Comencemos con una
rotunda afirmación: “las personas son el centro de todo cambio”. Todo está
hecho por y para las persona, pero sin embargo no sé por qué extraña razón,
somos capaces de transformar y crear absolutamente todo pero relegando a la
última instancia el factor humano, esperando que esos nuevos cambios generen
nuevos éxitos por sí mismos. Hablamos de experiencias clientes, hablamos de
omnicanalidad, hablamos de transformación digital, pero sin el motor de cada
uno de nosotros y nuestro convencimiento, nuestro aporte, nuestra comprensión,
en definitiva, siendo la persona el verdadero por qué del cambio, las bien
intencionadas teorías morirán en el intento.
Y los datos nos lo
demuestran: más del 70% de los programas de cambio organizacional no consiguen
sus resultados, y esto nos muestra que cualquier transformación organizativa o
cambio cultural es un desafió adaptativo, es decir que su éxito está vinculado
directamente a las personas, a sus cambios de hábitos y conductas, fuertemente
arraigados en la organización.
Hablamos de alinear,
de sumar al cambio, de adaptación, de resistencia y si bien es muy cierto que
las personas tenemos una tendencia natural a dejarnos llevar por nuestras zonas
de confort, también es cierto que cuando se involucra a la
persona como verdadero agente transformador, participativo, como eje de todo
proceso, seguramente los resultados podrían sorprendernos y dejaríamos de
escribir en nuestras presentaciones palabras que suenan bonitas y de moda y
entraríamos en el epicentro de nuestro objetivo. Las personas quieren
evolucionar, necesitan evolucionar, pero también buscan ser parte del eslabón,
ser parte de la rueda que impulsará a ese deseado cambio.
El apasionante
proceso de cambio hacia una transformación digital deja de tener sentido si la
verdadera disrupción no está en nosotros mismos.Todo ha cambiado. Las personas,
las infraestructuras, el flujo de información, las posibilidades de comunicarse
y de acceder a un conocimiento cada vez más amplio y compartido. Y sin embargo,
las prácticas del management siguen siendo sustancialmente las mismas que en
1900, a principios del siglo pasado. En otras palabras, las empresas están
intentando enfrentarse a una situación absolutamente nueva con herramientas del
pasado. Queremos ser disruptivos cuando nuestras propias fronteras mentales nos
lo impiden, nuestra cultura nos encierra, cuando no hemos sido capaces de
cambiar hábitos, y queremos subirnos al tren del mundo digital colaborativo
intergeneracional con herramientas obsoletas, tanto para la realidad del
colaborador y su entorno, como para nuestro propio cliente. Diríamos
vulgarmente: nos hacemos trampa al Solitario.
La
información está universalizada, lo que tú sabes ya los demás lo saben o tienen
los medios para acceder a ello, por lo tanto el valor no está en nuestro
conocimiento sino en la forma de gestionarlo y compartirlo. Para poder llegar a
la esencia de nuestro cambio, debemos tener la humildad de reconocer que todo
lo que nos ha traído hasta aquí, hoy no es suficiente
para llevarnos al futuro. Y el mejor caminante que puede acompañarnos en este
gran desafío son las personas.