“Hay dos miradas: La
mirada del cuerpo puede olvidar a veces, pero la del alma recuerda siempre”
escribía en 1844 Alejandro Dumas en el Conde de Montecristo. Existe una
tendencia natural al olvido, pero no
existe el olvido voluntario o natural, existe una cohesión de acuerdos tácitos
o explícitos, acuerdos humildes, acuerdos integradores, acuerdos desinteresados,
acuerdos que reconocen, reconcilian y son capaces de llevar al olvido a una
instancia de crecimiento personal y profesional.
En el olvido no debería haber intereses que primen, porque el
olvido se transforma en una poderosa herramienta de cambio cuando realmente se
ejercita de a dos, y de no ser así podría llegar a experimentar un vacío difícil
de gestionar. Muchas veces nos creemos con el derecho al olvido porque “olvidamos”
que el camino, los intereses, decisiones,
presencias comunes fueron siempre compartidos. El olvido individual es la
carrera hacia el atajo, es el refugio de la mediocridad, y el autopremio a la
excusa perfecta.
Pero somos seres comprometidos con nuestros actos, y este no
debería ser la excepción. La responsabilidad que asumimos sobre nuestras
acciones, que de una u otra manera influyan en “el otro”, nos debe dar la
capacidad de ejercer el olvido de una manera diligente y no egoísta. Cuándo
olvidamos la necesidad del otro nuestras propias necesidades se transforman en
un escenario vacío, con una sala vacía de luces encendidas.
Encontramos el aliado perfecto cuando decimos que “el tiempo es el que pone las cosas en su
lugar”, que “el tiempo cura las
heridas”, que “el tiempo ayuda olvidar”,
pero en realidad lo que hace es
ayudarnos a expirar nuestras culpas y nuestros miedos que terminan destrozados
en el espejo de nuestras realidades.
La estrategia del
olvido fracasa en la infelicidad ajena, y se transforma en miedo a asumir
la parcela que nos corresponda en nuestra toma de decisiones. Porque también
olvida quien aparta, quien relega, quien no escucha, quien no valora, quien
margina, quien no habla, quien no da ni percibe los detalles, quien no es capaz
de entender los deseos o anhelos del otro, etc. Decía Gandhi “Yo quería hacer de mi mujer la esposa
ideal. Mi ambición era hacerla vivir una vida de pureza total, que aprendiera
lo que yo aprendiera y que identificara su vida con la mía. Ignoro si Kastürba
tenía las mismas ambiciones.”
La existencia del otro no es un dato cuestionable. El otro
se nos hace presente de un modo indudable no como un objeto sino como un
sujeto, con su libertad, sus valoraciones, sus proyectos. La mirada del otro nos hace conscientes de nosotros mismos pues el otro
nos objetiva, y el olvido del otro es la paralización de nuestra capacidad de
reconocernos.
Tanto en una sociedad como en nosotros mismos es clave poder
buscar al otro para encontrarse. La otredad como pieza fundamental en la toma
de nuestras decisiones cotidianas, la otredad como la posibilidad de reconocer,
respetar y convivir con la diferencia. No
hay superación sin el otro, no hay cambio sin el otro, no hay olvido sin el otro, porque el otro no
es “dependencia”, el otro también soy
yo.
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