viernes, 10 de julio de 2015

Cuando digo sí y pienso no (La Ciudad del No Ser)

Una de mis fantasías de niño era imaginarme cómo seríamos los seres humanos con una especie de pantalla de televisión en nuestra frente, que reprodujese en tiempo real lo que pensábamos y sentíamos. En mi inocencia infantil, creía que esto podía ser el mejor descubrimiento o invento para la humanidad, pero no tenía la capacidad para hacerlo realidad y quedaba archivado entre otras tantas ilusiones, una y otra vez.

Casualmente, esta mañana me levanté gratamente sorprendido con una noticia sobre un equipo de investigadores que está desarrollando un sistema que convierte en tiempo real las ondas cerebrales en sonido, y que podría mejorar la comunicación de personas con discapacidad motora e intelectual. Además de la inmensa alegría que me produjo pensando en estas personas y sus familias, me trasladé automáticamente, y por supuesto con el respeto que se merece esta investigación, a mi fantasía infantil. Queda confirmado científicamente, que el lenguaje interior tiene una fuerza increíblemente real, que nos lleva hoy a reflexionar sobre la importancia de lo que pensamos y no decimos, o no podemos decir, o no queremos decir.


Esta comunicación “no verbal”, es tan o más intensa que la comunicación verbal, de hecho, la mayoría de los investigadores están de acuerdo en que la comunicación no verbal es considerablemente más importante que la verbal. Algunos postulan que más del 93% de nuestra información se comunica de forma no verbal.

Es así como, dentro de esa “no comunicación”, muchas veces se tejen matices que pueden decidir caminos y destinos. Caminos que nos pueden llevar a la “Ciudad del No Ser”, donde decimos lo que “debemos decir”, mientras el otro “acepta” escuchar lo que quiere escuchar. Una vez dentro, transitamos por sus calles, siendo quien no somos, experimentando una sensación de “inmigrante de nosotros mismos”. Una ciudad donde las sonrisas, los mensajes,  las miradas, están impregnadas de una alta contaminación de esmog. Y esa polución nos agota, nos enferma, nos deprime, nos adormece  y nos atrapa. Pero aun así, aceptamos vivir allí muchas veces por necesidad y otras por miedo a “romper” esa ambigua o falsa convivencia y abrir espacio a nuestra propia ventana interior que nos permita airearnos, despejarnos y despertar.

Miremos a nuestro alrededor, tanto en el ámbito laboral como en el social, la cantidad de personas que son incapaces de utilizar su  “rostro descubierto”. Tal vez el temor a ser y exponer quienes somos, parezca algo inaudito en este mundo tan digital en el que vivimos, pero es una realidad más profunda e intensa de la que imaginamos, sólo es cuestión de tomarse el tiempo para “saber observar” a nuestro alrededor más próximo. Sin olvidar que, paradójicamente, la era redes sociales nos entrega herramientas espectaculares de acercamiento, de colaboración, pero que sin embargo en muchos casos facilitan el sellado de las compuertas de nuestro “yo verdadero”.

En ciertas empresas podemos detectar fácilmente cuando se vive en la “Ciudad del No Ser”: donde el “siseñorismo” es moneda corriente, donde el deseo por pertenecer al “Club de los selectos” es tan grande, que podemos cambiar de pensamiento o teoría con tal de “recibir la bendición”, donde las risas forzadas son propias de una publicidad televisiva de los años setenta, y donde existen agujeros negros o zonas prohibidas de personas trabajando, a las que no está bien visto acercarse o compartir.

La responsabilidad de aquellos que tenemos la enorme “fortuna” de gestionar personas, como siempre es alta. Detectar el nivel de relación que establecemos con el otro (y no me refiero a establecer vínculos de amistad en el trabajo), debería ser una de las principales misiones de un buen manager. Permitir que determinados códigos de conducta, convivencia y valores reinen o se destierren de un ambiente laboral, es labor de un verdadero líder.

Mirarnos al espejo y tener la humildad de reconocernos, o no, como esos personajes históricos (y no tan históricos), que necesitaban de pequeños bufones, con una flexibilidad cervical extraordinaria (de arriba hacia abajo, y de abajo hacia arriba) y que siempre dijesen “SI”, es un paso de gigante.

El dilema del ser, estar, parecer y semejar no es una simple frase, y quizá sea una de las combinaciones más complejas en el ser humano. Hay que tener tanta capacidad para lograr ser uno mismo, como para aceptar que el otro sea él mismo. Las obviedades que archivamos o ignoramos son las grandes trabas del crecimiento y la superación.

Conocer lo que el otro piensa, siente o espera, ya no es una fantasía de “esos locos bajitos”, ni necesita la confirmación de un estudio científico, es sólo una cuestión de querer o no querer, del ser o no ser. Y como decía nuestro amigo Nietzsche: el individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.

DIEGO LARREA