viernes, 30 de mayo de 2014

La analfabetización digital 2.0

Soy un gran defensor de las nuevas tecnologías como instrumento de fomentar la participación y la colaboración colectiva generando círculos abiertos de conocimiento  y no de exclusión, por ello creo interesante hablar y reflexionar sobre la cara menos visible de las redes, que nos arrasan sin dar explicaciones y son capaces de poner en jaque hasta los grandes partidos políticos creando una agrupación en cuatro meses y hacer tambalear el sistema electoral. Pero la velocidad es imprescindible para algunas cosas pero caótica para otras, y en el afán de aprender y desaprender, en el estar por tener que estar, el factor de la inmediatez nos hace perder un lado vital: la reflexión, el buen aprendizaje, y si no somos capaces de “timonear” esta gran cascada de agua, probablemente nos arrastre la corriente y nos ahoguemos en el mar de la analfabetización digital 2.0.

La entrada constante de información, en un mundo siempre conectado, nos lleva a no tratar ninguna información en profundidad. Cuando la información es algo extensa la lectura pasa a ser interruptus o en diagonal.  Se calcula que entre el nacimiento de la escritura y el año 2003 se crearon cinco exaby­tes (billones de megabytes de información). Pues bien, esa cantidad de información se crea ahora cada dos días. Es tanta la cantidad de información que trastoca nuestros criterios de búsqueda como niño que se cae a una piscina olímpica de golosinas. Su desesperación hará que en breves minutos logre intoxicarse (Infoxicación).

Durante siglos hemos asociado más información a más libertad. Sin embargo, estamos caminando al borde de nuestra misma dictadura de la sobreabundancia que hace que pocos elementos de entre todo ese mar resalten y queden fijados a nuestra memoria, que hoy se encuentra medio perdida al no poder atar datos con situaciones y lugares concretos. Muchas cosas pasan desapercibidas, leídas pero sin ser realmente vistas. Y eso puede ser peligroso.
Y si a ello sumamos nuestra actitud contemplativa participativa pero poco colaborativa en nuestras redes, con ánimos más de espectador que de protagonista a la hora de fomentar conocimiento y experiencias, asumiendo un rol meramente voyer, el puzle comienza a ser más complejo de darle forma.  Jugamos a poner me gustas, a leer frases cortas, frases de otros, fotos y comentarios de momentos, que como todo juego es bonito y divertido, pero si todo se transforma en esa sencillez o superficialidad de mensajes y contenidos podemos esclavizar nuestra mejor herramienta azotando a nuestra cultura y nuestro aprendizaje.

Sentimos que nuestra capacidad de concentración en la lectura de textos largos es cada vez menor. La causa: la actividad multitarea, atento a la vez a la web, el Twitter, al teléfono, al Skype, el Facebook, al WhatsApp... Internet es un paraíso, pero cuidado en convertirlo en un limbo, porque puede incitarnos a buscar lo breve y lo rápido y alejándonos de la posibilidad de concentrarnos en una sola cosa. Y aunque parezca una absurda reflexión, no creo que lo sea tanto, ya que niños de tres años ya buscan sus videos en móviles y a partir de allí nos encontramos con grandes expertos nativos digitales que respiran redes e internet y somos nosotros quienes tenemos la oportunidad de reflexionar a tiempo y educar con sentido común, con espacio y tiempo, siendo responsables y espejos de esta evolución.

No creo que sea un problema, sino cuestión de aprendizaje. Fíjate, mi madre me decía "¿cómo puedes estudiar con la radio puesta?".  Y compáralo con todo lo que hay ahora... La tecnología está produciendo un cambio cognitivo importante. Cada vez somos más multitarea y esto es irreversible.  Son las habilidades que, por otro lado, cada vez valora más el mercado laboral: empleados que tengan esa habilidad de gestionar en contextos de saturación de información. ¿Cómo gestionar esta cantidad ingente de información? La respuesta es obvia: tomándonoslo con calma. Desconectándonos un rato: apagar el ordenador, la televisión, silenciar el teléfono. Ahondar en el trato humano y pausado. Adoptar un hobby alejado de los gadgets tecnológicos. Salir a la calle. No dedicarse a leer y contestar el correo en cualquier momento, sino solo a determinadas horas de la jornada laboral, de manera que sea una parte de tu agenda y no te interrumpa constantemente. Y eligiendo solo lo provechoso.


La avalancha de información se puede gestionar mejor si establecemos prioridades. Hemos de tener claro qué temas nos interesan, centrar la atención en pocas áreas y procurar que sean lo bastante concretas. No se puede pretender estar al día de muchos temas o de temas demasiado amplios: ya en 1550 el teólogo Juan Calvino se quejaba de que había tantos libros que ni siquiera tenía tiempo de leer los títulos. Como apunta Cornellá: "Hay que escoger muy bien las fuentes de información. Dedicar parte del mejor tiempo del día a la información de calidad. Cuanta más de esta manejas, más capaz eres de discriminar que lo que tienes delante es pura basura. La buena información, la relevante, desinfoxica".

DIEGO LARREA
Twitter: 
@larreadiego