viernes, 1 de abril de 2016

La vejez de la sorpresa

Miraba sus ojos fascinados que nos decían “gracias por permitirme vivir este momento”… y mi cuerpo se electrizaba de emoción. Tan sólo era un cumpleaños, un simple cumpleaños me respondía mi mente adulta, pero para él lo era todo era magia, era ilusión, era sorpresa y era alegría. Algo tan sencillo que desde su perspectiva representaba un mundo, su mundo, el mundo de las sensaciones y las emociones más básicas y probablemente las más cercanas a la verdadera y autentica felicidad.  Y entre esa mezcla de sentimientos que pasaban por mis venas, me detuve un instante a pensar ¿por qué hemos perdido esa capacidad de sorprendernos? ¿Por qué hemos confundido madurez con apatía, amargura, obviedad, monotonía?. Y mientras pasa el tiempo, nuestras mentes y cuerpos envejecen más rápidamente cuando perdemos la capacidad de asombro.

Podríamos detenernos en este escrito, pero no lo haremos esta vez,  en los sinsabores del mundo a nivel social, político, económico que nos castigan día a día y nos convierten en grandes gladiadores de crisis, traiciones, desengaños y por consecuencia nos mantienen agazapados, serios, descreídos, expectantes hasta nuestra vejez esperando que desde fuera “un contrincante”, conocido o desconocido, nos propine de manera evidente o por sorpresa un cross de derecha en nuestra mandíbula. Pero en esta reflexión intentaremos sumergirnos más en nosotros mismos, en dónde se produce el cortocircuito que nos separa del verdadero ser y nos transforma en un modelo de expectativas ajenas.


Por alguna extraña razón, nos hemos tristemente acostumbrado que no demostrar sorpresa ante nada da cierta imagen de seguridad personal. Y no es del todo cierto que hayamos dejado de sorprendernos debido al alud de información, comunicación, y nuestras conocidas redes que enredan.

Las mentes más brillantes de esa gente que consideramos “especial” porque, de un modo u otro, nos han dejado y nos dejan grandes legados universales para nuestra vida cotidiana, son siempre personas que no pierden la capacidad de sorprenderse. Y además, llevan adelante “a pesar de los pesares” una competencia fundamental en todo proceso de evolución y aprendizaje que es: la curiosidad. Sin sorpresa y curiosidad no hay innovación ni progreso, convirtiéndonos en el mundo “copy-paste”.

Hemos sido capaces de globalizarnos (para lo bueno y para lo malo), que un impacto a millones de kilómetros, sea positivo o negativo, llegue a nuestras retinas en segundos, conocer al instante la localización del otro, ponernos en un escaparate universal a través de las redes sociales, simplificar muchísimos caminos que nos consumían tiempo, dinero y paciencia, pero aún no hemos vencido nuestro espíritu narcisista que nos impide percibir lo que realmente nos rodea, encerrados en el minúsculo mundo de nuestro “yo”. 

Esta involución sensorial toma protagonismo cuando comienza a desvanecerse nuestra capacidad de sorpresa y curiosidad. Creemos que la pérdida de la “inocencia”, está solamente relacionada con el mundo infantil y pre adolescente o con un estado indefenso, y sin embargo es uno de los grandes genes que impulsan la generación de espacios de confianza, de transparencia y de ilusión.

Escenarios de creatividad compartida, donde el sentido del otro es uno de los grandes pilares para el crecimiento. Y cuando se diluye entre las redes de los supuestos pragmáticos racionales, nos vamos convirtiendo en expertos en la generación de respuestas, expertos en la formulación de teorías, expertos en encontrar excusas y doctoradamente inexpertos en evolución. Y nuestra simpleza se complica, nuestra escucha ensordece, nuestro reconocimiento se ciega, y caminamos torpemente encorvados mirándonos el ombligo, provocando el envejecimiento prematuro de la sorpresa y por ende de nuestra esencia como seres humanos.

Dejémonos invadir por la simpleza, démosle vitaminas de confianza a nuestra avejentada sorpresa, dejemos caer los puentes y las estructuras que nos distancian del otro y revivamos la curiosidad como un disparador de futuro, como una fuente de energía de la colaboración, del desarrollo, de las nuevas oportunidades, eliminando prejuicios, preconceptos que nos aletargan y nos sumergen en la triste sombra de la monotonía y la soledad. Asumamos el reto con humildad, porque hoy el proceso de nuestro verdadero aprendizaje en este tema deberá ser inverso: ahora somos nosotros los que debemos aprender de nuestros hijos. Miremos sus rostros, sus ojos, sus sonrisas y escuchemos en silencio sus preguntas, sus ideas, y midamos sus intensiones. Seguramente, palpitarán con mayor fuerza los latidos de nuestra sorpresa y nuestra curiosidad. Entonces algo ya habremos cambiado, porque sorprenderse es también comenzar a entender.


DIEGO LARREA
Twitter: @larreadiego