viernes, 20 de octubre de 2017

Ahora, el momento exacto

El deseo por cambiar es sólo el comienzo. Cambiar es arriesgar, es tomar decisiones, es crecer, es evolucionar, en definitiva...es vivir.

Cuando miramos hacia atrás, observando fotos, vídeos o simplemente navegando con el pensamiento, reflexionamos sobre todo lo que hemos vivido y cuánto hemos cambiado. Pero en el fondo, después de ordenar esas fotos, vídeos e ideas en su lugar, nos damos cuenta que en realidad el tiempo ha pasado pero nosotros, por alguna extraña razón, nos sentimos igual. Y no hablo de inmadurez ni de Peter Pan. Sentimos el peso de los años, por supuesto, pero hay algo dentro de nosotros que nos transporta a ese niño/a que trepaba a los árboles, a ese adolescente que con su mochila y sus amigos cruzaba las montañas, a ese beso, a esa charla con el abuelo, al primer fracaso, a aquel temblor en el cuerpo de felicidad, a aquella despedida o a ese ansiado reencuentro. Y en ese reencuentro creemos haber aprendido la forma de vivir la vida, hasta que la vida cambia una vez más.

Porque todo ello forma parte de nosotros, de nuestra historia, cultura, y nos hace ser en definitiva quienes somos en un constante movimiento. Pero más allá del tiempo y del recuerdo, la evolución no se detiene y las cosas no cambian porque sí. A pesar de ese fuerte y entrañable puente con nuestro pasado, hay un “momento exacto” en el que por necesidad, preparación, astucia, negligencia o casualidad el cambio se presenta ante nosotros. Nos mira a la cara, nos desafía, no pregunta y se cuela en nuestra realidad. Y según como nos encuentre, así reaccionaremos.

Lo mismo sucede con las empresas, cada una con sus puentes hacia sus recuerdos, historia, cultura y experiencias. Y también tienen ese “momento exacto” en el que por una buena planificación, o falta de previsión, astucia, errores o azar, se enfrentan a cambios, y según como las encuentre, así sobrevivirán, crecerán o desaparecerán.

Las compañías están abocadas a demostrar un beneficio constantemente a corto plazo y ello muchas veces limita la habilidad para transformar o innovar. La ecuación evidentemente no es fácil para los que tienen que tomar decisiones y crear espacios de mejora, haciendo que las cosas que funcionaban sigan funcionando cada vez mejor y que las cosas que no funcionan, comiencen a funcionar. Pero con tener voluntad de cambio, empapelar nuestras paredes o llenar nuestras redes sociales con bonitas palabras vanguardistas no sirve para asegurar el progreso y la diferenciación. El cliente siempre está un paso por delante, y solamente su paladar determinará si realmente estamos o no a la altura. Por lo tanto, transformar a tiempo nuestra cultura, redefinir la forma de hacer las cosas sin perder nuestra identidad y valores pero con la audacia necesaria, es la clave para dar el primer gran paso y no esperar a hacerlo cuando “sufrir” sea más difícil que cambiar.

Las empresas están llenas de ideas. Los seres humanos tenemos un gran abanico de ingenio, inventiva e imaginación para hacer las cosas de manera diferente y replantearnos las cosas. Y son muchas las personas capaces de trabajar hacia la excelencia poniendo un esfuerzo adicional para lograr un resultado colectivo exitoso. Sólo hay una condición: contar con el apoyo de un buen manager facilitador cuya principal misión sea que las cosas sucedan. Capaz de darles el margen de maniobra suficiente y la confianza para permitirles tomar sus propias decisiones y probar nuevas soluciones o nuevas ideas. En definitiva, un estilo de liderazgo acorde a los nuevos desafíos y no un espejo del pasado que repita por temor viejos paradigmas. Y que esté firmemente convencido que reforzando y promoviendo la innovación, el talento y la colaboración asegura la consecución de una estrategia de transformación ganadora.

Decía Heráclito que no hay nada permanente, excepto el cambio. Por ello, que ese instante en el que observando fotos, vídeos o simplemente navegando con el pensamiento nos transporta hasta nuestros momentos más importantes, nos haga entender que “ahora es el momento exacto”, porque nunca hay un momento oportuno.





viernes, 13 de octubre de 2017

Cuando el otro soy yo - Vídeo 15 - Canal Youtube RH&CC

La necesidad del otro es una virtud no una dependencia. Todo lo que hacemos en nuestra vida tiene un eslabón social, estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos. En la interacción se produce la energía, la complementariedad, en definitiva el crecimiento y la evolución. El grupo es más fuerte que el gen individual. El bien del grupo también cuenta en la evolución, porque el mejor resultado que podemos obtener es producto de que todos en el grupo hagan lo mejor para sí mismos y por ende para el grupo.

Te invito a ver mi nuevo vídeo de Recursos Humanos & Cultura Colaborativa: CUANDO EL OTRO SOY YO. Muchas gracias al Real Jardín Botánico Juan Carlos I.




DIEGO LARREA BUCCHI 
Twitter: @larreadiego 

viernes, 6 de octubre de 2017

Los hermanos Presupongo y Prejuicio

No se sabe a ciencia cierta si existieron o no, pero se comenta que los hermanos Presupongo y Prejuicio vivieron casi toda su vida enfrentados y no digo enfrentados por algo en particular. Sino que literalmente no podían despegar su mirada el uno del otro, observándose durante el día y la noche, impulsados por una extraña mezcla de inseguridades, desconocimientos y temores. Eran un reflejo permanente. Los días y años pasaban y estos hermanos nunca se hablaban, solamente se miraban. Fueron envejeciendo frente a frente en una vida casi absurda de silencios, recelos y suspicacias que los llevó a tener por primera vez una acción refleja conjunta y compartida: su propia muerte natural.


Los hermanos Presupongo y Prejuicio jamás imaginaron que en su absurda tozudez y elección de vida compartían algo más que el significado de sus nombres: tenían en plena actividad las  "neuronas espejo". Éstas solamente se activan cuando el mismo acto que realiza una de las personas lo efectúa la otra que lo está observando en el mismo estado emocional.  Pero Presupongo y Prejuicio se mimetizaron de tal manera que no han sido capaces de descubrirlo, siendo prisioneros en su propia cárcel.

Sin embargo, a pesar de su abúlica vida, su legado se esparció por todas las comarcas vecinas, cruzando ciudades, océanos y montañas durante siglos, hasta llegar a nuestros días.

Hoy los “presupongo” y los “prejuicios” son una de las tantas actividades mentales inconscientes que distorsionan la percepción, el verdadero conocimiento, la comunicación y el entendimiento. Pero en este drenaje de desencuentros también hemos aprendido que esas “neuronas espejo”, que en su día estos hermanos no supieron descubrir, hoy son uno de los mayores motores de la empatía, la alteridad y la otredad.

En un mundo que se renueva a pasos agigantados, a veces con vendas en los ojos y con manos en las orejas, la mayor transformación que podemos regalarle a nuestros hijos y su futuro no sólo es trabajar en su conocimiento personal y profesional sino en que puedan tener también la capacidad de descubrir el mundo del “otro”. Los idiomas, la robótica, la física, la ingeniería, la informática, la medicina y otras tantas herramientas de presente y futuro ya las pueden tener en sus manos. Pero la empatía, la alteridad y la otredad necesitan de nuestro tiempo, espacio, esfuerzo e implicación para hacerlo vivir en primera persona siendo nosotros mismos ejemplo en nuestro día a día con parejas, amigos o con nuestro equipo de trabajo. Una sociedad que es incapaz de conocerse nunca tendrá la capacidad de entenderse.

La gran oportunidad del aprendizaje y la evolución está en descubrir los beneficios de ver al “otro” no desde una perspectiva propia, sino teniendo en cuenta sus creencias, vivencias y conocimientos.  Ya lo decía Mahatma Gandhi cuando afirmaba que “las tres cuartas partes de las miserias y malos entendidos en el mundo terminarían si las personas se pusieran en los zapatos de sus adversarios y entendieran su punto de vista”

A veces el miedo a los demás nos hace intolerantes y poco permeables, sin entender que esa reacción puede ser fruto de nuestras propias inseguridades. Abrir y compartir de par en par nuestra duda es abrir cien puertas de oportunidades. Escuchar y conocer al “otro” no es un sinónimo de debilidad, todo lo contrario. Es llegar a un nivel de simbiosis que nos permita reconvertir el “yo” en un “nosotros”, sin perder cada quien su identidad personal y única.

Podemos pasar días y noches en familia, amigos, en el trabajo, en proyectos, compartiendo muchos años juntos y sin embargo que “ese puente” siga sin estar bien construido y por sus huecos caigan en forma de discusiones y desencuentros miles de situaciones que agotan y nos llevan a escenarios poco felices.

Las neuronas espejo son las que nos ponen en el lugar de los demás, pero somos nosotros los que debemos aprender a mirar y conocer al “otro”. No como los hermanos Presupongo y Prejuicio, sino con una visión que proporcione el mejor vínculo afectivo, humilde y perceptivo para comprendernos y tener la capacidad de evolucionar juntos.  

Pensémoslo con simples ejemplos concretos: equipos comprometidos y participativos, clientes satisfechos y fieles, parejas y amigos sólidos en las buenas y en las malas, políticos y ciudadanos con anhelos e intereses comunes. ¿Cómo se logra? Entendiendo que la fuerza más exitosa que tienen nuestras decisiones, objetivos, proyectos y todo lo que emprendamos es la presencia del “otro” como pieza fundamental de nuestro engranaje. Descubrirlo, asumirlo y trabajarlo va por cuenta de cada uno.

viernes, 29 de septiembre de 2017

El fluir de la influencia

Convivimos con la influencia desde nuestro primer instante de vida hasta hoy. Desde los primeros besos y caricias de nuestros padres hasta la gran cantidad de impactos emocionales que recibimos diariamente por distintas vías. La influencia no es sólo un término que hemos descubierto milagrosamente estos últimos años de la mano de los llamados “Influencers”. Sino que podemos decir que es la habilidad de provocar un efecto, una consecuencia o un cambio que altera para bien o mal a personas, grupos, empresas, etc.

Las personas que logran positivamente llegar a generarnos esa sensación de movilización interna tienen un extraordinario talento emocional que los motiva a actuar así.  Todos y cada uno de nosotros tenemos esa capacidad de hacerlo. Y cuando les preguntas “¿por qué lo has hecho?” ellos te responden: “porque estoy seguro que tú harías lo mismo por mí”. Éste es el mejor ejemplo de confianza y colaboración que podemos ver representado ante nuestros ojos.

Muchas veces la dificultad para comprender y darle el valor que se merecen los conceptos de confianza y colaboración es que son emociones, no instrucciones. No puedo decirle a alguien que confíe en mí sólo por el hecho de que se lo estoy pidiendo. No puedo decirles a dos personas o a un equipo que colaboren y creer que simplemente lo harán. No es así como funciona. No es un decálogo, no es un plan de trabajo, ni es un esquema de objetivos a cumplir. Son sentimientos.

Desde la época del Homo Sapiens hemos evolucionado a través de los siglos intentando huir de los peligros que diariamente nos azotaban y que pretendían reducir nuestra expectativa de vida. Esto nos llevó a transformarnos en “animales sociales”, conviviendo y trabajando juntos en pos de objetivos comunes. De esa convivencia y ese trabajo común surge el “círculo de la seguridad”, un espacio o un lugar sensorial que provoca un efecto, una consecuencia y un cambio en nosotros, en definitiva una influencia que nos brinda cobijo, fortaleza, decisión y certidumbre.

Al sentirnos seguros, la reacción natural es confianza y colaboración. Puedo “cerrar los ojos” y tener el convencimiento que alguien de ese círculo velará por mí. Si no confiamos en el otro, si el grado de influencia se traslada al vértice negativo, significa que no hay “garantías ante el peligro”.

Hoy el mundo tiene una “invasión” de influencias que, al igual que en la antigüedad, nos hacen dudar. Porque sentimos que intentan frustrar algún aspecto de nuestra vida o reducir nuestras oportunidades de éxitos. La competencia, la economía, los mercados, las carreras profesionales, los salarios, las hipotecas o el futuro de nuestros hijos. Y desde otro rincón la falta de generosidad, de valores, de escucha y de humildad nos tratan de sacar de la carrera y nos ponen literalmente contra las cuerdas. Influencias que trabajan diariamente para intentar frenar nuestro crecimiento, que nos hacen abrazar al miedo, al estrés, al descontento y a la frustración, sin poder tomar el control de la situación.

Pero es en la confianza y colaboración con esas personas que logran positivamente nuestra movilización interna donde renace la buena influencia. Donde volvemos a sentirnos protegidos por el “círculo de la seguridad”. Y no es una debilidad sino el reconocimiento de la complementariedad, “porque estoy seguro que tú harías lo mismo por mí”. Y en ese fluir de influencias es donde podemos sentirnos más plenos, más nosotros mismos y llenos de fortaleza, decisión y certidumbre.

Porque como decía Oscar Wilde, “influir sobre una persona es transmitirle nuestra propia alma”. Y no hay nada más maravilloso que compartir nuestros proyectos con personas apasionadas, cuyos verdaderos sentimientos influyan en nuestro aprendizaje, crecimiento y felicidad para ser cada día mejor persona y mejor profesional.




viernes, 22 de septiembre de 2017

Viva el fracaso - Vídeo 14 - Canal Youtube RH&CC

Son mis decisiones no mis circunstancias las que me llevan a un camino o a otro. Y es, en la buena reflexión de mis tomas de decisiones, donde puedo reconvertir un error en un acierto. Lo importante es aceptarlo, comprenderlo y aprovechar la oportunidad de la experiencia para mejorar, sin evadir nuestra responsabilidad.

Porque el verdadero éxito está en asumir el fracaso como punto de partida. Y todos debiéramos entender que los errores son la ventana a la innovación, al cambio y al aprendizaje. Y digo todos porque estamos en un ciclo donde queremos innovar, nos gusta hablar de innovación, pero seguimos gestionando el futuro inmediato con visión del pasado. No nos hagamos trampas al Solitario. No hay innovación sin error, sin preparación, sin aprendizaje y sin cambios de patrones mentales y culturales.

El error que lleva detrás consigo un esfuerzo, un trabajo, una dedicación no debe medirse de la misma manera que el error displicente y abúlico. Allí tanto madres, padres, managers o directivos debemos identificar, reaccionar a tiempo y acompañar para crear el marco adecuado según cada circunstancia.

Tenemos que ser capaces de crear el ambiente pertinente tanto para la experimentación como para la gestión de la frustración. La humildad es uno de los valores más importante a contagiar en tiempos de transformaciones y cambios. Porque no aprender nada del fracaso, eso sí que es fracasar.

Te invito a ver mi nuevo vídeo de Recursos Humanos & Cultura Colaborativa: VIVA EL FRACASOMuchas gracias a la Universidad de Alcalá de Henares.




DIEGO LARREA BUCCHI 
Twitter: @larreadiego