viernes, 29 de abril de 2016

La "marca" de la huella

Detrás de nuestro andar  se desprenden minúsculos elementos de nuestro propio calzado, del terreno que estamos pisando. Son tan imperceptibles que no los detectamos a simple vista. En ese mismo andar se desprende energía de todo nuestro cuerpo, que va dejando pequeñas estelas invisibles a los ojos humanos.  Así como estos elementos físicos causan una reacción ante esta acción, también nuestro “transitar” provoca pequeños o grandes impactos en los demás.

Todo lo que hacemos en nuestra vida, por más insignificante que nos parezca, tiene una repercusión en los “otros”.  De manera consciente o inconsciente impactamos. A veces el impacto puede ser positivo y muchas otras negativo, incluso ignorado o rechazado. Y no solo sucede en el ámbito de las personas, ya que en las empresas sucede lo mismo. En este caso, todo lo que haga una compañía en su 360º omnicanal  tiene un sello decisivo en la experiencia cliente y en definitiva en su posterior fidelización o rechazo.


Recuerdo siempre a mi abuelo, no solamente con la nostalgia de la ausencia sino a través de su sentido de la familia y la responsabilidad; de mi padre en su silencio y en su esfuerzo cotidiano por mostrarme y enseñarme a su manera el valor de los valores; a mi tío por orientarme en mis primeros pasos hacia un mundo tan competitivo; a esos jefes/as que se han ganado, cada uno a su manera, mi admiración y respeto para siempre; a mis amigos hermanos porque me enseñan diariamente que todo es posible a pesar de todo. Estas personas y otras tantas que no quiero olvidar son las que de manera voluntaria o involuntaria han creado la marca de la huella en mi persona, igual que otras seguramente  lo han hecho contigo. De los que nunca nos olvidaremos, de los que hacen en primera persona nuestra historia, de los que marcan un antes y un después en nuestras experiencias cotidianas. Personas que dejan huella, que te marcan para siempre, que escriben con el cincel del talento en tu espíritu y te impulsan a seguir en los momentos complejos y te dan la madurez para afrontar el vértigo de los éxitos. 


Y como la vida es una carretera de ida y vuelta, también están aquellos que dejan huellas con sabor amargo, pero huellas al fin. Una cosa es dejar huellas y otra dejar cicatrices. Contrariamente a los ejemplos expuestos, a estos los recordamos cuando nos rozamos la piel y nos duele. La marca de la huella del vacío, del ser ignorado, de ser prejuzgado, del no valorar, ni escuchar, de la falta de reconocimiento, de la soberbia, de la egolatría, del sectarismo, de la humillación. Huellas que observamos, que sentimos, que recordamos, que nos han perjudicado en algún momento de nuestras vidas personales o profesionales,  algunas que superamos  y olvidamos,  y otras que aún nos queda por superar. Pero siempre con un valor intensamente formativo porque el aprendizaje en la desventura se transforma en superación, crecimiento, fortaleza y resiliencia. Y siempre recordando que la manera de dar vale más que lo que se da.

Como decíamos anteriormente, con las empresas nos puede pasar lo mismo, experiencias cliente que dejan huella para bien o para mal.  Al igual que las personas las compañías no son solo lo que dejan ver sino el impacto real en sus clientes, porque la marca tiene espíritu, la marca tiene corazón, la marca no es una campaña, ni un logo bonito, ni una estrategia universitaria, la marca es autenticidad, es vida, es credibilidad, la marca son las personas, somos nosotros desde dentro o desde fuera, como clientes o trabajadores. La marca vive, renace, se reinventa, se cae, se levanta, se transforma, es una necesidad, porque así nos sucede en nuestra vida a nosotros también.

La marca de la huella no se olvida, vive junto a nosotros, la llevamos encima, forma parte de todas y cada una de nuestras decisiones. La pregunta que cabe formularnos es: ¿somos personas o empresas que dejamos huella?, y esa huella ¿genera una marca inolvidable e inspiradora o bien nos traslada al rincón más frio y oscuro que podamos recordar? De nosotros depende.

DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego

viernes, 22 de abril de 2016

La Inesperada Virtud de la Ignorancia

Aprender en la incertidumbre es uno de los mejores aprendizajes, aunque quizá uno de los más duros que pueda experimentar una persona. Aprender bajo el paraguas de la inestabilidad, de la incoherencia, de la soberbia, del olvido, genera tanta sabiduría como dolor, sólo es cuestión de supervivencia, paciencia, inteligencia emocional y por sobre todas las cosas, el confiar realmente en quienes somos, saber cuál es nuestro verdadero potencial y también nuestras áreas de mejora. Y para no tropezar dos veces con la misma piedra, tener claro que la confianza es un camino en dos direcciones, porque no se puede exigir confianza cuando no se otorga. Entonces, pensemos: ¿cuánto tiempo estamos dispuestos a perder con aquel que nos hace perder tiempo?

En el mundo del liderazgo están los que son líderes y los que creen serlo. Cuidado con éstos últimos. Liderar es sólo para audaces, y los audaces rompen con lo establecido, bajo el lema de la humildad y la escucha permanente, nunca se ponen de ejemplo, sus experiencias de fracaso son sus verdaderos éxitos, la palabra del otro puede completar su frase, y el punto de vista ajeno es parte de su planificación. No prejuzgan, trabajan en un marco de real proximidad, sin miedo al verdadero conocimiento de la persona y sin miedo a darse a conocer, porque ven los equipos como una familia, como parte realmente de sus prioridades.

Estos líderes audaces son capaces de hacer lo que otros no pueden hacer, por lo tanto, si no estamos dispuestos a desnudar nuestra confianza dejemos el traje de líder superpoderoso dentro del armario hasta nuevo aviso. Porque es una estrategia básica: cuando las personas están convencidas de que su manager va a hacer todo lo posible para acompañar su desarrollo profesional, y que esto de una manera indirecta provocará una satisfacción y bienestar personal y familiar, confiarán en él sin ninguna duda.  Esta fórmula “win to win” genera un beneficio altamente efectivo para todos, para el negocio y por supuesto para el cliente final. Aquel líder que no entienda esto, no entiende de negocios, diga lo que diga, haga lo que haga.

Ser  vetado, relegado o apartado por estos supuestos líderes puede traernos grandes dolores de cabeza, grandes momentos de soledad y vacío, pero podemos revertir el concepto de “ignorado” transformándolo en virtud, en una fortaleza que renazca tal vez de la impotencia, de la frustración, de las propias ganas por demostrar el talento que llevamos dentro, como aquel equipo en el que nadie confiaba, todos burlaban y terminó ganando sobre la hora al gran campeón. Las hazañas existen, y existen por personas que creyeron en sí mismas, a pesar de las grandes murallas de los ególatras del poder, olvidándose del reconocimiento o validación ajena por un instante, creyendo firmemente en la virtud de la ignorancia.


DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego



viernes, 15 de abril de 2016

La sombra del talento

No se hace oír más el que más grita, no se hace entender más el que más habla, no se hace respetar más el que más se impone, no se hace ver más el que más se muestra. Quienes reciben los mayores reconocimientos por sus talentos lo hacen precisamente porque no buscan reconocimiento alguno y tiene paciencia, pero su mayor virtud no siempre valorada es que trabajan en la sombra. Una sombra que muchas veces también suele jugarles una mala pasada y los relegan de las oportunidades, porque en este mundo de ruidos, emoticonos y memes sobresalen a veces los que más alzan la voz, los que más hacen ruido al andar o los que se esfuerzan por pertenecer al "Club de los Elegidos".

Hay que reconocerles sin embargo a estos últimos una "gran" habilidad (y lo de "gran" léase bien entre comillas) que es lo que llamamos comúnmente entre los mortales: "saber venderse muy bien". ¿En qué consiste? Están en el sitio indicado, sonríen en el momento oportuno, dicen sí con la cabeza mientras les hablan, jamás provocarán una corriente díscola a la que corresponde, hablan con quienes tienen que hablar y  procuran ser vistos por quienes tienen que verlos.

Pero más allá de esa búsqueda por la aceptación, los que caminan por la "sombra del talento" tienen muy claro que la humildad no es un concepto ni una postura, sino que es una conducta, un modo de ser, un modo de vida. La humildad es una de las virtudes más nobles del espíritu. Los seres que carecen de humildad, carecen de la base esencial para un seguro progreso. La humildad es signo de fortaleza. Ser humilde no significa ser débil y ser soberbio no significa ser fuerte, aunque muchas veces parezca lo contrario.

La humildad es el más sublime de todos los talentos admirables. Talento sin humildad no es talento. Y el talento sin generosidad desaparece como arena entre las manos. La humildad nos hace tolerantes, pacientes y comprensivos con el otro. Y es allí donde nuestro talento se engrandece, se dignifica, se hace real siendo casi imperceptible, influye, se convierte en perdurable a pesar de las dificultades, y es reflejo y ayuda para los demás. Los que viven su talento en silencio, lo destinan al beneficio y desarrollo del grupo y de la organización, dejando en segundo lugar su ego.
También la sencillez es una forma de humildad y la sencillez es una señal de la verdadera grandeza. Cada vez que nos encontramoscara a cara con nuestros equipos, parejas, compañeros de trabajo, con nuestros hijos ¿qué rol asumimos? ¿Por qué necesitamos a veces cambiar nuestra esencia dependiendo de quienes están enfrente? Y hablo del por qué cambiamos la esencia, no la estrategia.


En la competencia vertiginosa no vale todo. Y las reglas del juego no la ponen los demás, las ponemos nosotros desde cada rincón que nos toque actuar. Como responsables de equipos, de familia, de grupos, tenemos que ser capaces de detectar aquello que otros no detectan, tenemos la gran responsabilidad de liderar la buena captación del talento en su naturaleza primaria. Y para ello debemos estar alejados de prejuicios, de preconceptos, de medidas de afinidad al uso, y poder abrir las puertas de las oportunidades a aquellos que también desde la oscuridad, desde su peor imagen marketiniana, desde los vacíos donde ha sido recluido, han sabido esperar con auténtica paciencia el momento de compartir la sombra de su talento y han estado más cerca de la realidad y de las necesidades que muchos de los que hasta hoy han “etiquetado”.

Si quieres que te sigan, ponte delante; si quieres que te valoren ponte a su lado. Pero si quieres que nunca te olviden, camina detrás.

DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego



viernes, 8 de abril de 2016

El cristal de la confianza

La mirada del entrenador en ese preciso momento tan especial del partido, la mirada de una madre cuando el niño se aleja en su primer día de clase, la mirada de un amigo cuando hemos cumplido lo acordado, la mirada de tu pareja cuando las cosas no están saliendo como pensabas. Son las miradas de la confianza, aquellas que se transforman en un motor de energía, de ánimo, de seguridad, de fortaleza y de convicción en el momento preciso, cuando menos lo esperábamos o cuando más lo deseábamos.

Dentro de nuestro ámbito laboral, por supuesto que nuestra necesidad básica a satisfacer es tener un ingreso que nos permita vivir y pagar nuestras cuentas. Pero una vez superada esta instancia, un aspecto o valor que emerge con fuerza y relevancia, actuando como dinamizador y catalizador de las personas, es el valor de la confianza. ¿Y en qué consiste esa confianza? En que, cada uno de nosotros, desde su puesto o función en la organización, sea respetado y apreciado por sus ideas y opiniones; podernos sentir una pieza importante dentro de un equipo; nos incluyan en las decisiones que afecten nuestro trabajo y nuestra posición dentro de la compañía; nos permitan hacer aportes de mejoras; que recibamos apoyo aun cuando cometamos un error; y que nos brinden oportunidades para formarnos, desarrollarnos y avanzar.



El impacto de la confianza también es medible, ya que las investigaciones indican que los empleados son 5 veces más propensos a sentirse más valorados cuando se trabaja en una cultura de confianza y reconocimiento, y 7 veces más dados a recomendar a la organización como un lugar para que otros trabajen o hagan negocios. Además, es 7 veces más probable que los empleados quieran permanecer en ella y 11 veces más probable que sus empleados estén comprometidos con el éxito de la misma. Para crear una cultura como esta, la compañía debe concienciar a todos sus managers de la importancia de la confianza y el reconocimiento a sus equipos, dentro de sus valores aplicados en el día a día.

Todos necesitamos confianza, todos necesitamos (aunque lo neguemos) que crean en nosotros, en lo que somos, en nuestras posibilidades. Todos necesitamos ser escuchados de verdad, sin prejuicios ni percepciones infundadas, todos merecemos un escenario donde dar lo mejor de nosotros, donde podamos equivocarnos, podamos aprender, consolidar, replantear, innovar, en definitiva: donde podamos ser nosotros mismos. Y luego, evidentemente, tener la suficiente humildad para saber recibir el feedback sobre lo realizado, y ser capaces de aprovechar ese instante como si fuera el último.

A veces esparcimos frases tan lapidarias como “no me provoca confianza” o al revés, guiándonos estrictamente por nuestro filtro sensorial como una ciencia exacta, gobernados consciente o inconscientemente por nuestros miedos e inseguridades. Estamos tan lejos de la persona y lo sabemos, y no hacemos nada por abrir la puerta del verdadero conocimiento. Y estos vaivenes de nuestra propia incapacidad, nos pueden convertir en grandes frenos para el otro y por ende para nosotros mismos.

Mirando por un lado u otro, el cristal de la confianza es delgado, sensible, casi imperceptible, tanto es así que muchas veces creemos que no existe y nos golpeamos fuertemente contra él, y otras veces llegamos a resquebrajarlo o hasta incluso romperlo. Y luego podemos pegarlo juntando cada trocito esparcido en el suelo e intentar unir cada pieza, pero, aunque el trabajo haya sido un éxito, si miramos con detenimiento el cristal, definitivamente está roto. Solo el verdadero convencimiento por renovar la confianza (o abrir su puerta) hará que cambiemos el viejo cristal por uno nuevo, pero esa decisión debe estar basada en cimientos verdaderamente profundos, creíbles y trasparentes, que harán de esa nueva etapa una oportunidad conjunta.

No hay éxito sin confianza. Cuestionar permanentemente, de una manera o de otra, la capacidad del otro puede llegar a ser un factor altamente destructivo y un búmeran, que tarde o temprano, caerá sobre nuestra credibilidad.

Y como decía Ernest Hemingway:
la mejor forma de averiguar si podemos confiar en alguien es confiar en él.


DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego


viernes, 1 de abril de 2016

La vejez de la sorpresa

Miraba sus ojos fascinados que nos decían “gracias por permitirme vivir este momento”… y mi cuerpo se electrizaba de emoción. Tan sólo era un cumpleaños, un simple cumpleaños me respondía mi mente adulta, pero para él lo era todo era magia, era ilusión, era sorpresa y era alegría. Algo tan sencillo que desde su perspectiva representaba un mundo, su mundo, el mundo de las sensaciones y las emociones más básicas y probablemente las más cercanas a la verdadera y autentica felicidad.  Y entre esa mezcla de sentimientos que pasaban por mis venas, me detuve un instante a pensar ¿por qué hemos perdido esa capacidad de sorprendernos? ¿Por qué hemos confundido madurez con apatía, amargura, obviedad, monotonía?. Y mientras pasa el tiempo, nuestras mentes y cuerpos envejecen más rápidamente cuando perdemos la capacidad de asombro.

Podríamos detenernos en este escrito, pero no lo haremos esta vez,  en los sinsabores del mundo a nivel social, político, económico que nos castigan día a día y nos convierten en grandes gladiadores de crisis, traiciones, desengaños y por consecuencia nos mantienen agazapados, serios, descreídos, expectantes hasta nuestra vejez esperando que desde fuera “un contrincante”, conocido o desconocido, nos propine de manera evidente o por sorpresa un cross de derecha en nuestra mandíbula. Pero en esta reflexión intentaremos sumergirnos más en nosotros mismos, en dónde se produce el cortocircuito que nos separa del verdadero ser y nos transforma en un modelo de expectativas ajenas.


Por alguna extraña razón, nos hemos tristemente acostumbrado que no demostrar sorpresa ante nada da cierta imagen de seguridad personal. Y no es del todo cierto que hayamos dejado de sorprendernos debido al alud de información, comunicación, y nuestras conocidas redes que enredan.

Las mentes más brillantes de esa gente que consideramos “especial” porque, de un modo u otro, nos han dejado y nos dejan grandes legados universales para nuestra vida cotidiana, son siempre personas que no pierden la capacidad de sorprenderse. Y además, llevan adelante “a pesar de los pesares” una competencia fundamental en todo proceso de evolución y aprendizaje que es: la curiosidad. Sin sorpresa y curiosidad no hay innovación ni progreso, convirtiéndonos en el mundo “copy-paste”.

Hemos sido capaces de globalizarnos (para lo bueno y para lo malo), que un impacto a millones de kilómetros, sea positivo o negativo, llegue a nuestras retinas en segundos, conocer al instante la localización del otro, ponernos en un escaparate universal a través de las redes sociales, simplificar muchísimos caminos que nos consumían tiempo, dinero y paciencia, pero aún no hemos vencido nuestro espíritu narcisista que nos impide percibir lo que realmente nos rodea, encerrados en el minúsculo mundo de nuestro “yo”. 

Esta involución sensorial toma protagonismo cuando comienza a desvanecerse nuestra capacidad de sorpresa y curiosidad. Creemos que la pérdida de la “inocencia”, está solamente relacionada con el mundo infantil y pre adolescente o con un estado indefenso, y sin embargo es uno de los grandes genes que impulsan la generación de espacios de confianza, de transparencia y de ilusión.

Escenarios de creatividad compartida, donde el sentido del otro es uno de los grandes pilares para el crecimiento. Y cuando se diluye entre las redes de los supuestos pragmáticos racionales, nos vamos convirtiendo en expertos en la generación de respuestas, expertos en la formulación de teorías, expertos en encontrar excusas y doctoradamente inexpertos en evolución. Y nuestra simpleza se complica, nuestra escucha ensordece, nuestro reconocimiento se ciega, y caminamos torpemente encorvados mirándonos el ombligo, provocando el envejecimiento prematuro de la sorpresa y por ende de nuestra esencia como seres humanos.

Dejémonos invadir por la simpleza, démosle vitaminas de confianza a nuestra avejentada sorpresa, dejemos caer los puentes y las estructuras que nos distancian del otro y revivamos la curiosidad como un disparador de futuro, como una fuente de energía de la colaboración, del desarrollo, de las nuevas oportunidades, eliminando prejuicios, preconceptos que nos aletargan y nos sumergen en la triste sombra de la monotonía y la soledad. Asumamos el reto con humildad, porque hoy el proceso de nuestro verdadero aprendizaje en este tema deberá ser inverso: ahora somos nosotros los que debemos aprender de nuestros hijos. Miremos sus rostros, sus ojos, sus sonrisas y escuchemos en silencio sus preguntas, sus ideas, y midamos sus intensiones. Seguramente, palpitarán con mayor fuerza los latidos de nuestra sorpresa y nuestra curiosidad. Entonces algo ya habremos cambiado, porque sorprenderse es también comenzar a entender.


DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego