viernes, 18 de marzo de 2016

La desilusión de la hormiga

Siempre hablamos con cierta admiración de las hormigas por ser muy trabajadoras, cooperadoras, pacientes y perseverantes. Por ser capaces de llevar una hoja por kilómetros para ayudar a su comunidad si es necesario y porque no se dan por vencidas fácilmente. Pero un día a una de ellas se le ocurrió la irreverente idea de salirse de la perfecta fila y pensar que podía hacer algo nuevo, que podía realizar otras actividades, que podía llevar adelante sus ideas y deseos, también en post de su grupo, y es cuando la Hormiga Reina la llamó al orden, la recluyó en un rincón del hormiguero por unos días con la advertencia que jamás vuelva a intentar pensar en hacer algo diferente, ya que allí tenía todo lo que necesitaba, allí ella hacia lo que sabía hacer, allí ella hacia lo que esperaban que ella hiciera. Y nuestra querida hormiga se entremezcló entre sus miles de compañeras y nunca más se supo de ella.

Todos tenemos talentos, lo importante es lo que hacemos con ellos y muchas veces lo que "nos dejan" hacer con ellos, o el espacio que generamos para aplicarlos a pesar de todo. Lo importante es saber que si siempre hacemos lo mismo, nunca conoceremos realmente nuestro potencial. Y decimos “dejan hacer” porque el manager es esencial en el desarrollo profesional de sus colaboradores. Entonces, si una persona tiene el deseo y la inquietud por mejorar y desarrollarse: ¿cómo pueden afectar los jefes en el desarrollo de nuestra profesión?, ¿quiénes son los que la hacen prosperar y quiénes los que la paralizan?

Ni la conciliación laboral ni el salario repercute tanto en la autoestima del profesional como una carrera paralizada o el menosprecio de su entorno. Pero más allá de las falencias que tenga un manager, quejarnos tampoco no es la solución, porque los lamentos no harán de él un mejor jefe. En todo caso, sumaremos un problema más para nosotros y continuaremos con nuestra crisis. Adaptarnos a su forma de ser y comportamiento tampoco es una posibilidad, porque podemos terminar nosotros sin capacidad, sin coraje y resignados como la hormiga de nuestro cuento. Si a eso le sumamos dificultades a la hora de cambiar de trabajo, ¿qué podemos hacer? El simple hecho de convertir aquello que percibimos como una incomodidad en una oportunidad de crecimiento, o en un disparador de nuestro afán de superación, nos reforzará en nuestra inteligencia emocional y hará de nosotros personas y profesionales muchísimos más fuertes, capaces de sobreponerse a una de las peores murallas en las relaciones profesionales. Incluso nos animará sin titubeos a trabajar de una manera diferente nuestras áreas de mejora, estableciéndonos metas sin depender de la aprobación ni del reconocimiento de nadie, solo porque nosotros mismos necesitamos dar ese paso.

Si bien somos los que tenemos siempre la última palabra en estos temas, en el desarrollo profesional quien niegue que el factor de la suerte es una de las condiciones, miente. Y cuando hablamos de suerte nos referimos exclusivamente a tener delante, o no, a la persona que determina nuestro futuro o, por el contrario, quién se involucra en él. Pero que quede claro, no hablamos de las típicas excusas por tener enfrente un “jefe bueno o jefe malo”, no, hablamos de personas con verdaderas motivaciones de crecimiento y evolución que son bloqueadas por su responsable directo, afectando su futuro, su presente e indirectamente a su salud y a su entorno familiar o, personas a las que se le abre la puerta de la oportunidad.

Y no necesariamente buscamos obtener un puesto mejor, muchas veces necesitamos proyectarnos, aprender, aceptar nuevos retos, evolucionar, como nuestra amiga la hormiga, que no quería dejar de ser hormiga, sino seguir los dictámenes de su corazón, de su anhelo y de su necesidad por hacer las cosas de otra manera y desde otro lugar. No dejemos que el talento se apague, confiemos en las personas y en su fuerza interior, acompañemos los procesos de evolución y desarrollo, aunque tengamos dudas del resultado final. Porque es en esa confianza y en esa oportunidad donde garantizamos el mejor de los aprendizajes.

Con mucho afecto a todas las madres, padres y/o managers con los que compartimos muchas de estas reflexiones semana a semana, y para aquellos/as que me han transmitido “la desilusión de la hormiga”.

DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego

viernes, 11 de marzo de 2016

La mirada de los Otros

Los prejuicios son la razón de los tontos, decía Voltaire. Y ¿qué tienen en común éstos con los estereotipos y estigmas? Los tres están basados en: creencias falsas, falsas generalizaciones o que juzgan como superior una característica, creencia o atributo. Vivimos en el mundo de la inmediatez, del mensaje corto, de la reflexión vertiginosa, de me gusta o no me gusta, dejando relegada a las últimas posiciones el poder descubrir la esencia de las personas, no sólo por lo que dicen de él o ella, sino por lo que son realmente. En el universo de las comunicaciones el auténtico conocimiento del ser humano pierde cobertura.

Las relaciones interpersonales son parte vital de nuestra supervivencia, en ellas está el secreto del éxito o del fracaso. Muchos de nuestros problemas surgen del poco conocimiento que tenemos del otro, del poco tiempo que invertimos para ello, prefiriendo en varias ocasiones recurrir únicamente a nuestra intuición o basarnos exclusivamente en nuestro feeling para emitir juicios de valor, incluso para abrir o cerrar sus puertas, hasta utilizamos el recursos de los demás sin importarnos si esos “otros” conocen fielmente o no a quien estamos “evaluando”.

La pre concepción que tengamos de las cosas afecta lo que percibimos. Cuando la información social es ambigua esto importa aun más. Incluso dadas ciertas condiciones, nuestras pre concepciones pueden cegarnos frente a información que va en una dirección contraria a nuestras creencias.

El conocimiento y la confianza son dos pilares fundamentales en las relaciones humanas. Ninguno de los dos puede mendigarse, y menos regalar nuestro derecho a los otros a que lo hagan por mí. Nadie nos conoce más que nosotros mismos, y por el sistema geométrico de la obviedad: a menor distancia de nosotros, mayor capacidad de certezas. Sólo podemos hablar de lo que sabemos, entender lo que conocemos, y cuanto más próximo estemos de las personas, mayores recursos tendremos para hacerlo. El depositario de excusas puede ser realmente enfermizo y dañino, ocasionando grandes vacios que nos encierran en habitaciones kafkianas buscando sin ningún sentido las gafas del ser y del no ser.

Si fuésemos capaces de ver en el otro nuestro propio deseo del bien, nuestro propio deseo de evolución, nuestro propio deseo de contribución y de felicidad, quizá ese auto reflejo podría hacernos entender que todos necesitamos la oportunidad de ser escuchados, de ser valorados, de ser conocidos como realmente somos.

Las personas, los productos, las marcas, tienen frente a sí una energía que le da cuerpo a su imagen. Si llegas a conocerlos, a probarlos, a vivirlos, es posible que el preconcepto o prejuicio desaparezca, y el rumor de “aquel que dicen que dijo” quedará disuelto en la propia boca de tu certeza.

Y como decía Schopenhauer: lo que se opone más al hallazgo de la verdad no es la falsa apariencia que surge de las cosas, llevando al error, ni tampoco inmediatamente la debilidad de la inteligencia, sino la opinión presupuesta, el prejuicio que se impone como impedimento a priori a la verdad.


DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego

viernes, 4 de marzo de 2016

Lo que no hagas tú, lo hará otro por ti

¿Por qué seguimos invirtiendo solamente en grandes procesos de atención al cliente, que perfectamente son replicables, cuando el verdadero corazón de los negocios radica esencialmente en las personas que lo impulsan, y son la verdadera diferencia que hoy pueden ofrecernos las distintas marcas dentro de un escenario globalizado y en plena transformación omnicanal?

Todos necesitamos alcanzar metas, vivir nuestra evolución, llevar adelante proyectos, y cuando nos sentimos parte de un mismo barco, no en la teoría sino en la realidad, damos lo mejor de nosotros mismos, cuidamos lo que nos hace bien (en términos generales), cuidamos la casa que nos cuida, que nos cobija, porque la sentimos como propia.

Uno de los gestos más universales  y primarios es ese acto: el cuidado. Nacemos esperando que unas manos nos reciban y cobijen ante esa  inexplicable sensación de angustia y vacio. Y por otro lado, en paralelo, surge la necesidad instintiva del cuidado. Cuidamos lo que queremos, cuidamos lo que sembramos, cuidamos lo que nos importa, lo que nos hace felices, cuidamos lo que nos hace sentir integrados e íntegros, lo que nos da algo de trascendencia, lo que nos identifica. Y aplicando una simple regla de tres podremos decir que a mayor inversión en las personas, mayor es el beneficio que obtenemos y mayor es el impacto de nuestro negocio.

Cambiar programas, sistemas y hasta procesos  son de un propósito medianamente asequible, pero contar con las personas adecuadas, y darles el hábitat o entorno adecuado donde ellos se sientan que son los verdaderos artífices del proyecto, es uno de los mayores retos que como managers podemos asumir. Y si no lo hacemos, alguien lo hará por nosotros, porque las oportunidades se gestionan en el momento y en el lugar adecuado

Muchas veces pensamos que tenemos todo dentro de nuestra zona de seguridad, todo dominado, pero un día la ficha del dominó comienza a caer, y esa estructura que hemos armado parece derrumbarse en un segundo. Es en ese instante cuando nos preguntamos por qué no lo hemos hecho antes. Incluso en las mismas relaciones personales nos ocurre, pensamos que todo sigue un ritmo, que todo es parte del día a día, hasta negociamos con la palabra rutina, pero llega “ese instante” donde caemos en la cuenta que estamos perdiendo lo que más queremos y no tenemos nada en nuestras manos para impedirlo.

Cuidar es un verbo que implica proactividad, humildad, escucha y empatía. Cuidar significa generar espacios de confianza, de verdadero respeto, hacer de nuestros valores un acto y no un pacto. Debemos ser “audaces” y romper nuestros antiguos paradigmas, atrevernos a construir entornos de desarrollo, de transparencia, de escucha, de generosidad, de anticipada observación, y entender que el inmovilismo entre los seres vivos conduce a una muerte relacional y a la perdida de grandes oportunidades.

Recordémoslo siempre y trasladémoslo a todos los ámbitos de nuestra vida: “Lo que no hagas tú, lo hará otro por ti”, y hace unos segundos que el reloj ya se ha echado a andar.

DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego