viernes, 24 de junio de 2016

Dar la cara

En este mundo tan sumergido entre las transformaciones y las contradicciones parece que la expresión “dar la cara” fuese sacada de alguna obra literaria. “Dar la cara” es dar crédito. Dar crédito es dar confianza dice “paradójicamente” un anuncio de la radio de un banco. 

Pero aunque intentemos hacer matrices, esquemas y Excel para organizar nuestra vida, no siempre sale según lo esperado. Y no siempre tenemos a nuestro lado las personas afines, las que comparten esa misma historia, esos mismos códigos, con las que cerramos los ojos y nos entendemos. A veces tenemos que gestionar la diversidad, y esa diversidad está en poder dar crédito y confianza a gente con la que pensamos diferente, actuamos diferente, tenemos historias diferentes, porque sabemos en el fondo que su talento, competencias y valores nos aportan en nuestro día a día.

Pero además de gestionar esa diversidad el “dar la cara” implica un paso más,  probablemente más valiente, donde los verdaderos líderes asoman, aquellos que son capaces de poner en valor lo que nadie puso en valor hasta hoy, “dar la cara” a pesar de lo que se diga, a pesar de lo que se piense, a pesar de la historia, a pesar de todo. Será allí que nos daremos cuenta que habiendo regalado ese acto de confianza estas personas puedan dar incluso más de lo que nos dan aquellas personas afines.

Muchas veces el miedo es quien impide que exista confianza, en cualquier tipo de relación. Si vivimos con miedo, enfocamos nuestra energía y esfuerzos a protegernos y jamás podremos hacer cosas diferentes, innovar, cambiar, etc. Si el líder desarrolla seguridad en su equipo o el padre o madre en su familia, existirá confianza más allá de las compatibilidades y el grupo trabajará en conjunto obteniendo mayores y mejores resultados. Podemos ponernos las excusas que queramos, sólo servirá para dejar pasar unas horas, no más.

Todos necesitamos, aunque pensemos lo contrario, de esa persona que sea capaz de “dar la cara” por nosotros en los momentos difíciles. Es entendible que busquemos inconscientemente estar rodeados del líquido amniótico de la confianza porque hay sensaciones que no se olvidan. Ya que ese líquido nos ha cuidado en su día, nos ha dado cierta seguridad y en la vida real instintivamente buscamos lo mismo.

Por eso, la responsabilidad del líder es tan alta y exigente y no es una misión para cualquiera. “Dar la cara” equilibrando las necesidades del negocio y compatibilizarlos con las expectativas de su equipo, y a la vez mantener la confianza de ambas parte en alto, no es una misión fácil. Ese líder que “da la cara” va primero, toma riesgos, no prejuzga y otorga confianza para generar confianza. Y en ese pacto implícito asumimos que esa confianza se gana a base de mucho trabajo pero también se pierde con muy poco esfuerzo.


“Dar la cara”, jugársela por el otro a pesar de los pesares es uno de los mayores testimonios de madurez, de grandeza, de profesionalidad, de amistad, de valores,  de humildad, de fortaleza, de compañerismo. Es hora de darnos a luz a nosotros mismos, salir de nuestro mundo amniótico, porque gestionar lo previsible sólo nos aportará resultados previsibles, gestionar situaciones o personas previsibles nos convertirá en manager,  madres, padres, amigos o gestores de equipos previsibles.  Y por si nos queda alguna duda, recordemos lo que nos dijo alguna vez Ernest Hemingway: “La mejor forma de averiguar si puedes confiar en alguien es confiar en él”.   En definitiva, “dar la cara” es confianza.

DIEGO LARREA

viernes, 17 de junio de 2016

El compromiso compartido

El compromiso depende de la posibilidad de crecimiento y oportunidades de las personas para conectar con su propósito final, tanto en su lugar de trabajo como en su propia vida personal. Es una de las ecuaciones más exitosas con las que nos podemos enfrentar, y a la vez será clave para detectar a tiempo si estamos en el lugar y el momento indicado para poder sacar, lo más rápido posible, la mejor conclusión y tomar la mejor decisión.


Pero ¿de dónde surge el compromiso? Hay cosas que nos gustan porque estamos programados para que nos gusten, como consumir alimentos, tomar agua, la sexualidad, etc. Y hay otras cosas que aprendemos a disfrutar. Las preferencias personales están determinadas más que todo por la experiencia individual, el aprendizaje, la familia, la cultura: todas las cosas que nos hacen individuos, Incluso la experimentación y el aprendizaje, nos llevan muchas veces a madurar conceptos que en un principio teníamos escondidos en el rincón del “no” para trasladarlo a la ventana del “si”. Por ejemplo, no es raro que un niño que aún no conoce las distintas variedades de comida, rechace los sabores amargos. A medida que crecemos, a medida que vamos experimentando y aprendiendo, probablemente nos empiecen a gustar algunos sabores amargos. Esto mismo nos sucede a diario en la relación con los “otros” y por consecuencia en la capacidad de trasladar nuestros objetivos, nuestras metas, deseos y ambiciones a nuestras acciones diarias, a nuestro entorno familiar y a nuestros lugares de desarrollo profesional.


Somos un ser vivo que desde la espermatogénesis hasta nuestro afanoso recorrido de supervivencia por ser los primeros y los únicos en llegar al óvulo, tenemos en nuestros genes el espíritu de “llegar”, el espíritu de la “meta”, del logro, de la superación, de la competición, y eso es una marca en nuestro ADN. Es un sello, que más allá de las circunstancias del azar en la distribución geosocial al nacer, permanecerá en nosotros hasta encontrar la oportunidad que merezca la pena mostrar.


Si en nuestras acciones diarias, ya sea en nuestro entorno familiar o en nuestros lugares de desarrollo profesional encontramos la posibilidad de crecimiento y oportunidades para conectar nuestro propósito final (que es el equilibrio de nuestra felicidad), ese gen que descansa entre dudas y deseos, activará la mayor de las semillas que un ser humano puede y debe cuidar: el compromiso.

El compromiso es compartido, no podemos pedirlo si no hacemos que el otro forme parte de él. Los negocios siempre son de a dos, y el éxito es cuando ambos triunfan. De lo contrario es una relación de subordinación y no una relación asociada de colaboración. El criterio de quien pone los medios es relativo, la empresa ofrece sus estructuras y las personas el know how, talento y la manera de hacer las cosas. En el siglo XXI el concepto de servicio interno y externo está interconectado al de coequiper, las nuevas generaciones y el modelo de cliente actual nos lo demuestran. Siempre debe ser un ganar-ganar (win to win). Y si en algún eslabón de los procesos de cocreación, de desarrollo, de expectativas, se produce un corte de la cadena (sea por uno o por el otro), de manera automática nuestro gen retrocederá y entenderá que no es el “óvulo” donde debe fecundar, porque no es el lugar donde debe sembrar esa semilla del compromiso.


Lo mismo sucede en nuestra vida personal, no existe un compromiso unilateral, existe la integración de nuestro espíritu por “llegar” de manera compartida, no fecundamos sin el óvulo y viceversa, los objetivos deben ser asociados y las reglas claras, compartidas y co-construidas desde el comienzo.


Despertar la “dopamina” propia y ajena que llevamos dentro es crucial. Aumentar la satisfacción por lo que hacemos, por lo que damos, por lo que vivimos y experimentamos es una responsabilidad compartida en el “contrato mutuo del compromiso”. Pongamos a las personas en el centro y tengamos la valentía de gestionar sus preferencias, el resultado será altamente sorprendente. Dejemos los “es que” y los “peros” y atrevámonos a innovar con las personas, a ser rupturistas, a dar oportunidades o enseñar a andar para llegar a ellas. Si sólo gestionamos lo esperable, ¿que esperamos que suceda?


¿Nos comprometemos?
DIEGO LARREA

viernes, 10 de junio de 2016

La sombra ignorada

El mundo conduce a tanta velocidad que nos permite llegar cada vez más lejos y más rápido, pero a veces se convierte en un conductor imprudente, que pasa por alto algunas normas de tránsito y, en lamentables ocasiones, provoca graves accidentes irremediables. Esa velocidad también nos hace perder de vista las cosas que suceden en nuestro camino. Y si solamente fueran “cosas”, diríamos que es una cuestión meramente física, pero cuando hablamos de personas la sombra ignorada se agiganta a cada kilómetro recorrido.


Hablamos permanentemente de transformarnos, de iniciar cambios, de subirnos a la ola de los nuevos desafíos, pero esa velocidad nos está haciendo perder, en algunas ocasiones, el valor de lo vivido, las casuísticas del pasado, las dificultades a las que nos hemos enfrentado, los mensajes contradictorios que pudimos dar o recibir. Y esta pequeña reflexión no es una mirada al pasado, es una mirada a nosotros mismos, a nuestra esencia, una mirada a los pasos que hemos dado como personas, como equipos, como empresas o como familia, Y también una mirada y un desafío a la capacidad de management que tengamos, porque es relativamente fácil timonear un barco con viento a favor, lo complicado es demostrar ser “el gran capitán” en las tormentas. Muchos creen serlo hasta que la mar le demuestra lo contrario.


No podemos ir al futuro sin reconocer nuestro pasado. Hay muchísimas personas con las que podemos contar de cara a nuevas etapas o proyectos que nos pueden aportar conocimiento, madurez, resiliencia, visión 360 grados, y probablemente muchas de esas personas no están hoy en nuestros escritos de promoción y desarrollo.


Sentirse “fuera de la partida” es un sentimiento mucho más común, lamentablemente, de lo que nosotros deseamos pensar. Y si lo asemejamos a un tren podríamos decir que existen distintas vías por donde ese tren circula: una es la vía de presente y futuro que conduce al destino deseado y otra, por el contrario, es la vía muerta: no sabemos dónde acaba y cómo acaba. Normalmente los que se sienten “fuera de la partida” transitan esta última.



Y si estás en vía muerta, la soledad alrededor es enorme. Casi nadie se atreve a preguntar cómo se encuentra, qué siente, qué le sucede, por qué todos los días tiene esa cara de desgano. Pero por el contrario, sí somos capaces de escuchar lo que se dice de ellos, somos capaces de hasta incluso tener una opinion de ellos por los demás, por los comentarios ajenos. Pero ¿alguien es capaz de ejercer de manera valiente el liderazgo de preguntar qué han vivido estas personas, cuáles son sus grandes frustraciones, cuáles han sido sus grandes desencantos, etc? Probablemente a esta altura ya no necesiten soluciones, pero seguramente provocaremos un antes y un después en nuestra relación con ellos por el simple detalle de mostrar una sincera empatía alejada de todo interés. El líder debe poner el "contexto emocional" para que las cosas sucedan, esa es su principal misión.


Las personas no buscan el fracaso, la mayoría de los seres humanos buscan de manera directa o indirecta la felicidad. Otra cosa diferente es el modo que lleguen a ella. Y en los ámbitos competitivos donde el sentido común y los principios muchas veces se vulneran, debemos ser lo suficientemente inteligentes para entender que las frustraciones no vienen solas, que algo o alguien puso el tronco en el medio del río, y que desvió su cauce e incluso provocó inundaciones.


Si no incluimos a todas las personas en nuestro proyecto de transformación donde lo que cada uno aporte tenga un valor (venga de donde venga, tenga la historia que tenga) y forme parte de la cadena, de la historia pero también del futuro, todo será fuegos de artificio.

Las personas se visten de experiencia, no de prejuicios. Pero deben contar con un buen líder que sea capaz de ver y escuchar por sí mismo. De lo contrario, nos encontraremos con personas que solo darán lo que “esté escrito” exclusivamente para “salvar” su puesto de trabajo, ignorando nuestras campañas de cambios y nuevas estrategias.


La sombra ignorada es tan grande que hay espacio para todos, incluso para nosotros, aunque pensemos que nunca nos sucederá. El “síndrome del leproso” nos desafía en cada rincón: ¿qué dirán si me acerco a él/ella? y esquivamos la mirada para salir rápidamente hacia un destino que ni siquiera conocíamos hace un segundo. Privilegiamos el status quo imperante a ejercer nuestro sentido común, incluso nuestros valores. La vida es sumamente dinámica y lo que ayer brilló hoy es opaco, lo que ayer estaba encumbrado hoy se quita tierra del pozo y viceversa. La vida es sumamente dinámica y no avisa, y puede sorprendernos en cualquiera de esos estados.

Pongamos remedio a los prejuicios, sepamos ver y escuchar a las personas, no juzguemos ni juguemos a ser los reyes supremos de las oportunidades, porque la vida es un instante y que no sea ninguno de nosotros el encargado de destruirlo. Las sombras para el descanso y mucha luz para “la ignorancia”.

DIEGO LARREA



viernes, 3 de junio de 2016

La Mediocridad vs El Talento

En nuestro ámbito de relaciones siempre nos vemos enfrentados a realidades que nos muestran distintos escenarios donde movernos y distintos prismas desde dónde observarlos. Y hay momentos importantes donde nuestra palabra y nuestro punto de vista puede construir o por el contrario destruir. Allí es cuando nuestro talento tiene su oportunidad de oro, pudiendo demostrar nuestra valía o por el contrario nos pueden llevar al precipicio de la mediocridad. El “cómo” lo resolvamos, influirá de manera directa en los demás, impactando en su motivación, desempeño e incluso en su crecimiento personal y profesional. La mediocridad y el talento nos ponen distintos desafíos a sortear más seguido de lo que pensamos en nuestro día a día, y está en nuestras manos elegir la manera.



Decía Arthur Ignatius Conan Doyle, el creador del célebre detective de ficción Sherlock Holmes: “Lo mediocre no reconoce nada, superior a sí mismo, el talento reconoce automáticamente al genio.La mediocridad es una decisión personal, y un verdadero termómetro de las personas, donde deciden en qué lado jugar su partida diaria de la vida personal o profesional. El espíritu mediocre condena lo que está fuera de su alcance, por eso son tan peligrosos los "ilustres ignorantes", ya que no tienen ningún tipo de barrera o filtro y prevalece más el afán de protagonismo o querer congraciarse con los de "su especie" a la hora de dictar sentencia, sin siquiera valorar el daño que pueden provocar.

El mediocre basa toda su creencia en las percepciones propias y ajenas y en las conclusiones de los otros, es incapaz de elaborar su propia teoría y enfrentarse con quien tenga que enfrentarse en caso que deba ir contra la corriente. Y además su falta de humildad para reconocer el desconocimiento es una de sus principales características.

El verdadero liderazgo se encuentra en la humildad, en la escucha y en el conocimiento del otro. Si desconocemos realmente al otro es imposible poder entender sus motivaciones, sus dudas, miedos, anhelos, poder llegar a acuerdos, valorar y respetar su trabajo, Dejar las etiquetas de lado y basar nuestras decisiones en el respeto y en el descubrimiento, para alentar el aprendizaje, la realización y la plenitud profesional, es una de las grandes del talento, y poder convencer así a Albert Einstein que lamentaba la triste época en la que vivimos porque según él es más fácil desintegrar un átomo que superar un prejuicio.

El mediocre valora el ruido frente a la música, las carcajadas frente a la alegría, el histrionismo frente a la naturalidad, el impacto cortoplacista a la enseñanza, el parecer antes que el ser, todo se basa en lo sensorial, siendo incapaz de ver y conocer las verdaderas razones que él mismo está condenando.El mediocre con "poder" es un arma muy nociva, capaz de demoler toda la credibilidad de una organización o bien de arruinar la estabilidad emocional de quienes lo rodean.


La gran diferencia entre el líder inspiracional o el líder aspiracional radica justamente en la ausencia o presencia de mediocridad o de talento. El "tonto útil" deja marca, no huellas. Seamos capaces de extinguir a los “depredadores de emociones”, utilizando los valores, el sentido común, la dignidad, y blindemos con ejemplaridad las puertas y ventanas de nuestros ambientes laborales o personales para que este tipo de agentes nocivos/negativos no espanten ni aniquilen a quienes viven en ellos.

Jerarquicemos el conocimiento del otro, miremos con perspectiva los acontecimientos, entendamos que toda persona tiene una historia y es digna de ser escuchada, no cotejemos siempre las mismas fuentes, el verdadero referente es aquel que puede nadar contra la corriente en búsqueda de lo auténtico, surfeando en su tabla de la franqueza con la mira siempre en el horizonte de la equidad.

Y como decía Martin Luther King: “Tu verdad aumentará en la medida que sepas escuchar la verdad de los otros”, y tu talento será el espejo para muchos otros.


DIEGO LARREA