viernes, 27 de marzo de 2015

La pregunta prisionera (Memorias de un ególatra)

Según una investigación de la revista Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU, los seres humanos dedican entre el 30% y el 40% de lo que hablan a informar a otras personas de sus propias experiencias subjetivas, en definitiva, a hablar de sí mismos. En redes sociales el porcentaje se sitúa por encima del 80%.

Existe un síndrome muy típico entre nosotros, y digo entre nosotros porque no quisiera victimizar a un porcentaje de la población cuando muchas veces nos encontramos dentro de esa estadística, y es el “síndrome de la pregunta prisionera”que consiste en simplemente preguntar un “Hola, ¿cómo estás?”, y verse mágicamente atrapado por las “las memorias del ególatra”que con sus dos manos nos tapa rápidamente nuestros oídos y por esa sensación de vacío nos encontremos hablando sobre nosotros mismos, sin reparar en la respuesta del otro.

El egotismo (y no el egoísmo) viene del latín "ego" que significa "yo" y de "ismo" que hace alusión a la "práctica de", y significa la excesiva importancia concedida a uno mismo y a las propias experiencias vitales. Es la tendencia a hablar o escribir de modo excesivo sobre nosotros y además hoy le incorporamos un matiz relevante: la hipoacusia relacional y de la comunicación. El egotismo se convierte en una imposibilidad de ceder el control ante la experiencia de fusión del contacto final.

En la interrupción egótica las fronteras se mantienen de forma rígida y aunque parezca que el contacto tiene lugar con el otro, no lo hay,hay un abandono comunicativo referencial y se produce un vacío en la inteligencia emocional, donde la habilidad del “saber escuchar” es más difícil de encontrar y desarrollar que la de ser “buen comunicador”, pero proporciona más autoridad e influencia que esta última.

Nuestros egóticos ególatras no son más ni menos que los “monologuistas hipoacúsicos”, aquellos que les gusta escucharse solo a ellos, donde su sabiduría y sus historias son lo importante, donde todo lo que hicieron, hacen y harán es lo correcto, pero lo menos importante es quien está delante de ellos. Solo necesitan al otro para que sostenga el espejo, las luces, y luego al finalizar su monólogo pueda aplaudir fuertemente hasta saciar su hambre y su sed. El monologuista y su sordera. No importa lo que te suceda a ti, que él tendrá una anécdota mejor para refutarte y retomar el centro de la atención.

Pero esa hipoacusia también la vivimos desde otro lugar: ¿cuántas veces asentimos con la cabeza de arriba hacia abajo mientras nos hablan, pero en realidad no estamos escuchando nada o no nos interesa escuchar porque lo que dicen es menos relevante, trascendente o menos cierto que lo nuestro, pero afirmamos con nuestra cabeza? ¿Cuántas veces hemos procesado nuestra respuesta de manera paralela a la escucha que estamos haciendo?. ¿Cuántas veces nos hemos quedamos en blanco y luego intentamos rápidamente hilvanar las últimas frases para poder retomar el planteamiento que nos estaban haciendo?.

Son tres ejemplos de situaciones típicas que demuestran que nuestra capacidad de escucha muchas veces tiene un filtro que sólo recubre nuestra área de interés intentando así reforzar nuestros mensajes, nuestras ideas, nuestros puntos de vista, olvidándonos de contrarrestarlos con los ajenos por inseguridades, vanidades, falta de tiempo e interés, y hasta una pisca de soberbia.

Tanta fuerza tiene el micromundo que ideamos a nuestra imagen y semejanza, utilizando esos poderosos filtros, que somos capaces de decir frases como:"tienes razón en todo,  pero seguiré haciendo lo que te he dicho"; demostrando que somos incapaces de aceptar los cambios o bien que el otro tenga un planteamiento, idea o solución mejor a las nuestras, y así mantener intacta nuestra “área protegida”. Pero esta misma área protegida puede convertirse en una peligrosa granada de mano, capaz de estallarnos en el momento menos pensado, haciendo volar nuestras teorías narciso-conformista por los aires.

La escucha y la pregunta si no provienen desde la humildad, el aprendizaje, la inteligencia emocional o la necesidad constante de cambiar e innovar, caen en el desierto de los mediocres.Escuchamos con atención la suave armonía que nos gusta escuchar, pero bajamos el volumen ante los acordes estridentes que ponen en jaque nuestras certezas.

Y cuando el jaque mate está por suceder, cuando “el rey no tiene escapatoria” tenemos la habilidad de redirigir a la velocidad de la luz el epicentro del cuestionamiento y darle relevancia a una nueva temática, por supuesto ajena a nosotros y lejos de nuestra área protegida.

El egotismo bidireccional tanto para nuestra escucha como para nuestra pregunta está relleno de vacios endémicos producto de nuestra petulante inseguridad.

El hábito de escuchar se desarrolla preguntando y callando, pero sobre todo y especialmente trabajando el “mindfulness” o atención plena, es decir, aprendiendo a estar presente en lo que estamos con todos los sentidos, emociones y pensamiento, nos guste o no lo que oímos. Y en el hábito de escuchar también es importante el “cómo” porque el cómo escuchamos, o cómo consideramos al otro, es el pasaporte al territorio del buen entendimiento.

Aunque pasen los años y sintamos que tenemos todo bajo control, esas viejas granadas estallan sin previo aviso, y paradójicamente es cuando caemos en la cuenta que la oportunidad ya está mutilada, y probablemente el reloj del tiempo ya forma parte de los escombros.No malgastemos energía, aceptemos nuestra debilidad para fortalecer nuestro mayor músculo: la humildad en la escucha: capaz de levantar los mejores cimientos de nuestros proyectos, objetivos y deseos, y que nos hará inmensamente “gigantes”, venciendo épicamente al ególatra de la pregunta prisionera.


DIEGO LARREA



viernes, 20 de marzo de 2015

Un segundo después del caos

Cuando el barco navega por aguas calmas disfrutamos del mejor de los viajes, miramos el sol con una sonrisa, y sentimos la suave brisa sobre nuestro rostro, pero cuando la tormenta hace tambalear nuestra embarcación y nuestro equilibrio, miramos alrededor para encontrar al otro, buscando alguna reacción, respuestas soluciones, y por qués, y en ocasiones incluso llegamos a pensar en utilizar la única balsa individual que tenemos a estribor, gritando: “sálvese quien pueda”.

Un segundo después del caos renacemos o morimos, allí encontramos el verdadero valor de los valores, la teoría esparcida en trozos de realidad, la causa y el efecto, la dialéctica hecha cinética, el espejo como existencia. Es ahí donde nos encontramos o nos desencontramos, somos lo que dijimos que éramos o el triste fetiche de un afiche de papel, como decía el gran Polaco Goyeneche.


Desnudos frente al caos, frente a la adversidad, encontramos nuestro propio YO y contamos con la gran posibilidad de asumir los retos más desafiantes que nos propone la vida, haciéndonos más fuertes o hundiéndonos en el peor de los fangos, pero siendo esencia indivisible. No necesitamos delegar nuestros dilemas a otros, ni trasladar nuestros problemas, porque somos capaces de atrevernos a mirarlos de frente, simplemente porque son nuestros. Las excusas son mantas gigantes que esconden vanidades, inseguridades, egoísmos y que sólo abrigan nuestra efímera credulidad sobre lo que creemos ser.

Del caos se nace o se deshace, se genera o se incinera, no como un obstáculo, sino más bien como una fuente real de grandes potencialidades, que nos permitan reconstruirnos y reinventarnos a nosotros mismos de manera constante sin necesidad de caer en subterfugio del enemigo externo. Y la incertidumbre no siempre es una daga, sino es también la antesala de lo posible o como decía Jean-Paul Sartre: “El hombre empieza por no ser nada. Sólo será después, y será tal como se haya hecho."

Podemos ser sobrevivientes de nuestra propia adversidad, de todas nuestra dificultades, porque lo primero que hemos hecho al llegar, ha sido vivir los nueve meses más transformadores que un ser humano pueda experimentar, y allí no había nadie más que nosotros mismos, no había excusas, ni peros, ni tal vez, tan sólo un cordón que nos aferraba a la vida.

La prisión de los hubiera y de los debería tienen condena perpetua porque el camino de la adversidad es una oportunidad,y la forma en que lo transitamos será el retrato más real de nuestra naturaleza. El gran Seneca nos decía que no hay nadie menos afortunado que el hombre a quien la adversidad olvida, pues no tiene oportunidad de ponerse a prueba.

Un segundo después del caos renacemos o morimos. Apliquemos nuestro talento al reconocimiento de nosotros mismos, sin justificaciones, acusaciones ni evasivas, porque desde el infortunio sale a la luz la virtud, y en esa luz rebrotan nuestras mejores competencias, y con ellas nuestros valores. Un segundo después, nosotros.

DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego


viernes, 13 de marzo de 2015

El valor de la admiración

Aquello que Platón y Aristóteles postulaban sobre la capacidad de asombro, de admiración y de extrañeza que siente el hombre ante la realidad que lo rodea, y ante la conciencia de sí mismo y de algunas circunstancias que lo afectan, el hombre en la actualidad lo está perdiendo a consecuencia de aplicar para todo y en todo una actitud pragmática, vertiginosa, conservadora y cómoda bajo el cliché de un hombre moderno.

Vivimos en un mundo instantáneo, en el que la noticia de un gran acontecimiento tarda décimas de segundo en recorrer el globo, y un par de días en perder relevancia por completo. Y a esta misma velocidad hemos perdido la capacidad de asombro, colectiva e individualmente.

Las redes sociales han cambiado todo. La información se ha vuelto más desechable aún antes de su aparición y está al alcance de millones de personas a la vez. Leemos pero no recordamos, algo nos impacta un momento y ya lo asumimos al siguiente. No sé si esto será bueno o malo desde el punto de vista de la comunicación, pero en lo que respecta a nuestra vida personal estamos comenzando a copiar este modelo de análisis en acciones básicas diarias de nuestra vida, en nuestros procesos de decisiones o no decisiones. En definitiva, un formato que a corto plazo minimiza nuestra capacidad de asombro y admiración.

Los niños tienen la mente abierta, no contaminada y para ellos todo es nuevo. Con el paso de los años van perdiendo su capacidad de asombrarse, de llamarles la atención las cosas cotidianas, su curiosidad por todo lo que los rodea. Así es como con la adolescencia, la juventud y la llegada de la madurez vamos perdiendo nuestra capacidad de admirar (sentir lo que nos rodea); en el fondo, de vivir. Pasan los años y nos cuesta más asombrarnos de algo, todo nos parece “evidente”: el encender la luz desde un interruptor, abrir la llave y ver correr el agua, despertarnos y ver la luz,ir todos los días a nuestro trabajo, sentarnos a una mesa a comer, ver nuestros niños correr por el salón, nuestra pareja dormida a nuestro lado, la llamada oportuna de nuestro amigo/a, el “cómo estás hijo” de un padre o una madre, todo esto nos parece “evidente”, salvo cuando algo de ello nos falta. Es en ese misterioso y arbitrario momento cuando apreciamos lo valioso que son estos “elementos”, entre muchos otros.

Damos por hecho que la vida es así, que solamente debemos ocuparnos de seguir la inercia de la rutina, de dejarnos empujar por la marea y que nos sitúe en el punto natural que corresponde en ese momento. Vivimos contemplando, y esa actitud la llevamos tanto en los momentos felices y en los infelices como si no dependiese de nosotros mismos la toma de decisiones. Hay realidades que por lo finitos que somos no podremos remediar ni prever, pero nuestra capacidad, talento, competencias y sobre todo amor propio pueden de alguna manera ser palancas claves para generar los buenos cambios.

Bob Marley decía que nos pasamos la vida esperando que pase algo... y lo único que pasa es la vida, y que no entendemos el valor de los momentos, hasta que se han convertido en recuerdos. Y esa actitud nos lleva a marchitarnos, a desinflarnos, a apagarnos, siendo nosotros mismos los generadores de los grandes vacios que inconscientemente combatimos y donde el rol del otro es la eterna excusa: “es él/ella el/la que ha cambiado”, “es el trabajo que ya no me motiva”, “es mi jefe el que provoca distancias”, “son los hijos que nos absorben y no nos dejan ser”, “son mis amigos que no se preocupan por mí”, etc.

Quizás hemos visto todo, pero no hemos observado nada; hemos oído todo, pero no hemos escuchado nada. Vivimos la admiración como una sensación y no como un valor, la sensación es efímera, temporal y variable, en cambio el valor es eterno. Pero para construir el valor de la admiración necesitamos trabajar todos los días, adueñarnos de nuestras responsabilidades, de nuestros retos, de nuestra capacidad de innovación, de nuestra coherencia, de ser realmente quienes somos con transparencia y de abandonar la soberbia, y el efecto bumerang será natural y el reproche pasará a ser residual, porque como dice Drexler “cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da, nada es más simple, no hay otra norma”.

La curiosidad bien entendida, es una gran característica ya que revela deseos de superación, de conocimiento, de innovación y una de las llaves de apertura de nuestra zona de confort. La capacidad de asombro está ligada armoniosamente a la humildad y al reconocimiento personal. Conocerse e ignorar lo que hemos visto en nosotros es doble ignorancia y no hacer nada por remediarlo, la esclavitud eterna.

La actitud contemplativa del asombro y de la admiración genera frustración, provoca rupturas emocionales, personales, sentimentales y profesionales. Entendemos la admiración y asombro como un puente compartido, de responsabilidades comunes donde el ingrediente de “lo nuevo” seamos nosotros mismos y no una simple exposición de galería. La responsabilidad sobre la generación de nuestros nuevos escenarios de encandilamiento depende de nosotros mismos,siendo capaces de enfrentarnos al cómodo sofá del “para qué si así estamos bien”.

¡Excusas fuera! La admiración y el asombro también se construyen. Por eso, haz lo que quieras hacer, como terminaba su frase Bob, antes de que se convierta en lo que te "gustaría" haber hecho. No hagas de tu vida un borrador de excusas, porque posiblemente no tengas tiempo de pasarlo a limpio.





DIEGO LARREA
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viernes, 6 de marzo de 2015

El juego más perfecto: “El defecto”

Uno es lo que es también por sus defectos y limitaciones, y hay que aprender a jugar con ellos. Y no me refiero a los defectos físicos, porque entraríamos en un escenario de discriminación entre lo que es una “imperfección” o es simplemente un gran diferenciador de nuestra persona. Me refiero al verdadero conocimiento de uno mismo, la buena aceptación de nuestras carencias y la sabiduría para cambiar aquello que genere daños propios y ajenos.

Tales de Mileto, aquel pensador de la antigua Grecia, que es considerado como el primer filósofo conocido de todos los tiempos, escribió hace 2.600 años que la cosa más difícil del mundo es conocernos a nosotros mismos, y la más fácil es hablar mal de los demás. Y en el templo de Delfos podía leerse aquella famosa inscripción socrática: gnóthi seautón (conócete a ti mismo), que recuerda una idea parecida.

Conocerse bien a uno mismo, no es tarea sencilla porque pone en juego directamente nuestra racionalidad, también miedos y pasiones, y a su vez representa  un primer e importante paso para lograr ser artífice de la propia vida, y quizá por eso se ha planteado como un gran reto para el hombre a lo largo de los siglos. El autoconocimiento, nos permite desenvolvernos de buena manera en la vida (resolviendo problemas de manera eficaz y tomando decisiones), afrontando nuestro día a día de manera óptima, y adicionalmente, facilita la comprensión de los demás y la realidad que los rodea.

Jugar es una de las acciones más terapéuticas que podemos imaginar, y si lo hacemos dentro de nuestro “patio interior” recreándonos hábilmente con nuestras propias carencias, quiere decir que hemos sorteado la primera gran instancia: el reconocimiento de nuestras propias debilidades, y en segundo lugar la disposición por querer superarlas.

Hay una sensación prácticamente indescriptible que nos embarga cuando nos contradicen, cuando alteran nuestra estructura interior, cuando vulneran nuestras convicciones, refutan nuestras teorías, un vacío emocional que nos trastoca y perturba poniéndonos contra nuestras propias cuerdas,dándonos golpes de frustración, agobio, malestar, y nuestras manos no llegan a cubrir cada impacto y necesitamos huir inmediatamente de esa situación de la manera más rápida posible antes de caer al suelo. En definitiva, nos han enfrentado a nuestras discordancias con las que hemos sido incapaces de jugar.

Casi siempre somos absueltos en el tribunal de nuestro propio corazón, “mirándonos el ombligo” y aplicando la ley de nuestros puntos de vista, dejando la exigencia para los demás. Incluso en los errores más evidentes, encontramos fácilmente multitud de atenuantes, de eximentes, de disculpas y de justificaciones.

Blog Diego Larrea
La mejor escucha comienza con nosotros mismos. Ejercer el reconocimiento y no el reacondicionamiento de nuestras carencias. Creemos que damos pasos en firme, que hemos tomado grandes decisiones, que estamos cambiando lo que necesitábamos cambiar, pero nunca lo hacemos con nosotros sino con las circunstancias. Y es verdad que “Yo soy yo y mi circunstancias”, por eso si mi circunstancia es una marioneta de mis propios dedos jamás el “Yo” podrás ser verdadero. Cambiar la habilidad del titiritero de mis excusas, de mis defectos, y tener la capacidad de sentarnos a reírnos de nosotros mismos, porque esa capacidad, humildemente lúdica, será el gran motor para movilizar todo lo que nos propongamos mejorar teniendo al otro y a nosotros mismos como espejo del impacto.

Uno de los vicios capitales es la búsqueda permanente de la comodidad, un defecto que normalmente no nos gusta reconocer, y lo pintamos, reformamos y  decoramos pero no cambiamos. Buscamos la calma y estabilidad por el camino inverso. El malo conocido que bueno por conocer, se actualiza en nuestro GPS, aunque el camino sea el que nos conduce siempre al mismo sitio, lleno de baches, barrancos, curvas y contracurvas y estemos al borde de nuestra propia superficialidad y frivolidad evolutiva.

Decía Confucio que observando los defectos conoceremos las virtudes, porque es el propio descubrimiento de nuestras carencias lo que nos hace más talentosos. Es preferible tener piernas que raíces; las piernas nos permiten viajar, fuera y dentro de nosotros mismos, y las raíces nos enrocan en un sitio, nos obsesionan, y las defendemos a ultranza, incluso hasta podríamos sentirnos sobrecogidos y atrapados por el aburrimiento y el miedo.

Juguemos al juego más perfecto: juguemos con nuestros defectos y limitaciones, desarrollemos parte de nuestra inteligencia emocional, y seamos capaces de reconstruir la torre más perfecta con las piezas más sólidas y preciadas, blindándola del viento del autoengaño y cualquier otro falso adorno, que pueda convertir en un monumento inclinado nuestra obra más perfecta.

DIEGO LARREA
Twitter: 
@larreadiego