viernes, 20 de noviembre de 2015

Del Yo al Nosotros

Convivimos en un mundo que no es previsible, donde la certidumbre no es cierta. Aquellas certezas que nuestros padres nos daban y nosotros asumíamos confiados ya no existen. Esa frase de “si haces todo bien lograrás buenos resultados” hoy, lamentablemente, como padres, managers, parejas, amigos, no podemos asegurarla. Y como no podemos hacerlo nuestro rol se transforma en “pequeños grandes” compañeros de viaje, experimentando los cambios de manera conjunta. Esta transformación a nivel social que trastoca lo relacional nos propone sin quererlo un nuevo modelo: en donde el “yo individual” pierde la batalla contra el “nosotros”.

Pero nadie dijo que esa batalla es fácil, porque estamos educados para ser exitosos no para ser felices, metiéndonos en vena que la carrera por los logros se basa en la “sana competencia”, pero esa "sana competencia" no existe, porque la negación del otro implica la negación de sí mismo al pretender que se valide lo que se niega. La conducta social está fundada en la cooperación, no en la competencia. La competencia es constitutivamente antisocial, porque como fenómeno consiste en la negación del otro. Aplicamos evidentemente este término al ámbito de las personas, porque dentro de los negocios es una clara estrategia comercial, aunque que si algún día nos atrevemos a profundizar en ello veremos como la cooperación empresarial muchas veces produce grandes avances.

En este ámbito de nuestra reflexión, la competencia es la simple idea del tú o yo, la idea de la disputa, la contienda, la rivalidad por obtener la misma cosa. En cambio compartir o colaborar es obtener beneficios juntos. La colaboración es la competencia inteligente. Pero, colaborar es extremadamente más complicado que competir. Construir unas bases metodológicas que hagan que las organizaciones colaboren es mucho más difícil.

El mundo tecnológico nos da un ejemplo y comienza a abrir una puerta a lo que en principio parecía un escenario dedicada al individualismo, dando el apellido de “colaborativa” a la inteligencia. Y si nos atenemos a la etimología, inteligencia significa “saber escoger”, por lo tanto, la elegida es la colaboración.

Pero decirlo es algo si se quiere hasta es “moderno/actual”, pero ponerlo en práctica requiere de muchos requisitos indispensables para llegar al éxito. Algunos de estos son: la humildad, la escucha, el reconocimiento, la visión, la integración, la empatía, entre otros. Y no hace falta irnos muy lejos para detectar el embrión colaborativo por antonomasia: simplemente con asomar la cabeza por la ventana de nuestras familias, seguida por nuestras relaciones personales, relaciones de grupo, laboral, etc.  

Es importante que entendamos que la necesidad del otro es una virtud no una dependencia. Todo lo que hacemos en nuestra vida tiene un eslabón social, estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos. En la interacción se produce la energía, la complementariedad, en definitiva el crecimiento y la evolución. El grupo es más fuerte que el gen individual. El bien del grupo también cuenta en la evolución, porque el mejor resultado que podemos obtener es producto de que todos en el grupo hagan lo mejor para sí mismos y por ende para el grupo.

Por lo tanto, la competencia por llegar solo tuvo un instante embrionario de gloria en nuestras vidas, pero al dar a luz el instinto natural nos llamó al llanto, a la protección, al intercambio, a la supervivencia para desarrollar nuestra vida, olvidándose del Yo y abrazando al Nosotros, aunque muchas veces nos olvidemos de ello.



DIEGO LARREA