viernes, 20 de abril de 2018

Factor “D”  (La analogía exitosa de la diferencia)

Nos resulta tan marketiniano hablar de “marcar la diferencia” que nos perdemos en la profundidad que sugiere realmente esta actitud, tanto en nuestra vida personal, social, como en la profesional. Hacer las cosas diferentes, pero ¿para qué? En tiempos de bonanzas hasta puede llegar a ser un “pecado capital” hablar de cambios cuando las cosas funcionan. 

El pensar en cambios en «momentos positivos» no significa no valorar o no potenciar lo que hoy nos da satisfacciones. Es poseer un sentido de la anticipación que sólo audaces visionarios pueden llegar a tenerlo, y la buena noticia es que no es una tarea compleja sumarnos a este grupo, tan sólo es cuestión de proponérnoslo. 

Por más que nos empeñemos en trabajar distintas técnicas, desde las más racionales hasta las más espirituales, el futuro es impredecible. Y mira que lo intentamos, pero no, nadie tiene la famosa «bola de cristal». Entonces, todo puede girar en dirección contraria en una milésima de segundo porque nadie domina esta ecuación, ni siquiera esos audaces visionarios. Porque incluso ellos son conscientes de su “debilidad” y buscan «la diferencia» replanteándose hasta sus más estruendosos aplausos y gloriosos éxitos.

Una empresa se autocondena si no ve como piedra filosofal de su misión el reinventarse permanentemente. Porque esa transformación o ese cambio está en nosotros y cada segundo que pasa como sociedad aprendemos, experimentamos, valoramos y exigimos de manera diferente. Por eso, esta constante actividad diaria no puede ser ignorada. Es parte de la propia evolución. Cuestionarnos cómo hacemos las cosas es una de las mejores técnicas de innovación y creatividad, además de ser lo que nos “distinga”. La humildad, la visión transversal, y la capacidad de empatía serán las grandes claves que nos abrirán o cerrarán la puerta de nuestro éxito.

Poner en práctica la «analogía exitosa de la diferencia» nos da la oportunidad cada día de lograr el verdadero equilibrio entre lo que somos, podemos ser y debemos ser. Y en nuestra vida personal también es bueno preguntarnos: ¿estoy dispuesto a cuestionar mis comportamientos diarios con mis hijos, pareja, amigos o familia para marcar más diferencias positivas e intencionales? o ¿tengo la humildad, la visión transversal y la capacidad de empatía para comprender las verdaderas demandas de los demás? ¿De verdad lo entiendo? ¿Estoy dispuesto?


La «proteína» del Factor D nos debe ayudar a marcar la “diferencia”, para salir de la abúlica rutina marcada por nuestros objetivos cortoplacistas y mirar realmente lo que tenemos a nuestro alrededor. Anticipar las señales de alerta y ser capaces de dar un paso hacia adelante dentro de nosotros mismos es crucial. Pero…¡Atención! Somos nosotros los que participamos de manera directa en el guión de nuestra película. No somos espectadores de lo propio y de lo ajeno. El tibio, el pasivo, el indiferente, el abandonado, el desidioso normalmente no acepta esa imagen en su espejo. Pero el día que la contrariedad golpea sus puertas, el cristal absorbe el vapor inoportuno y pone de manifiesto una dura realidad que probablemente con un “hoy no tengo tiempo” menos, se hubiera solucionado.

La diferencia la marcamos con nosotros mismos, y ella es la mejor escala de valor con la que podemos medir. No dejemos que los minutos pasen de largo. Hoy podemos ser capaces de levantar la cabeza y salir por un instante del mapa agendado que guía nuestras conductas y acciones diarias. El «yo pongo todos los días lo mejor de mi», a veces no es suficiente. Mirar a nuestro alrededor, simplemente escuchar, estar y observar a través de los ojos de los demás quizás nos ayude a ser mucho más efectivo y «diferente» de lo que hasta hoy hayamos intentado. Si sólo miramos nuestro ombligo, además del dolor cervical, no encontraremos más que nuestro ombligo.


Los grandes cambios en la humanidad se han producido por la observación. Por lo tanto, podemos ser como esos audaces visionarios, capaces de anticipar lo propio y lo ajeno, lo que ayer no vimos, lo que otros no supieron, y lo que muchos desearon. Y no hace falta irse muy lejos. Al lado de cada uno de nosotros tenemos el campo de estas misiones. Somos personas de valores, buenas personas que buscamos buenas personas, en un fluctuoso mundo apáticamente exigente. El Factor X puede ser talento, pero el Factor D nos da la oportunidad de transformar y romper con nuestros propios prejuicios, rutinas, hábitos y automatismos, dándonos la oportunidad de poner en práctica el verdadero «Factor Diferencial». De esta manera, estaremos más cerca de conseguir los cambios, la felicidad, el compromiso que buscamos y los éxitos que tanto deseamos.

«Solamente haciendo el bien se puede realmente ser feliz», decía Aristóteles. En un mundo de gestión de expectativas a corto plazo, donde pensamos que sólo tenemos que adaptarnos a las consecuencias del «botón de la transformación que alguien apretó mágicamente», quizás la auténtica diferencia sea provocar felicidad en nuestros equipos, clientes, familia, amigos, pareja, etc. 

Entonces ¿estamos dispuestos a formar parte del Factor D? 


viernes, 13 de abril de 2018

Rompiendo las reglas (Valores que transforman)

Tenemos el enorme privilegio de vivir en primera persona uno de los mejores períodos de la evolución humana. Así como en cada era el ser humano fue adaptándose, aprendiendo y sobreviviendo, hoy estamos en una situación con iguales características, sólo que con herramientas, elementos y condiciones diferentes. Dentro de este ciclo estamos incorporando elementos que nos dan las suficientes “pistas” para poder progresar y gestionar de la mejor manera esta etapa: hablamos de innovación, de cambio y de transformación. Hasta aquí, una simple foto de nuestra situación actual. Pero ¿qué marcará un factor diferencial, una verdadera evolución o una manera distinta (real) de hacer las cosas? El que se anime a romper las reglas con valores que transformen será el abanderado del nuevo y verdadero liderazgo del siglo XXI.

Ya podemos estar escribiendo o leyendo el mejor Business Plan, o trayectos de Desarrollo Profesional, o de Cultura Corporativa, que si no somos capaces de pegar una buena “patada al tablero” en el momento y en el lugar oportuno y vencer aquellas reglas que consideramos un auténtico obstáculo o una falta de coherencia, o incluso de ética o valores, todo será más de lo mismo. En tiempos de evolución aquellos que intentan sobrevivir con el corto plazo en sus espaldas, probablemente saquen un provecho inmediato pero sus fundamentos y credibilidad caerán en arenas movedizas a la primera de cambio.
“Ir contra la corriente nunca es conveniente” decía un antigua frase que por suerte ya nos suena anticuada.
Cuestionarse las cosas, intentar mejorarlas y establecer nuevos modelos o parámetros, hará que nos encontremos cada día más cerca de lo que realmente sentimos y necesitamos. Refundemos nuestras “casas” con la credibilidad que todos nos merecemos. La política del conformismo, del “no me la juego” o de echar la vista a un lado, cuando somos nosotros los que realmente podemos cambiar las cosas, son parte de un pasado aprendido que debemos superar.

Los valores que transforman no son cuadros, ni bonitos carteles sino que pueden ser tan “revolucionarios” como queramos que sean, y tan fríos y olvidables como nos lo propongamos. Romper las reglas no significa comenzar de nuevo ignorando o dando la espalda a los éxitos del pasado. Significa una búsqueda cada día más auténtica sobre nuestro verdadero yo, nuestra verdadera esencia, tanto de nuestra persona, de nuestras familias y de nuestras empresas u organizaciones.

Antes de hablar de innovar, de cambiar o transformar, pensemos que el nuevo liderazgo se construye con coherencia pero sobre todo con la actitud y la auténtica voluntad para innovar, cambiar o transformar las cosas (valga la redundancia). Los valores no se equivocan, de ello podemos estar seguros. 
Seamos rupturistas porque hoy es el momento y nuestra sociedad está ávida de conductas ejemplares, congruentes y valientes. Nuestros hijos, parejas, amigos y equipos valorarán tanto esa decisión que tienes entre manos que no te imaginas hasta qué punto estarás enseñando los nuevos patrones de esta nueva sociedad. Cuando somos capaces de tomar decisiones basadas en valores, todos nuestros objetivos, cambios, innovaciones y transformaciones ya forman parte de nuestro ADN,  coherencia y credibilidad. 

Rompe las reglas, rompe paradigmas, rompe con la tibieza o rompe con aquello que tú sabes que hay que romper para llegar a construir el puente de valores más grande y sólido que jamás hayas podido imaginar. 

Y como dijo Eduardo Galeano: “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.


DIEGO LARREA BUCCHI 

viernes, 6 de abril de 2018

El compromiso compartido - Vídeo 22 - Canal Youtube RH&CC

El compromiso es una de las ecuaciones más exitosas con las que nos podemos enfrentar, y a la vez será clave para detectar a tiempo si estamos en el lugar y el momento indicado para poder sacar, lo más rápido posible, la mejor conclusión y tomar la mejor decisión.

El compromiso es compartido, no podemos pedirlo si no hacemos que el otro forme parte de él. Siempre debe ser un ganar-ganar (win to win).  No hay éxito que permanezca en el tiempo sin compromiso.

Cuando estamos rodeados de personas que entienden, facilitan y viven el compromiso compartido, todo es posible. Y la felicidad es una de las consecuencias del compromiso. Por lo tanto, innovar con las personas, ser rupturistas, dar oportunidades o enseñar a andar para llegar a ellas es la mejor gestión que podemos realizar en las puertas de este cambio de ciclo que afortunadamente nos toca protagonizar.

Te invito a ver mi nuevo vídeo de Recursos Humanos & Cultura Colaborativa:
"EL COMPROMISO COMPARTIDO"


Muchas gracias a tod@s por ver y compartir este vídeo y poder reflexionar juntos.
Muy buen fin de semana y hasta la próxima publicación.

DIEGO LARREA BUCCHI 
Twitter: @larreadiego 


viernes, 23 de marzo de 2018

Transformarse para transformar: la clave del cambio del Siglo XXI

Desde el primer segundo de nuestro despertar cada mañana, estamos experimentando, decidiendo, deseando o rechazando. Y todo lo hacemos dentro de una repetición inconsciente llamada hábito. Nuestras neuronas, ávidas de nuevos desafíos, nos “obligan” cada día a generar impulsos. Porque el cerebro no puede parar de aprender y utiliza los conocimientos previos para añadir otros nuevos. Está en permanente movimiento. Por ejemplo, en la práctica repetida de caminar, “colocará” otras habilidades motoras: correr, bailar, trepar, saltar, tocar un instrumento, montar en bicicleta, siempre busca más. Es una innovación vital, que nos lleva a una evolución natural.

Vamos cambiando, transformándonos de manera evolutiva. La mayoría de las veces, cuando hablamos de innovación vital y de creatividad, también en las empresas, hablamos de adaptación. Las organizaciones, al igual que todos los seres vivos, estamos inmersos en un proceso continuo de cambios y estamos obligados de forma natural a adaptarnos al entorno si queremos permanecer en él. Como decía Darwin, “no es la más fuerte de las especies la que sobrevive y tampoco la más inteligente. Sobrevive aquella que más se adapta al cambio. En la larga historia de la humanidad (incluso de la especie animal), son aquellos que aprenden a colaborar y a improvisar los que más probabilidad de prevalecer tendrán”. Las cosas cambian si tú quieres cambiar con ellas.



Si desde que nacemos y despertamos cada mañana estamos en un permanente ejercicio de búsqueda, aprendizaje y logro, ¿por qué nos resulta tan complejo admitir que transformarnos para transformar aquello que deseamos es la clave motora de nuestro éxito personal, profesional o comercial

Ese entrenamiento diario no sólo es una visión introspectiva sino más bien una alta capacidad para saber distinguir, valorar e incorporar de la manera más rápida y eficaz aquellas mutaciones que nos regirán a partir de “mañana”. Esta práctica también debe darse en el ámbito empresarial, ya que las empresas deben abandonar el “sistema heredado” o legacy y atreverse a realizar el cambio que asegurará su supervivencia. ¿Qué tenían ayer en común empresas como Atari, Kodak, Blockbuster, Nokia y Olivetti? Todas creyeron que no había nada que cambiar, que el éxito estaba asegurado y que su producto o estrategia de negocio era imbatible. ¿Qué tienen hoy en común estas empresas? Que han desaparecido o declararon la bancarrota o son franquicias de marca o han sufrido su mayor golpe empresarial.

Animarse a transformarse para transformar no es fácil, es una decisión de valientes. Pero sobre todo debemos entender que es un proceso relacionado directamente con las personas. El ser humano es la clave del verdadero cambio del Siglo XXI. El Homo Sapiens apareció hace medio millón de años. Su aparición, resultado de muchas transformaciones de la biosfera, no estuvo acompañada de toda la tecnología con la que hoy lo asociamos, es decir, la cultura como conjunto de herramientas físicas y simbólicas que ha desarrollado para transformar la realidad y satisfacer así sus necesidades de orden biológico, psicológico y social.

Si tenemos en nuestro ADN el gen de la supervivencia, el conocimiento y la evolución, ¿dónde está el buen modelo de aprendizaje dentro de este aparente complejo escenario digital que sacude nuestro día a día?, ¿cómo romper nuestros miedos? La respuesta la tuvo ayer un gran directivo de retail que decía: la fórmula más sencilla es pensar en ¿qué elementos nos imaginamos nosotros como padres que nos gustaría que nuestros hijos tengan a la hora de ser buenas personas y buenos profesionales? Eso que nos vino a la mente, esa es la clave del éxito. Y no importa el desafío o lo que tengamos por delante, lo importante es tener la humildad, la proactividad, la iniciativa, los valores y la pasión para intentar ser mejores cada día, por nosotros, por nuestra familia, amigos y clientes.


Como decía Heráclito: "lo único constante es el cambio”. Y éste vendrá cada día más deprisa, nos guste o no. Entonces, podemos anticiparlo y liderarlo reconociendo quiénes somos hoy o dejar que venga y tener que gestionarlo. En nuestras manos y desde el primer segundo de nuestro despertar cada mañana está la gran decisión. 


Feliz Semana Santa para tod@s!


DIEGO LARREA BUCCHI 
Twitter: @larreadiego 

viernes, 16 de marzo de 2018

El Sr. Supongo y la Sra. Doy por Hecho

Dejando atrás mi entrañable niñez y en un día de esos que se olvidan fácilmente, conocí por casualidad a un matrimonio bastante peculiar. Les gustaba pasearse con vestidos algo extravagantes y de la mano por la avenida de mi barrio. Siempre me llamó la atención que los vecinos decían no conocerlos pero sin embargo ellos saludaban a todos como si ayer hubieran cenado juntos. Eran el Sr. Supongo y la Sra Doy por Hecho. Una pareja singularmente extraña, que miraba de reojo, distantes, desconfiados y muchas veces con un sentido de la frivolidad y narcisismo que, a mi corta edad, me daba un poco de "miedo y escalofrío".

Pasaron los años y ellos siguieron transitando plácidamente por la avenida de mi barrio. Parecían no tener edad y que el tiempo no pasaba para ellos. Dejé atrás mi casa, mi lugar y la vida me llevó por distintas ciudades pero curiosamente ellos seguían caminando por esas nuevas avenidas, junto a otras nuevas personas. Entonces, comencé a entender que quizás dentro de cada uno de nosotros haya un pequeño trozo de esta excéntrica pareja y encontrármelos en cada lugar no era ninguna casualidad sino una auténtica causalidad.



“Un gran número de personas piensan que están pensando cuando no hacen más que reordenar sus prejuicios” dijo el filósofo estadounidense William James. Y ¿por qué nos pasamos la vida reordenando prejuicios, en vez de apilar conocimientos y experiencias?

A los investigadores les cuesta definir lo que es prejuicio pero todos de alguna manera coinciden en que es un sentimiento o actitud negativa hacia alguien basada en información insuficiente. Un “juzgar de antemano” por diferencias de raza, género, peso, idioma, religión, o cualquier concepto que nos lleve a la palabra diferente y nos provoque rechazo. Rechazo muchas veces inconsciente basado en generalizaciones incorrectas o estereotipos. 

Y este automatismo aparentemente involuntario fue investigado por científicos del Centro Médico Cedars-Sinai (California) y del Instituto de Tecnología de California, Caltech (EE.UU.) quienes han descubierto que al menos algunas de las células del cerebro que están especializadas en el reconocimiento de las emociones pueden realizar juicios basados ​​en prejuicios del espectador en lugar de en la verdadera emoción que se observa.

Cuanta más similitud existe entre el estímulo y su receptor más armonía y menos prejuicios. Pero cuando la disonancia se manifiesta, las “suposiciones” y el “dar por hecho que las cosas son de una u otra manera según mi punto de vista”, comienzan los grandes conflictos, rechazos e inconvenientes. Creemos tener el mejor “receptor automático de evaluación y anticipación” de personas y situaciones pero nos cuesta comprender que no todo es cuestión de “buen ojo”, “buen olfato” o tener “experiencia”. Si invirtiéramos más tiempo en el entendimiento real del otro frente a lo que supone la pérdida de una oportunidad o la resolución de un conflicto, entenderíamos el valor significativo del conocimiento.

Dentro del mundo de las empresas también hay ejemplos que pueden ilustrarnos. Un estudio del Foro Económico Mundial (WEF) habla de los 3 grandes prejuicios que padecemos los empleadores a la hora de contratar o de gestionar personas: 1) Nos atraen quienes más se parecen a nosotros, 2) Las decisiones se basan en estereotipos de competencias y 3) Tememos contratar a alguien que podría eventualmente amenazar nuestro puesto en la organización.



Sea en el ámbito que sea el Sr. Supongo y la Sra. Doy por Hecho aparecen indiscriminadamente y nos hacen pegar un golpe contra nuestra propia realidad saludándonos como si ayer hubiéramos cenado juntos. Es por ello que, saber reconocer nuestras “arbitrariedades” y estar dispuestos a utilizar nuestros cinco sentidos no como un arma adivinatoria sino como una poderosa herramienta de empatía, será la mejor de las oportunidades que nos estemos dando a nosotros mismos.

Sr. Supongo y la Sra. Doy por Hecho:
“Espero con estas palabras poder cerrar ese capítulo pendiente de mi infancia que me ha llevado junto a ustedes por tantas y tantas avenidas. Y de alguna manera quiero agradecerles que, sin querer, me hayan hecho comprender que el contagio de los prejuicios, como decía Pío Baroja, hace creer muchas veces en la dificultad de las cosas que no tienen nada de difíciles.

DIEGO LARREA BUCCHI 
Twitter: @larreadiego