viernes, 12 de febrero de 2016

La razón de la emoción

La tradición ha considerado a las emociones experiencias impredecibles e incompatibles con los juicios sensatos e inteligentes. Hablamos con tono descalificativo de tomar decisiones basadas en las emociones, intuición o en los sentimientos. Cuando las personas reaccionan emocionalmente, consideramos que están experimentando una regresión y mostrando sus naturalezas primitivas y animales. Esta forma de pensamiento originada hace milenios, se mantiene en el pensamiento occidental actual y como consecuencia en la concepción cotidiana que todas las personas poseen sobre el funcionamiento de los procesos emocionales.

A pesar de ellos, durante años, continuamos preguntándonos ¿Qué es lo que realmente nos motiva en nuestras acciones? ¿Qué es lo que nos mueve hoy en nuestra vida?, no hace 10 años atrás o dentro de 10 años, sino hoy. ¿Continuamos con el mismo patrón? Cuando se activa la fuerza intangible del impulso interno, estamos ante la mayor oportunidad que se nos puede plantear: el verdadero rol de la emoción. Porque el arte de la satisfacción es la diferencia que, como seres humanos, nos distingue entre una forma de hacer o no hacer las cosas.

Podemos establecer un desierto o un terreno fértil entre lo racional y lo emocional, eso dependerá de cada uno de nosotros. Pero lo que cada día está más claro, es que cuando se trata de la verdadera satisfacción sobre lo que hacemos, se abre un túnel inmenso lleno de interrogantes que escapa de toda racionalidad bajo el signo del Excel.

Desde el pensamiento psicológico actual existen algunas concepciones que suponen una ruptura con respecto al pensamiento clásico. Desde la perspectiva cognitiva, se mantiene que las emociones poseen tanta importancia como los procesos racionales y que su influencia puede ser positiva. No obstante, se sugiere que las emociones siempre dependen sustancialmente de la razón. No existe emoción sin pensamiento o razón y nuestras emociones son realmente producto de la forma en que interpretamos lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Por tanto la perspectiva cognitiva, no supone una ruptura completa con respecto al pensamiento tradicional porque aunque se perciba a las emociones como procesos de posible influencia benéfica y no se les considere independientes y excluyentes, siguen siendo dependientes de los procesos racionales.

Entonces, si razón y emoción se dan la mano, ¿Por qué nos encargamos de enfrentarlas?. El conseguir que las cosas tengan sentido es aquello que más nos mueve, es decir, pone en marcha nuestro sistema emocional, fuente de toda motivación, ayudándonos cuando nos vemos encarcelados en la vorágine de las responsabilidades, anteponiendo los “cómos a los para qué”. Y en ese abandono entre el objetivo y la manera de hacerlo, pueden romperse relaciones, perderse momentos importantes de nuestras vidas, olvidarnos de lo que más queremos, incluso hasta de nosotros mismos.


Estamos tan obsesionados con la meta que olvidamos para qué hemos salimos a correr.  Por ello, es bueno que tengamos en cuenta que contrariamente a lo que nos han educado, la emoción es fundamental para pensar eficazmente, tomar decisiones inteligentes y permitirnos pensar con claridad. Las emociones son importantes para el ejercicio de la razón. Buscar las emociones es encontrarnos con nuestros verdaderos deseos, objetivos, con nuestras auténticas elecciones. No olvidar las emociones ratifica nuestra planificación racional.

En la razón de la emoción todo lo que hacemos tiene un por qué, y la forma de descubrirlo está a nuestro alcance, que muchas veces por el simple hecho de pensar en el logro, nos olvidamos de nosotros mismos, de nuestro entorno, y del instante en que nos dijimos “ahora”. 
DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego