viernes, 2 de junio de 2017

Yo me llamo Actitud

Hay algo que nos pone a prueba en muchas situaciones de nuestra vida. Ya sean placenteras, dolorosas, motivadoras, complejas, nos inunden de éxtasis o nos sumerjan en el lodo. Algo que depende sólo de nosotros mismos, que muchas veces se confunde con un valor histriónico y que en realidad está basado en propias convicciones interiores. Ese algo se llama “Actitud”.

Ésta, trasciende nuestra realidad temporal, forma parte de nuestros genes y sólo es cuestión de ponerla en práctica porque va más allá de nuestro estado emocional o circunstancias. Lleva nuestro ADN, nos representa, es nuestra “marca” y nuestra manera de ser. Decía Lou Holtz que “la habilidad es lo que eres capaz de hacer, la motivación determina lo que harás y la actitud determina lo bien que lo harás”.

Porque la verdadera actitud es la que enfrenta a la incoherencia, la que es el fiel reflejo de nuestros valores y donde el discurso es coherente con los actos. La que sabe lucir sin encandilar, la que es humilde y la que hace pero sin hacer ruido. Es la integradora, la que rehuye de la soberbia, la que practica la escucha inteligente y tiene una ejemplaridad que no lastima pero deja huella.

La actitud se engrandece en la desdicha aunque nuestra mente anule en esas circunstancias este tipo de teorías . En esos momentos aprendemos a no esperar nada de nadie. A que el teléfono no suene mientras miramos durante horas su pantalla. A escuchar sólo en nuestra mente la palabra que necesitamos oír en boca del otro. A esconder nuestras lágrimas en silencio.

Y sin embargo, después de tantas vueltas sobre nosotros mismos, la actitud nos mira, nos sacude, nos levanta la cabeza, nos pone erguidos y nos abre la puerta. Nos hace entender y valorar lo que somos, lo que hemos hecho, lo que significamos  para nuestros seres queridos y nos muestra el camino. Y corremos con tantas ganas que sonreímos al entender que fuimos nosotros mismos los que lo hicimos posible.

Desmitifiquemos, no está mal experimentar tristeza, rabia o miedo. La vida nos enfrenta constantemente a complejas jugadas de ajedrez donde no siempre la Reina o el Rey juegan a nuestro favor y muchas veces el jaque mate nos sorprende infraganti. No se trata de evitar las emociones llamadas negativas y fomentar la escasa tolerancia a la frustración. Un problema no es siempre una oportunidad. A veces un problema es sólo eso, un problema. Pero la diferencia entre cómo salir o cómo permanecer en él, es la actitud.

Nunca encontramos tiempo para nada. Si estamos bien, porque la vida nos demanda. Si estamos mal, porque demandamos a la vida.  Sea por una u otra cara de la moneda el momento jamás es el indicado. Por eso, nuestra vida se va formando con las consecuencias de nuestra actitud. Lo que hacemos, con lo que nos pasa y cómo reaccionamos ante aquello que nos ocurre. Y todas y cada una de nuestras decisiones recaerán también en aquellos que forman parte de nuestra vida personal y profesional.

Que nada ni nadie nos arrebate nuestra forma de ser, nuestra esencia, nuestra fidelidad con nosotros mismos. Y tengamos muy en cuenta que a pesar de todo, somos los dueños de nuestro estado de ánimo y del cómo y cuándo decidimos e incidimos sobre él.

El destino, Dios o la vida nos pone la situación. Pero solamente nosotros elegimos cómo enfrentarla. No lo dudemos y gritemos bien fuerte: “Yo, me llamo Actitud”.


DIEGO LARREA BUCCHI 
Twitter: @larreadiego