viernes, 17 de febrero de 2017

Devuélveme mi espejo

En el mundo de las empresas decimos que somos lo que el cliente percibe de nosotros y su experiencia, en definitiva: “somos lo que dicen que somos”. Pero en el mundo de las personas hay matices muy importantes que, por suerte, nos diferencian de ese concepto comercial.

El conocimiento relacional está medido según el impacto de información, experiencias y vivencias que las personas tienen de nosotros. Cuanto mayor es la profundidad e implicación más reales serán los resultados. El nivel de conocimiento sobre el otro debería ser el mismo porcentaje por el cual podemos emitir una valoración sobre él. En un mundo tan estereotipado, lleno de mensajes instantáneos y de aspiraciones al éxito inmediato, el interiorizar hasta la esencia de las personas no siempre es sencillo.


Para ello, el ejercicio de desvincular de los distintos estereotipos que puedan distorsionar ese “informe final” sobre nosotros, deberá estar enmarcado en nuestro código personal/ profesional y aprovechar el tiempo o los elementos que tengamos a nuestro alcance para lograrlo, sin olvidar que el sentido común es el mejor de los sentidos.  Y que a veces el buscar con tanta exactitud nos ciega e impide conocer mejor.

Difícil misión la de los expertos en Selección al saber que más allá de la técnica, la información, la experiencia, la metodología utilizada, etc, habrá siempre un margen importante de error en el candidato elegido. Incluso, por más que trabajemos de manera muy profesional el efecto Halo, el efecto Horn, el efecto Espejo, los sesgos de Primacía, Contraste, Recencia y Generosidad, cada persona lleva detrás unos valores, una cultura, una experiencia, que ni las más sublimes o nefastas referencias nos darán el cien por cien de su naturaleza.

Nadie dijo que conocer a las personas sea una misión sencilla. Somos la piedra angular de las relaciones personales, profesionales y de todo negocio. Por ello, probablemente, si devolvemos el espejo ajeno y nos contemplamos en el nuestro podremos entender que el otro puedo ser yo. Sólo así, con esta aparentemente sencilla reflexión, nos daremos cuenta que el mismo tiempo o las mismas herramientas que utilicemos para su conocimiento pueden ser aplicadas de igual manera con nosotros alguna vez.

Las personas nos definimos en cuestión de segundos, pero ¿qué es lo que evaluamos?
Un estudio de Harvard dice que las personas se responden rápidamente dos preguntas cuando te ven por primera vez: ¿Puedo confiar en esta persona? y ¿Puedo respetar a esta persona? Se refieren a la calidez y competencia, respectivamente, e idealmente queremos que perciban que tenemos ambas.



Curiosamente, el informe dice también que la mayoría de las personas, especialmente en un contexto profesional, creemos que la competencia es el factor más importante. Después de todo, queremos demostrar que somos inteligentes y con el talento suficiente como para manejar un negocio. Pero, de hecho, la calidez o la fiabilidad, es el factor más importante cuando las personas nos evalúan. Desde una perspectiva evolutiva es más crucial para nuestra supervivencia saber si una persona merece nuestra confianza. Pero si bien la competencia es muy valorada, sólo debería evaluarse después de que la misma se establece. Y para que ello suceda, el verdadero conocimiento direccional, sin matices ni filtraciones ajenas, es básico. Y ya en el camino de la confianza nuestra fuerza se convertirá en un regalo y no en una amenaza.

Y si todos aplicásemos de alguna manera el pensamiento de Goethe cuando dijo: “Para conocer a la gente hay que ir a su casa”, probablemente los espejos del conocimiento y de la confianza estarían bien colgados en nuestro camino hacia los demás.


DIEGO LARREA BUCCHI