viernes, 2 de octubre de 2015

De valores y de amores (El sentido de pertenencia)

Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros, decía el grandísimo Groucho. La nueva generación de los recursos humanos estamos convencidos verdaderamente que a mayor sentido de pertenencia de un trabajador o a mayor autonomía, felicidad y conciliación, mejores serán sus resultados y nivel de productividad, y por ende, mayor implicación y "amor" por su empresa. Una ecuación de éxito cada vez más metida en las entrañas, que por exitosa, no deja de presentar algunos cuestionamientos.

Trabajamos una línea de valores que intentan establecer un “Padrenuestro cotidiano”, y permitiéndome hacer un paralelismo con el fútbol, creando un amor por la camiseta donde el "hincha" exige al jugador que lo deje todo en el campo de juego,  que sea el fiel representante de sus sentimientos, su historia, etc. Hasta que ese mismo jugador ve delante de sí al “Señor Dinero” llamando a su puerta. Me pregunto una y mil veces si ¿deja de ser ídolo?, o si ¿rompe la tabla de Valores?, o ¿pisotea su sentido de la pertenencia? Se nos llena la boca en las tertulias familiares o de amigos cuando sucede esto en el club de nuestras pasiones pero, ¿si fuésemos nosotros, en nuestros propios trabajos, pensaríamos igual?, ¿es injusto decir que todos tenemos un precio?.

¿En qué nos equivocamos? ¿En qué se equivocan en las empresas? ¿En qué se equivocan los clubes? ¿Podemos responder fríamente que todo es un negocio y que todo lo que tenga una fría firma de contrato puede llegar a tener en algún momento una fría respuesta? ¿Cuáles son los matices que podemos, entre todos, trabajar más allá de los formales acuerdos para hacer de esas relaciones un puente que nos conecte en ambas direcciones?

Un gran punto de partida es conocer la responsabilidad de utilizar paralelismos con los sentimientos, con las emociones, con el compromiso, con la entrega, el sacrificio, con la importancia del cambio, porque estos “inputs” podrían en algún momento dejarnos desnudos en nuestras propias falsas convicciones estableciendo un efecto dominó.

Quizá sea más natural apelar a las personas en su esencia, en su poder de superación y en su compromiso consigo mismo, y por qué no también, en el sentido colaborativo de su oficio o su misión. De esta manera estaremos siempre trabajando la línea personal, una línea de comunicación directa, directa con el deseo, espíritu y corazón de la persona, que entendiendo las reglas del juego compartidas provocará un proyecto colectivo de empresa o la misma creación de valores por convencimiento y no por dogmas.

La fidelidad dentro de un sistema mercantil tiene límites, lo sabemos y lo asumimos. El “hasta que la muerte los separe” ni en los propios juramentos eclesiásticos está muy claro. Las relaciones interpersonales no solo son una cuestión de fe, se construyen en base a intereses comunes y no por intereses me refiero exclusivamente intereses dinerarios. Objetivos comunes pueden ser: deseos comunes, causas comunes, proyectos comunes, desarrollos comunes. El día que uno de estos puntos comienza a fallar se abre la misteriosa grieta del jarrón, que por más bonito y perfecto que sea el encaje de piezas, la fisura en dicho jarrón provocará algún tipo de filtración.

Cuando mezclamos  nuestra filosofía de management con el lenguaje de nuestro yo interior y no miramos realmente a la persona, corremos el riesgo de desvirtuar nuestra mejor voluntad por generar un ámbito de trabajo acorde a nuestra buena manera de entender el negocio y por ende nuestras convicciones.

Si sólo alimentamos de dogmas el camino de los demás, no nos sorprendemos que antes una mejor oferta profesional y económica nos paguen con la misma “moneda vacía” que hemos entregado. Por eso, hasta en los círculos sectarios tienen un cerrojo por dónde pasa una llave abriendo nuevos caminos, olvidándose absolutamente de todos los códigos y sonrisas que garantizaban su eterna y "mágica" relación.

Todo puede acabarse, todo puede tener un precio, por eso el valor siempre, absolutamente siempre, estará en las personas y no en los sistemas, ni en los procesos, ni siquiera en los compromisos. Incluso hasta los conformistas y su miedo eterno trazan las mismas ecuaciones para no tomar auténticas decisiones.

Si trabajamos en la estética, no lloremos cuando el maquillaje termina por mancharnos el rostro; si trabajamos en la arena, no nos sorprendemos que el viento desdibuje nuestro mensaje. Construyamos la identidad corporativa desde lo auténtico, desde las personas, porque los discursos y los carteles endogámicos se convierten en melodías estridentes, pero en cambio el lenguaje de lo veraz fortalece y eleva tres semitonos el nivel de madurez en nuestras relaciones.


DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego