilizados y alejados de aquellas acciones que sí podemos incidir para cambiar. Las personas que quieren vivir con una seguridad al cien por cien lo único que tienen garantizado es que toda su vida transcurrirán preocupadas por lograr esa seguridad. En definitiva, conseguirán la total permanencia del problema que pretende resolver.

Siempre que ganamos algo perdemos algo; siempre que perdemos algo ganamos algo. Lo bueno de lo malo está presente aunque no lo podamos ver. Las crisis, los malos momentos, las malas “rachas” van y vienen, son cíclicas, incluso necesarias o mejor dicho inevitables. Tras la bonanza y la burbuja viene la explosión y el desinfle generalizado. Del cielo se toca al infierno, de la buena racha se pasa a la mala. La vida no es lineal y progresiva, sino más bien una serie ininterrumpida de ciclos de comienzos y finales, de nacimientos y muertes, de frustraciones y victorias, de abrir y cerrar. Por más que sintamos que nos quedamos solamente en la parte de abajo del ciclo de manera eterna, la curva en algún momento cambia, y viceversa. Y nunca estamos preparados.

Al descubrir “lo bueno de lo malo” nos quitamos la complacencia y el letargo que nos impide avanzar. Podemos comenzar esa subida, poco a poco, abriendo espacios para el deseo y las ganas por llegar. Es en la propia desilusión y desazón donde se encuentran las grietas para ver la “oportunidad”, aunque la humedad de las lágrimas nos nuble la visión temporal. Por que cuando hay una brecha o un déficit en función de lo que tenemos contra lo que deseamos, vivimos metidos en la pasión, aguantando contratiempos, enemigos, competidores, escasez, etc. En cada obstáculo reafirmamos nuestra resolución y nos haces creativos, combativos, seguros de nosotros mismos. Y es en esos “malos momentos” donde nos reconectamos con nuestra humanidad, redescubriéndonos, dándole nuevamente el sentido al “yo” interior.


Descubrir “lo bueno de lo malo” también nos obliga a  la flexibilidad, a entender que cambiar es respirar y respirando se vive y cambiando se evoluciona. Lo más difícil de cambiar son los hábitos y no bastan las charlas motivacionales, conversaciones de tres horas donde oímos pero no escuchamos, ni un “retiro” con tu pareja o tu equipo de trabajo, etc. Cambiar un hábito demanda energía adaptativa y requiere de enfoque constante y por supuesto de una gran capacidad de humildad, incluso hasta en los temas donde creemos tener la “bendita” razón.

¿Sabes cuántas especies han sobrevivido desde la época de los dinosaurios? La respuesta es el 0,01%, una de cada 10.000, entre las cuales estamos los humanos. Probablemente una de las principales causas de la supervivencia ha sido la capacidad de adaptarse al ambiente y dirimir eficazmente con la incertidumbre frente a tener certezas completas del mundo y de la vida. En otras palabras, cabalgar sobre las paradojas, sobre las frustraciones, el caos, las victorias y los fracasos, en definitiva encontrar el valor de “lo bueno de lo malo”.

Solo damos valor a la estabilidad, pero nos olvidamos que también en cierta medida necesitamos el caos para generar orden, tocar fondo para ir hacia arriba, necesitamos la oscuridad para disfrutar la luz, necesitamos también de los malos momentos malos para aprender a encontrar lo mejor de nosotros,  justo cuando pensábamos que nosotros ya no teníamos un valor.

Si son nuestros hijos, nuestras parejas, nuestros equipos quienes nos conocen más por la manera en que vivimos que por lo que decimos, démonos una oportunidad para descubrir “lo bueno de los malo “, y enfrentarnos de forma valiente a nuestra responsabilidad que consiste en dejar de culpabilizarnos a nosotros/as y a los/as demás y empezar a dar una respuesta: “Esto ha de ser cambiado, yo soy quien ha de cambiarlo, yo quiero cambiarlo, yo puedo cambiarlo, yo elijo cambiarlo".


DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego

viernes, 12 de febrero de 2016

La razón de la emoción

La tradición ha considerado a las emociones experiencias impredecibles e incompatibles con los juicios sensatos e inteligentes. Hablamos con tono descalificativo de tomar decisiones basadas en las emociones, intuición o en los sentimientos. Cuando las personas reaccionan emocionalmente, consideramos que están experimentando una regresión y mostrando sus naturalezas primitivas y animales. Esta forma de pensamiento originada hace milenios, se mantiene en el pensamiento occidental actual y como consecuencia en la concepción cotidiana que todas las personas poseen sobre el funcionamiento de los procesos emocionales.

A pesar de ellos, durante años, continuamos preguntándonos ¿Qué es lo que realmente nos motiva en nuestras acciones? ¿Qué es lo que nos mueve hoy en nuestra vida?, no hace 10 años atrás o dentro de 10 años, sino hoy. ¿Continuamos con el mismo patrón? Cuando se activa la fuerza intangible del impulso interno, estamos ante la mayor oportunidad que se nos puede plantear: el verdadero rol de la emoción. Porque el arte de la satisfacción es la diferencia que, como seres humanos, nos distingue entre una forma de hacer o no hacer las cosas.

Podemos establecer un desierto o un terreno fértil entre lo racional y lo emocional, eso dependerá de cada uno de nosotros. Pero lo que cada día está más claro, es que cuando se trata de la verdadera satisfacción sobre lo que hacemos, se abre un túnel inmenso lleno de interrogantes que escapa de toda racionalidad bajo el signo del Excel.

Desde el pensamiento psicológico actual existen algunas concepciones que suponen una ruptura con respecto al pensamiento clásico. Desde la perspectiva cognitiva, se mantiene que las emociones poseen tanta importancia como los procesos racionales y que su influencia puede ser positiva. No obstante, se sugiere que las emociones siempre dependen sustancialmente de la razón. No existe emoción sin pensamiento o razón y nuestras emociones son realmente producto de la forma en que interpretamos lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Por tanto la perspectiva cognitiva, no supone una ruptura completa con respecto al pensamiento tradicional porque aunque se perciba a las emociones como procesos de posible influencia benéfica y no se les considere independientes y excluyentes, siguen siendo dependientes de los procesos racionales.

Entonces, si razón y emoción se dan la mano, ¿Por qué nos encargamos de enfrentarlas?. El conseguir que las cosas tengan sentido es aquello que más nos mueve, es decir, pone en marcha nuestro sistema emocional, fuente de toda motivación, ayudándonos cuando nos vemos encarcelados en la vorágine de las responsabilidades, anteponiendo los “cómos a los para qué”. Y en ese abandono entre el objetivo y la manera de hacerlo, pueden romperse relaciones, perderse momentos importantes de nuestras vidas, olvidarnos de lo que más queremos, incluso hasta de nosotros mismos.


Estamos tan obsesionados con la meta que olvidamos para qué hemos salimos a correr.  Por ello, es bueno que tengamos en cuenta que contrariamente a lo que nos han educado, la emoción es fundamental para pensar eficazmente, tomar decisiones inteligentes y permitirnos pensar con claridad. Las emociones son importantes para el ejercicio de la razón. Buscar las emociones es encontrarnos con nuestros verdaderos deseos, objetivos, con nuestras auténticas elecciones. No olvidar las emociones ratifica nuestra planificación racional.

En la razón de la emoción todo lo que hacemos tiene un por qué, y la forma de descubrirlo está a nuestro alcance, que muchas veces por el simple hecho de pensar en el logro, nos olvidamos de nosotros mismos, de nuestro entorno, y del instante en que nos dijimos “ahora”. 
DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego

viernes, 5 de febrero de 2016

La respuesta anhelada

Llamadas sin respuesta, necesidades sin atender o señales que muchas veces ni encuentran cauce para decirse. Todos deseamos tener respuestas. De una u otra manera, más o menos dependiente, buscamos el entendimiento, la certeza, la linterna guía. Conozcamos o no hacia dónde vamos en cada decisión o momento existe esa necesidad de respuesta. Y no se trata de escuchar una contestación que apague esa sed, porque a veces ni formulamos la pregunta.

Y por otro lado no es fácil dar respuesta, y sobre todo de una manera empática, en el momento adecuado y en el lugar indicado. La observación y la escucha son ejes fundamentales en la relación con “el otro”, pero quedan relegadas a la nada si no somos capaces de dar la respuesta de esa forma. Al responder confirmamos la presencia del otro, algo que puede parecernos una obviedad pero lamentablemente de manera consciente o no, suele ser un gran problema para muchos que se sienten ignorados o “inexistentes”. Dando respuesta damos valor a la necesidad y al espacio que dentro de la persona se produce.

Es tan inútil una respuesta ignorante como un pregunta huérfana. Dar respuestas no es salir del paso, no es contestar lo que se me ocurre en ese instante producto del cansancio, los nervios, el agobio, la falta de tiempo, u otros múltiples estados temporales. Dar respuestas implica compromiso, reflexión, humildad, paciencia y no solo es un acto oratorio sino que implica una relación directa entre lo que estoy diciendo y lo que haré para acompañar al otro a desbloquear su incertidumbre. Y aunque nos encontremos con discrepancias incluso las objeciones se tornan en oportunidades si sabemos dar respuesta.

Creemos que respondemos, creemos que hemos dado en el blanco de las necesidades ajenas y pensamos que dejar espacios de tiempo sin responder es lo mejor,. Y no nos damos cuenta que eso nos convierte en esclavos de nuestras propias ambigüedades y contradicciones, donde las puertas de salida son meros espejos de auto reflejo.

La respuesta no siempre es palabra, la respuesta muchas veces es actitud y empatía. Incluso la respuesta es abrazo, escucha, contención emocional, en definitiva poner en práctica nuestra inteligencia emocional. La búsqueda de la respuesta quizás no esté en la coincidencia de las palabras e ideas, sino en la grandeza de integrar, porque reconocer al otro es responderle. Si nuestra respuesta es la de los “monologuistas hipoacúsicos” entonces no esperemos encontrar puntos de coincidencia. No siempre la respuesta es la lección del día, el sermón con moraleja, a veces la respuesta es un ínfimo detalle.

También la ausencia de respuesta y de palabra dificulta la creación de esos espacios comunes.  Y cuando aprendemos a hacer sentir de manera diferente al que demanda nuestra respuesta, en vez de hacerles entrar en razón con nuestra racionalidad, estaremos dando un gran paso en nuestra propia evolución. Si como decía Nietzsche sólo comprendemos aquellas preguntas que podemos responder, la verdadera respuesta no es la satisfacción a una pregunta, duda o dificultad, sino la comprensión de una simple mirada.

Como padres, managers, amigos, parejas, incluso cuando nos relacionamos con nuestros clientes las respuestas están en las mismas preguntas, en las mismas dudas, en los mismo vacios que nos transmiten, y ya no es cuestión de los que nosotros pensamos, solo es cuestión de tomarse el tiempo para entender dónde se esconde la respuesta anhelada.


DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego