viernes, 15 de agosto de 2014

La visión de los demás (El infierno son los otros, yo no)

Desde el primer haz de luz, el hombre no es en sí mismo si no tiene enfrente otra persona. Este es el principio básico de las relaciones humanas, el mayor centro de atención de las Ciencias Sociales y por ende de la Comunicación y los Recursos Humanos. Las personas y su interacción, su supervivencia, sus roles, etc. Nuestros comportamientos más automáticos y naturales están normalizados, sometidos a reglas impensadas, y nos atrapan y nos ponen en jaque mate diariamente porque descrubrimos, una y otra vez, que del otro lado hay personas que tienen sus lógicos intereses.

En esa unión de intereses de las personas hay un punto privilegiado que es “el encuentro”, un pequeño microsistema social. En esta interacción cara-a-cara es esencial para los participantes de ese encuentro definir la situación, saber  “qué está pasando aquí”. Lo que digan, lo que hagan, los roles que adopten, el grado de implicación personal que manifiesten dependerá del significado que den al encuentro. Pero éste, a su vez, será definido por las actitudes que adopten los participantes y por la definición que den de sí mismos. Existen unas reglas para cada tipo de encuentro, pero los participantes “negocian” constantemente (queriéndolo o sin quererlo) cuáles son las aplicables en cada momento. Pensemos en los encuentros cotidianos que tenemos diariamente, seguramente ese que para nosotros fue un momento normal o intrascendente, probablemente ha provocado algo en el otro que no imaginamos. Hasta aquí nada nuevo y todo evidente. O no. Según el grado de responsabilidad que tengamos frente a esa persona que nos hemos “encontrado”.

Este ejercicio de negociación constante al que nos enfrentamos todos los días desde que suena nuestra alarma despertador hasta volver a sincronizarla para el día siguiente,  es el ABC de nuestra interactividad cotidiana. Dentro de esa negociación, evidentemente los factores de poder ejercen una gran influencia, y muchas veces ejercen como disparador positivo permitiendo retroalimentar la capacidad creativa y cognitiva del otro y otras por el contrario terminan dominando conductas hasta encerarlo en una habitación oscura sin puertas ni ventanas. Muchas veces no somos conscientes de lo que irradiamos con nuestros mensajes verbales o no verbales en los “encuentros”, y reitero, máxime cuando somos padres, managers, o ejercemos algún tipo de “tutoría”.

Dentro de la relaciones de status, como puede ser una matriz jerárquica empresarial, este tipo de vínculos naturales se ejercen permanentemente sin que por ello tengamos que entrar en este exhaustivo análisis de situación. Pero la realidad es que desde ese simple elemento compartido de “naturales encuentros diarios” surgen los grandes análisis y temas de debates sobre el comportamiento de las personas en el ámbito laboral, el management, y su fuerte incidencia en la actividad productiva.  De nuevo, como la vida misma, en las relaciones personales los pequeños detalles de “ese encuentro cotidiano” hacen que el vínculo sea cada día más solido o más vulnerable.


Y como somos humanos, y el ego no solo pertenece al Rio de la Plata, hacemos propia la frase de Jean-Paul- Sartre cuando escribía: “El infierno son los otros” y yo agrego: “yo no”. Y es que los demás representan la diferencia, lo temible, la codicia, el miedo, la envidia o la incomprensión. ¿Y yo? Entonces,  me pregunto, ¿por qué no conseguimos prescindir de ellos? Bajo esta teoría la mirada del otro nos obliga a tener en cuenta su presencia.  Aunque también es verdad que hay muchas personas que en apariencia le da lo mismo tener una persona delante, que un muro o un animal rabioso. Digo en apariencia porque no son ajenos a ese microsistema social llamado encuentro, solo que su autorreflejo les impide ver que hay a 3 cm de sus narices aunque las consecuencias a mediano plazo sean devastadoras.

Las mirada del otro es un juez omnipresente que nos transforma en sujetos que pueden ser juzgados en cualquier instante, en cualquier lugar, aquí y ahora.

Algunos afirman que nos pasamos toda nuestra vida  representando un papel (nuestro personaje público) como si estuviéramos en el escenario de un teatro, donde los otros son los espectadores. Las relaciones con los demás descifra las actitudes  (disposición a actuar) y aptitudes  (habilidades y recursos) de cada  uno de nosotros para corresponder a la imagen social que queremos dar de nosotros mismos. Así pues, las interacciones con los otros  (interacciones sociales) se someten al juego evaluativo de la mirada de los demás, de la mirada de los otros, juego cuyo objetivo final es la aprobación de los demás.

Necesitamos al "otro" en la construcción de nuestra identidad individual, ya que gracias a ese "otro" aprendemos a realizarnos completamente. Lo necesitamos para construir nuestros proyectos, aunque seamos el “Llanero Solitario”. Necesitamos del aplauso del público, del cliente que dice si sí o si no, en definitiva: necesitamos. Con el prójimo todo es más difícil, sin embargo, sin él la existencia pierde su sabor. La vergüenza es un buen ejemplo para explicar las relaciones humanas. No se descubre al prójimo observándolo, sino sintiéndonos observados por él, pero no desde el punto de vista narcisista sino desde la pura humildad y aprendizaje. Gracias a dicha mirada, podemos descubrir cómo nos percibe otra conciencia, cómo esa mirada se convierte en un muy buen profesor, aunque nos cuestione. Y ser capaces, en cada encuentro con nuestros equipos, de tener la modestia necesaria para escuchar y mirarnos a nosotros mismos, esa sabiduría solo la tienen los grandes líderes.


Es por ello, que cuando hablamos de buenos manager no hablamos de los grandes lectores de formulas mágicas de los Recursos Humanos ni grandes Best Sellers, no. Hablamos de una persona que tenga la competencia, más allá de su conocimiento y experiencia técnica,  de la sensibilidad perceptiva capaz de acercar al sujeto a la zona de juego, a la zona de experimentación, a la zona de realización y productividad, venciendo los miedos, venciendo las sombras o posibles tormentas, invitándola a ese cuestionamiento y llegando a resultados positivos.

Por más que nos guste jugar al espíritu solitario, nuestra esencia es la relación. No somos buenos managers sino tenemos buenos equipos. No somos buenos managers sino aprendemos de nuestros equipos. No somos buenos managers sino escuchamos a nuestros equipos. La cara es el primer estímulo que se percibe de nosotros, donde pone el acento la mirada del otro, el barco que alumbra el faro del prójimo. Desde que nacemos ponemos la atención en la cara del otro o de los otros y éstos en nosotros. Existimos porque nos miran y de esta conciencia de ser mirados nace nuestro existir.

Por todo lo comentado hasta el momento, cuando hablamos de mobbing, o hablamos de desplantes y hacer vacios en las empresas o en distintos estamentos sociales, es cuando se produce uno de los mayores daños que pueden hacerle al ser humano: hundirlo en su soledad. Y la persona que lleva a ese ser humano a esa condición no merece ningún tipo de calificativo más que la ignorancia del propio ser, porque altera las reglas del juego, las reglas básicas del “encuentro”.

La inmensa mayoría de los seres humanos que disfrutan de trabajar con equipos y hacen disfrutar a sus equipos, saben ver la fragilidad, saben gestionar este tipo de “infiernos”, saben ver estas condiciones humanas como un agente clave dentro del negocio y son quizá los que tienen la mayor sensibilidad para dar la mejor respuesta al cliente. Sienten la responsabilidad del "otro", reconociéndolo en su individualidad y singularidad, y lo colocan en el centro de nuestra relación con el mundo comercial-laboral.  La visión de los demás, si que importa, porque en esta ocasión detrás de la palabra “demás”, como decía Joan Manuel Serrat,  “detrás… detrás está la gente”.

DIEGO LARREA
Twitter: 
@larreadiego